GDA , AFP . 26 noviembre, 2020
Un cartel de Maradona, en Nápoles, hace referencia al ‘Dios humano‘ como se le consideraba en Italia, luego de su paso por el club italiano. Foto: AFP.
Un cartel de Maradona, en Nápoles, hace referencia al ‘Dios humano‘ como se le consideraba en Italia, luego de su paso por el club italiano. Foto: AFP.

Diego Armando Maradona empezó su carrera de futbol como el jugador peor pagado de Argentinos Juniors, en 1976, pero ahora, tras su fallecimiento, deja una herencia calculada en $80 millones.

Su imagen publicitaria valía oro, pese a la montaña rusa que vivió, entre peleas con apoderados y reclamos millonarios.

Películas, documentales, libros biográficos y autobiográficos. Todo mezclado en un cóctel de futbol, abuso de drogas y escándalos públicos.

Manejar las cuentas y los negocios del “10“, quien falleció este miércoles 25 de noviembre a los 60 años, fue una misión delicada para sus representantes que eran sus amigos hasta que la relación se rompía con discusiones y peleas ventiladas en los medios.

El “Pelusa“ tuvo fuertes ganancias en su carrera, pero las sumas suenan casi ridículas comparadas con el dinero que embolsa actualmente un deportista de élite.

Al final del camino no sufría necesidades económicas, pero su herencia lejos estaba de reflejar el esplendor de la trayectoria.

El astro argentino se quejaba de las malas administraciones de sus sucesivos representantes, Jorge Cyterszpiller y Guillermo Cóppola.

“Estoy ‘muerto’ (dolido) porque le di mi vida a Guillermo y me equivoqué. Se quedó con mucha plata mía y no lo voy a permitir. Él, que tiene este dinero, se lo deberá devolver a mis gordas (sus hijas, Dalma y Giannina). Le di un poder a alguien que creía mi amigo y no me respondió como me había prometido”, expresó una vez, desilusionado.

Cóppola, un exempleado de banco e intermediario en pases de jugadores, carismático y polémico, se convirtió con los años en personaje mediático de la TV como gran conversador y contador de anécdotas.

El exjugador le reclamaba el pago de $2 millones, por diversos ingresos, entre ellos por el recordado partido homenaje en La Bombonera en 2001, cuando pronunció su famosa frase: “Me equivoqué, y pagué, pero la pelota no se mancha”.

Cóppola reemplazó en su momento a su primer apoderado y amigo, Jorge Cyterszpiller, a quien conoció cuando el astro jugaba en las divisiones juveniles de Argentinos Juniors.

La dirección técnica también le brindó jugosos ingresos, con Argentina en el Mundial de Sudáfrica 2010 en que dirigió a Lionel Messi, y sobre todo en Emiratos Árabes como entrenador del Al Wasl en 2011, cuyo contrato era de $34 millones.

En 2017, pasó a Al Fujairah y un año mas tarde era el rey en Bielorrusia, luciendo un anillo de diamantes de 300.000 euros y montando vehículos anfibios como presidente honorario del Dinamo Brest.

Herederos del ‘10‘

En Italia nacieron sus primeros hijos: el primero fue Diego en 1986, fruto de una relación extramatrimonial y a quien reconoció 29 años más tarde; Dalma en 1987 y Gianinna en 1989, ambas con su primera esposa.

Maradona tendría otros herederos: Jana en 1996, reconocida por la fuerza de la ley luego de que el astro se negara a realizar un test de ADN, y Diego Fernando en el 2012 fruto de su relación con Verónica Ojeda.

La nebulosa creció en el 2019, cuando su abogado comentó que habrían otros tres hijos e incluso un cuarto, nacido en Cuba en los tiempos en que él ya retirado jugador se sometió a una terapia de rehabilitación de drogas.

Nace en la miseria

Maradona nació, en 1960, en Villa Fiorito, un suburbio capitalino rodeado de pobreza extrema. Era el quinto de ocho hermanos y su gambeta empezó a rodar de boca en boca desde que jugaba en un descampado potrero llamado “Las Siete Canchitas”.

La extrema precariedad empezó a terminar cuando debutó por Argentinos Juniors, el 20 de octubre de 1976.

Empezó como el futbolista peor pagado del equipo. “Y con eso parecíamos Bill Gates y la reina Sofía”, comentaba el “Pelusa”.

Con su primer sueldo llevó a “doña Tota“, su madre, a comer a una pizzería en el barrio Pompeya. Se gastó todo el salario.

“Nos comimos y tomamos todo. ¿Y qué querés si en mi casa pasábamos hambre? Se comía carne una vez al mes, el 4, cuando mi viejo cobraba”, decía el propio Diego.