Irene Rodríguez. 6 noviembre, 2018
Cecilia Monge realiza su subespecialidad de Oncología en el Centro Nacional del Cáncer de Estados Unidos (NCI, por sus siglas en inglés) allí desarrolló su investigación, la cual presentó en el Congreso de Asociación Europea de Oncología Médica, celebrado en Munich. /Fotografía de Archivo: JOHN DURAN

Imaginemos a dos personas a las que recién les acaban de diagnosticar cáncer de estómago. El tumor está localizado en el mismo sitio y su avance y agresividad es básicamente igual. Sin embargo, si se les da el mismo tratamiento, puede que a un paciente le funcione y a otro no.

En cambio, los resultados podrían ser más positivos si se les trata con terapias completamente distintas, incluso si a uno de ellos se le suministra un medicamento que también se le da a una mujer con cáncer de cuello uterino (en un sitio muy diferente).

¿A qué se debe esto? A que con el cáncer no basta saber dónde se desarrolla, si no de cómo lo hace.

En la mecánica de origen y evolución de esta enfermedad confluyen muchos factores: la genética de cada persona, las proteínas, la forma en la que “viajan” algunas moléculas y cómo interactúan entre ellas, así como la manera en que las expresiones genéticas “se encienden y apagan” con su contacto con el ambiente. Y estas manifestaciones pueden darse de formas similares en partes muy diferentes del cuerpo humano.

Precisamente, una médico costarricense contribuye con esta labor de investigación, que busca dar tratamientos más específicos (personalizados) a los pacientes, para darles más esperanzas y una mayor calidad de vida.

Su nombre es Cecilia Monge, quien realiza su subespecialidad en Oncología en el Centro Nacional del Cáncer en Estados Unidos (NCI, por sus siglas en inglés). A finales de octubre pasado, durante el Congreso de la Asociación Europea de Oncología Médica (ESMO, por sus siglas en inglés), realizado en Munich, Alemania, ella presentó los resultados de la investigación que lideró en relación con este tema.

“Es lo que se llama medicina por precisión. Buscar las anormalidades moleculares de cada tumor y con base en eso hallar el mejor tratamiento. La pregunta clave es: ¿cómo hacer para que el paciente reciba el mejor tratamiento para su tumor, sin efectos secundarios innecesarios y dárselo pronto?”, destacó la especialista.

John Marshall, especialista en cáncer gastrointestinal y director del Centro Comprensivo de Investigación del Cáncer Lombardi en la Universidad de Georgetown, en Washington, y otro de los investigadores participantes explicó: “es como tener un montón de candados diferentes (los tumores) y contar con una cantidad muy similar de llaves (los tratamientos). Si intentamos probar todas las llaves en todos los candados para ver cuál lo abre, perderemos mucho tiempo. En cambio, si ya sabemos las características de ese candado es mucho más fácil probar directamente con menos llaves. ¡Es muy posible que la primera nos abra el candado!”.

Marshall también dijo: “Antes veíamos simplemente una biopsia en un microscopio y observábamos un patrón. Le dábamos a todo el mundo la misma terapia. Algo que podía no funcionar en muchas personas y generarles efectos secundarios en lo que se buscaba otra opción, además de los costos que esto significa. Ahora como médico sé de antemano qué fármacos van a funcionar y cuáles no”.

En ese sentido, el pasado 30 de octubre, la Administración de Alimentos y Medicamentos de Estados Unidos (FDA, por sus siglas en inglés) aprobó un tratamiento llamado Keytruda que está dirigido específicamente al receptor de un anticuerpo, y se autoriza como terapia (o parte de la terapia) para tumores muy diferentes: melanoma (cáncer agresivo de piel), cáncer de pulmón de células no pequeñas, tumores de células escamosas en cabeza y cuello, linfoma de Hodking clásico, carcinoma urotelial (tipo común de cáncer de vejiga), cáncer colorrectal, cáncer gástrico y cáncer de cérvix.

Siempre y cuando estos tipos de cáncer tengan anomalías en el receptor, el medicamento puede ser recomendado.

Desenredar un compleja maraña
Este fue el poster presentado por Monge en el Congreso ESMO en Munich, Alemania.

¿En qué consistió el estudio presentado en Munich? Monge y su equipo se concentraron específicamente en distintos tipos de tumores gastrointestinales (colorrectal, páncreas, esófago, estómago, conducto bilial, células del hígado, neuroendocrinos).

Ellos tomaron la información de 5.377 pacientes a los que se les había realizado un examen muy específico. Esta prueba se denomina análisis proteómico, y lo que busca es saber exactamente qué características tiene cada cáncer y su forma de origen y de desarrollo. Después de una biopsia, se hace un análisis profundo que ve los cromosomas, los genes y sus mutaciones, las proteínas, las expresiones de los genes. Este tipo de análisis puede responder muchas preguntas: ¿cuál gen “se rompió”?, ¿qué proteína “falló” y afectó la división celular?, ¿qué receptores no están funcionando?

“Es ver las anormalidades moleculares de cada tumor”, precisó Monge.

Entonces, de estas 5.377 personas se conocieron las características de los tumores y las anomalías que habían llevado a desencadenar el cáncer y su forma de comportarse.

Posteriormente, los científicos se dedicaron a estudiar vías moleculares en busca de los mejores tratamientos.

Las vías moleculares son una serie de acciones que ocurre entre las moléculas de una célula y que conducen a una cierta función. En el caso del cáncer, esto podría llevarlas a malignizarse o actuar de determinadas formas anormales.

