Ángela Ávalos. 16 febrero
José Vargas Víctor es mesero de oficio. Cuenta que ingresó el 30 de diciembre del 2018 al Calderón luego de sufrir una diarrea intensa y falta de aire. Ahí le descubrieron que su corazón solo funcionaba un 10%. Luego de la implantación del dispositivo, llamado Heartmate, su vida volvió a la normalidad y realiza caminatas de hasta 8 kilómetros todos los días. Foto: Mayela López
José Vargas Víctor es mesero de oficio. Cuenta que ingresó el 30 de diciembre del 2018 al Calderón luego de sufrir una diarrea intensa y falta de aire. Ahí le descubrieron que su corazón solo funcionaba un 10%. Luego de la implantación del dispositivo, llamado Heartmate, su vida volvió a la normalidad y realiza caminatas de hasta 8 kilómetros todos los días. Foto: Mayela López

José Vargas Víctor, de 37 años, camina ocho kilómetros diarios, se sube a los buses y realiza las compras en el súper mientras lleva siempre sobre su espalda una inseparable mochila donde late su ‘corazón’.

Es un hábito que representa la diferencia entre la vida y la muerte, literalmente. Lo adquirió hace casi tres meses, cuando se convirtió en el primer costarricense y centroamericano a quien se le implantó un aparato para reemplazar el ventrículo izquierdo.

El procedimiento, de siete horas, lo realizó un equipo del Hospital Calderón Guardia, el 28 de noviembre del 2019, tras un minucioso estudio del caso porque la inversión no era una bicoca: el aparato, llamado Heartmate 3, cuesta nada más y nada menos que $200.000 (casi ¢115 millones, al tipo de cambio actual).

Junto a su corazón, y dentro de su pecho, José Vargas lleva un aparato con la función de centrifugar la sangre, pasarla a la aorta ascendente y de ahí a la circulación en el resto del cuerpo. Ese dispositivo se conecta mediante un cable con el exterior.

Afuera, en la mochila de José, van las baterías y otro aparato que es el que controla el funcionamiento de esa centrífuga. Por eso, una de las nuevas experiencias a las cuales ha tenido que adaptarse este vecino de Goicoechea, en San José, es a no tener pulso ni presión arterial.

Sencillamente porque el Heartmate, o ‘corazón artificial’ (técnicamente, llamado asistente ventricular) no bombea la sangre como antes lo hacía su enfermo ventrículo izquierdo. Lo que hace es centrifugar la sangre.

“Estoy como si me hubiera ganado la lotería”, comentó telefónicamente mientras lanzaba una carcajada. Porque, es cierto, su buen humor nunca lo perdió, ni en los peores momentos cuando se sintió al borde de la muerte.

Incluso, cada vez que puede, le hace una broma a los enfermeros cuando va a consulta. Se queda calladito mientras intentan encontrarle el pulso o tomarle la presión... Verles la cara de asombro cuando no encuentran estos signos le dibuja una sonrisa.

“Volví a nacer ese 28 de noviembre”, agregó Vargas en tono más serio. Él dedicó gran parte de sus últimos años a trabajar como mesero, hasta que la falta de aire y una diarrea aguda que lo golpeó de repente lo lanzó a emergencias del Calderón, en diciembre del 2018.

“Yo llevaba una vida normal, pero un día me dio un mal de estómago y me faltó el aire. Terminé en emergencias, donde me dieron la noticia: mi corazón solo funcionaba en un 10% y si no me trasplantaban uno nuevo moriría”, dijo.

La medida inmediata para garantizar que Vargas viviría fue conectarlo a una máquina llamada Centrimag para mantenerlo con vida mientras aparecía el donante cadavérico, explicó el jefe de Cirugía del Calderón, Rodrigo Chamorro Castro.

Esperaron diez meses pero eso nunca sucedió. Ahí fue cuando los médicos empezaron a considerar la posibilidad de utilizar una tecnología de aprobación relativamente reciente (2018) en la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos de los Estados Unidos, por sus siglas en inglés).

