Dorelia Barahona. 9 junio, 2018

Si encendiéramos una luz en la primera noche de la desigualdad humana, encontraríamos una estancia llena de objetos inútiles y de engaños útiles.

Esa luz reflejaría una cadena de acciones pocas veces enfocada como se debe. Así, podríamos ver en la trastienda del patriarcalismo, donde la mujer es tratada como portadora de la simiente, como mercancía de cambio, que se encuentra la sombra de la esclavitud. Es la esclavitud la primera que ha vendido y comprado durante siglos el cuerpo de la mujer degradando la relaciones humanas en relaciones mercantiles de uso y precio.

Podemos ver también que en la trastienda del colonialismo, donde se instauraron instituciones, casas y apellidos, dinastías y jerarquías raciales, se encuentra el monumento psicológico de la esclavitud, en medio de sus jardines interiores donde se almuerza lo que las esclavas, negras, mulatas, indias y chinas preparan con lo que los esclavos, mulatos, negros, indios y chinos traen de las plantaciones.

No hay sociedad que no tenga en su arquitectura una fuente de la libertad hecha con piedras llevadas por esclavos

Desmantelar, descolonizar este sistema es sinónimo de desmantelar la esclavitud desde sus raíces. No es de extrañar que entre más desarrollado haya estado el sistema de la esclavitud en las colonias, más ha costado que los territorios dejen de lado formas de gobiernos e idiosincrasias que se le asemejan.

No hay sociedad que no tenga en su arquitectura una fuente de la libertad hecha con piedras llevadas por esclavos. Las mismas piedras o las anteriores.

Ensañamiento. Pero mi reflexión va más allá, donde la luz rebota en los rincones más lejanos. Donde surgen las palabras y los mitos clavan su recorrido con saña.

Porque ni siquiera la palabra esclavo existe como significado propio. Más bien se origina con la práctica misma de compra y venta de personas de los pueblos eslavos por los germano-orientales en el Medievo.

La palabra es más bien “prestada” y, lejos de ser una condición intrínseca, es una aceptación social. Unos (los vencedores) definen qué es esclavo y otros (los vencidos) lo aceptan. Como también unos (los del canon legal) definen qué hace a alguien adicto y otros, quienes aceptan o son obligados a aceptar el canon, lo son, pues la palabra adicto también significaba un tipo de esclavitud.

Addictus: cuando se era adjudicado a otro legalmente o apropiado de su trabajo por tener deudas en la Roma arcaica. Así, que la deuda material es la que nos hereda la adicción como término para caracterizar un rasgo de la personalidad de quien se debe a sí mismo la salud por habérsela adjudicado a otra cosa.

Pero vayamos todavía más atrás. A la prehistoria, cuando los primeros asentamientos humanos empiezan a aparecer y la apropiación de la tierra y los bienes que porta son tomados por los de mayor rango, permitiéndoles acumular riqueza. Es allí donde nace la esclavitud. Cuando se tiene más de lo que se necesita.

Sí, cuando se tiene más de lo que se necesita. Cuando se descubre que el excedente propicia el control social y este, a su vez, más excedente y así exponencialmente si se agranda el mercado.

Pero para que esto ocurra, para que salgan las caravanas de los pueblos con los productos en busca de más compradores, se necesita más mano de obra. Se necesita Ser más que Uno. Ser en solo Uno más sujetos que producen, lo que necesitarían más, muchos más sujetos, para así producir más de lo que el solo sujeto Uno necesita, valga el juego de palabras.

El ser humano se triplica, se multiplica, con la esclavitud, con la adjudicación de otra mano de obra y otra y otra a un mismo Ser. Paradójicamente, esta herramienta es la que posibilita el gran avance en el desarrollo de las civilizaciones. El hacer más panes sin ser Dios.

Multiplicación. La esclavitud, por lo tanto, no solo representa un modo de apropiarse y obligar a trabajar a las personas, sino también un modo de que un sujeto único se multiplica en su fuerza productiva, en su fuerza simbólica, en su poder mítico, psíquico y material. Aparecen los amos, los patrones, los gamonales, los patriarcas, los dictadores, de la mano de los siervos, las siervas y demás maneras de estar sometidos.

La esclavitud se mira hoy de muchas formas y sus señas mafiosas están en todas partes, incluido algún tipo de salario lejano a los derechos humanos. Los resabios de su práctica van de la mano de quienquiera multiplicarse en su satisfacción siendo solo uno con una necesidad. Es un punto interesante, filosófico, quizá, pero inherente al estudio de la identidad.

Corrió el tiempo desde los primeros ganados pastando en las praderas que cuidaba Caín. Tiempo cuando la sombra de la ganancia por excedente creció con cada esclavo adquirido. Excedente que se vio reflejado en los hijos que varias mujeres podían tener de un solo amo agrandando así sus pastos y forjando sus reinos.

Quizá la mujer siempre determinada por su vida reproductiva no pudo dedicarse a forjar “adicciones” que no fueran la supervivencia de sus hijos y de ella misma.

Dejo esa luz encendida en esa escena para que piensen si están de acuerdo conmigo o no y vuelvo al presente.

Un presente lleno de patologías, de acumuladores, de abusadores, sean hombres o mujeres o LGBTI. Un presente lleno de sátrapas y amos de vidas, de dictadores, líderes negadores de la libertad por designio antiguo, divino y cavernario. Vestidos de Vuitton, Hermes, Armani, Versace, todos llevan en el traje el forro de la esclavitud.

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Para ellas

No se ve, pero es lo que los abriga y contiene. Lo que les da fuerza. Lo que les hace creer que son más de uno. Lo que los multiplica y los proyecta como un juego de sombras sobre los muros de la ignorancia.

El esclavizador cree valer más que el resto. He ahí el mito del esclavismo. Su matemática macabra aprendida en el hueco de la avaricia, donde la envidia siempre quiere más y le hace creer que al hacer más panes se tienen más bocas como una gigantesca e insaciable Hidra de Lerna antes de que aparezca Hércules.

La autora es escritora y filósofa.