Este análisis les llevó a los investigadores a determinar cómo podría atacarse mejor la enfermedad, ya fuera con una sola vía molecular o en combinación de dos. Con la ayuda de algoritmos creados por inteligencia artificial determinaron hacia dónde tenían que apuntar para cada uno de los casos de cáncer estudiados.

De esta manera, se determinaron posibles agentes terapéuticos (o candidatos a opciones de medicamentos); muchos de ellos ya están en fase de investigación clínica o preclínica. Pero también dieron otras posibles opciones para que se investiguen a futuro en próximos ensayos preclínicos.

“Incluso es bueno estudiar no solo las drogas que están en proceso experimental, también las que ya están aprobadas. Podríamos ver que un fármaco que tiene indicaciones para solo un tipo de cáncer podría ser útil para varios más”, destacó Marshall.

Esta es la primera vez que se hace un análisis de este tipo en tales dimensiones, por lo que fue catalogado como uno de los puntos sobresalientes del Congreso ESMO.

“Mientras yo exponía había muchísimas personas de compañías farmacéuticas tomando nota con mucho interés. Hay algunos agentes terapéuticos que aún no están en estudio y podrían estudiarse. O, en el caso de las combinaciones, algunas farmacéuticas están trabajando con uno de los agentes y otras con otros. Es una buena oportunidad de hacer colaboraciones. Aquí el asunto no es quién se lleve las palmas, es ver cómo podemos ayudar a la gente y salvarla y darle calidad de vida”, especificó Monge.

“Lo bonito es ver cómo este estudio fue una colaboración del Estado, a través del NCI, de la academia, a través del Centro Lombardi y de la empresa privada, con Caris, la empresa que realiza los análisis proteómicos y Perthera, la que realiza los análisis terapéuticos con algoritmo”, agregó.

El trabajo ya da frutos
John Marshall director del Centro Comprensivo de Investigación del Cáncer Lombardi en la Universidad de Georgetown, en Washington, también participó de la investigación. Fotografía: Lombardi Center
John Marshall director del Centro Comprensivo de Investigación del Cáncer Lombardi en la Universidad de Georgetown, en Washington, también participó de la investigación. Fotografía: Lombardi Center

El trabajo recién se presentó el pasado 30 de octubre. No obstante, como desde antes se sabían los resultados y podían verse cuáles vías moleculares eran eficaces en determinados tipos de cáncer, el equipo del NCI se puso a adelantar pasos en protocolos y así utilizar esta información para beneficio de pacientes una vez que el estudio estuviera difundido.

Así, ya algunas combinaciones de vías moleculares están aprobadas para ensayos en Fase I.

La fase I es la primera de tres fases de investigación clínica antes de aprobar un nuevo medicamento o terapia. Se realiza con un número pequeño de individuos y busca determinar la seguridad y establecer las dosis que se darán.

“Es bueno saber que ya estamos probando si lo que el estudio nos indicó tiene esos resultados en seres humanos. Usualmente son muchos los años que pasan antes de que un medicamento pueda aprobarse del todo, algunos no logran los resultados esperados, pero tenemos la esperanza de que estos puedan significar una diferencia en el tratamiento del los pacientes con diferentes tipos de cáncer”, manifestó Monge.

“Esto cambia el panorama de cómo se pueda abarcar la investigación clínica y qué puede hacer la ciencia por la salud y calidad de vida de las personas”, añadió.

¿Qué sigue? Una vez que la fase I finalice, si tiene buenos resultados se empieza con la fase II, que busca comprobar la eficacia en un número mayor de individuos, con características muy específicas según lo que busque el medicamento, y de más lugares de procedencia. En algunas ocasiones, ya esta fase es desarrollada por compañías farmacéuticas y no por institutos de investigación.

Si la fase II da buenos resultados, se continúa con la fase III, en la que se confirman los resultados con un número aún mayor de personas.

Aún es pronto para saber en cuánto tiempo serán aprobados estos medicamentos experimentales.

Labor enfocada en los pacientes

Cecilia Monge viajó a Washington a mediados del año pasado para comenzar su especialidad en el NCI. Allí, su trabajo tiene dos vertientes. Por un lado, la parte clínica donde aprende y labora directamente en diagnóstico y atención de pacientes con cáncer (clínica de oncología y hematoncología), y, por otro lado está su labor en investigación en cáncer.

“No hay una familia en Costa Rica que pueda decir que no haya sido tocada de alguna forma por el cáncer. Es un barco en el que todos hemos tenido que montarnos de alguna forma. Parte de tener calidad de vida para el paciente y de saber navegar ese barco pasa por el diagnóstico. Entre más preciso sea, más preciso puede ser el tratamiento”, destacó la profesional.

En febrero pasado, la especialista indicó que una de las razones por las cuales escogió el NCI es porque el peso que tendrán sus profesores. En los pasillos de ese lugar transitan 149 personas que han participado en investigaciones relevantes y han sido merecedoras de 88 premios Nobel de Medicina.

“Mi idea es adquirir todo el conocimiento posible y traerlo a Costa Rica para así ayudar en el abordaje de esta enfermedad que toca tantas vidas. Es ver la forma de dar un mejor tratamiento y con la menor cantidad posible de efectos secundarios, para así ofrecer mayor calidad de vida”, enfatizó Monge antes de partir a Washington. Hoy, ya con los resultados de esta investigación de la cual es autora principal, asegura que su compromiso con los pacientes es mayor.