La 'mochila' con la parte externa del dispositivo siempre tiene que estar con él. El único sitio donde no puede ingresar con ella es a una piscina o al mar, y bajo los arcos de seguridad de aeropuertos o centros comerciales. Está dispuesto a vivir con esto los próximos 40 años, dijo. En la foto, muestra las placas donde se ve el aparato implantado en su corazón. Foto: Mayela López
La 'mochila' con la parte externa del dispositivo siempre tiene que estar con él. El único sitio donde no puede ingresar con ella es a una piscina o al mar, y bajo los arcos de seguridad de aeropuertos o centros comerciales. Está dispuesto a vivir con esto los próximos 40 años, dijo. En la foto, muestra las placas donde se ve el aparato implantado en su corazón. Foto: Mayela López

El caso de Vargas fue sometido, primero, a junta de médicos. Luego, pasó a la dirección médica del hospital y, finalmente, a la dirección administrativa para su aprobación.

Los argumentos eran contundentes. Se trataba de un hombre en edad productiva, que llevaba hospitalizado diez meses en la Unidad de Cuidados Intensivos (cada día ahí cuesta ¢1,5 millones, en promedio), y sin posibilidad inmediata de un trasplante de corazón con donante cadavérico.

Solo se sabe que el problema cardíaco de Vargas tiene un origen desconocido. “Puede ser por un virus, por ejemplo, pero eso no lo sabremos”, comentó el jefe de Cirugía del Calderón, Rodrigo Chamorro Castro.

Este cirujano, encabezó el grupo que acompañó al especialista cardiotorácico norteamericano Aldo Rafael, responsable de enseñar a los ticos cómo implantar correctamente el dispositivo. Este es un requisito que exige la compañía que vende el aparato.

El hospital ha dado un seguimiento minucioso a la evolución de Vargas, y califica su estado como excelente.

“Este es un esfuerzo de la seguridad social. Jamás hubiera sido posible en la medicina privada porque ni tienen los profesionales ni los recursos. Esto solo puede pasar en la Caja”, comentó Chamorro en referencia a la inversión institucional que se realizó.

José Vargas Víctor muestra otro maletín que lleva consigo cuando se va lejos de su casa, en el cual carga baterías extra en caso de emergencia. Está advertido de que si el aparato se queda sin carga, él muere. Foto: Mayela López
José Vargas Víctor muestra otro maletín que lleva consigo cuando se va lejos de su casa, en el cual carga baterías extra en caso de emergencia. Está advertido de que si el aparato se queda sin carga, él muere. Foto: Mayela López

Vargas, casado y papá de tres menores de 15, 10 y 8 años, no duda de lo anterior.

Conoce que debe cuidar el aparato y cuidarse por los próximos 30 o 40 años de vida útil que tiene el ‘corazón artificial’ que carga en su mochila.

Por ahora, descartó volver a registrarse en la lista de candidatos a trasplante de corazón. El ‘nuevo’ le funciona a la perfección y le está dando un nuevo aire de vida.

Sí, se está acostumbrando a mostrar el carné donde explica que no debe pasar por arcos de seguridad ni de aeropuertos, centros comerciales o bancos. Sencillamente, porque el aparato se le descalibraría peligrosamente.

También, se acostumbra a subirse a los buses usando la rampa especial para personas con discapacidad. “La gente no entiende porqué ese señor que se ve tan saludable, con una mochila al hombro, pide subir al bus así. Tampoco puedo pasar por los arcos de los buses. Ya esto lo conocen los choferes y me ayudan”, contó.

Al mismo tiempo, aprende a cuidarlo con mucho sigilo porque cualquier descuido que implique un bajonazo de batería, sería mortal.

“Todo lo que estoy viviendo es ganancia. Podré ver crecer a mis hijos. Lo que pasé fue muy duro. No es fácil recibir la noticia de que uno se está muriendo.

"Por eso, insisto: esto es como pegarse el Gordo. Si no me lo hubieran hecho, no sé cuántas misas ya me hubiera dedicado mi familia”, comentó en broma... pero también muy en serio.

Sin pulso y presión

Este aparato se utiliza como un "puente" mientras una persona espera un corazón para trasplante, o también ser la opción final, si el paciente se siente cómodo con él.

FUENTE: RODRIGO CHAMORRO CASTRO, JEFE DE CIRUGÍA, HOSPITAL CALDERÓN GUARDIA    || J.C. INFOGRAFÍA / LA NACIÓN.