Irene Rodríguez. 1 julio
Una de las actividades que se realizan en la casita de Corales de Limón es que los menores se expresen a través del arte. Las imágenes cuentan con la autorización de los padres de los niños. Fotografía: Casitas de escucha para LN
Una de las actividades que se realizan en la casita de Corales de Limón es que los menores se expresen a través del arte. Las imágenes cuentan con la autorización de los padres de los niños. Fotografía: Casitas de escucha para LN

Una vez por semana, una casa en cada distrito de Talamanca se colma de decenas de niños y jóvenes de diferentes edades.

Divididos en grupos de entre siete y diez personas, los menores realizan varias faenas: unos reciben apoyo para ponerse al día en sus estudios, algunos dibujan, pintan o realizan manifestaciones artísticas, otros hacen algún tipo de actividad física y están los que reciben atención psicológica individualizada. Al cabo de unos minutos, cambian de actividad.

Quienes asisten a este lugar son niños y jóvenes en riesgo social, que tienen posibilidades de expulsión del sistema educativo y exclusión social. Muchos también enfrentan problemas en su hogar o han tenido ideaciones o intentos suicidas.

El proyecto se llama Casitas de Escucha y nació en Pavas para darles apoyo a jóvenes en riesgo. Es un programa de la fundación Fundamentes, el Hospital Nacional Psiquiátrico (HNP), el Ministerio de Educación Pública (MEP), y también se sumaron el Patronato Nacional de la Infancia (PANI) y el Instituto Costarricense Sobre Drogas (ICD).

Desde hace un par de años, la iniciativa se expandió por la zona del Caribe y ya hay casitas de escucha en Talamanca, Sixaola y el cantón de Limón.

"Lo que más me gusta es el amor que se ve. Son personas amistosas", señaló Dashana Morales, de 15 años, quien asiste a la Casita de Escucha Se Ú ("nuestra casa", en lengua bribrí), en la comunidad de Sepecue, Talamanca.

A su lado, Ectel Reyes, de la misma edad, enfatizó: "Es una fortaleza. He logrado con el apoyo de Casita de Escucha cosas que jamás habría creído conseguir".

Jonathan Mora, coordinador general de Casitas de Escucha y de la unidad de investigación del programa, también resaltó el valor del proyecto. "Muchos de ellos (los menores) están 'al borde de la mesa', vienen de familias donde hay privados de libertad, alcoholismo, drogadicción, violencia familiar, autolesiones, ideaciones de muerte y conductas autodestructivas, el acompañarlos nos hace estar cerca de ellos y hacerles ver que el contexto no los define", afirmó.

La psicóloga Helga Arroyo, directora regional del programa, ofreció más detalles. "Buscamos que los chicos se hagan fuertes, que pueden construir su proyecto de vida. La casita se vuelve un lugar donde pueden descubrirse y hablar sin ser juzgados, esto les da más herramientas para continuar", explicó.

A los jóvenes que asisten al programa no les toma mucho tiempo ver los resultados.

"A los que sienten que ya no pueden más, yo les digo que no están solos, que en la vida hay cosas duras, pero Dios manda personas que de cierta manera nos apoyan, como las de casitas de escucha", manifestó Jean Carlo Alemán, de 18 años, quien acude al centro habilitado en Sixaola.

En este momento, 414 niños y adolescentes de la zona del Caribe se benefician de seis casitas de escucha.

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Aborto y suicidio

Suicidios dieron voz de alerta
Dentro de las actividades que se realizan en las casitas de escucha, el arte tiene un componente principal. Fotografía: Casitas de escucha para LN
Dentro de las actividades que se realizan en las casitas de escucha, el arte tiene un componente principal. Fotografía: Casitas de escucha para LN

El proyecto en esta zona comenzó con una señal de alarma: en el 2014, la Cruz Roja y trabajadores de salud de Talamanca detectaron gran cantidad de suicidios en la población, especialmente en jóvenes.

Aquel año cerró con 47 intentos de suicidio y 11 suicidios consumados.

De las muertes, el 75% fueron personas que tenían menos de 35 años, mientras que 33% del total correspondían a personas que no llegaban a los 18 años.

En los intentos de suicidio, el 80% fueron menores de 35 años, en tanto que 38% del total correspondían a menores de 18 años.

"Tal vez puede sonar que 47 intentos y 11 suicidios es poco, pero Talamanca es un cantón pequeño y con muy poca población. Estamos diciendo que 4% de los suicidios se dan en una zona que concentra un 0,6% de la población", resaltó Arroyo.

Esos números motivaron una declaratoria de emergencia en el cantón y la creación de una comisión cantonal de prevención del riesgo del suicidio. Con eso, la Universidad de Costa Rica (UCR) comenzó una investigación que buscó determinar las características de este fenómeno en la población.

De acuerdo con Arroyo, quien también fue investigadora en dicho estudio, en los resultados se vio que los jóvenes talamanqueños vivieron una "colonización digital" con gran rapidez.

Ellos enfrentaron una aculturación de sus raíces, al tiempo que no lograban adaptarse a un modo de vida como el visto en el Valle Central. Por un lado, los jóvenes se sentían "desconectados" de su país, y por otro, los adultos de su comunidad indígena los veían como una "generación perdida", que no servía y que ni siquiera hablaba bribrí.

"El suicidio es una ruptura con esa conexión cultural, con la identidad, ese estar invisibilizado", expresó la especialista.

"Pero esto no quiere decir que esto sea causa-efecto al suicidio. El suicidio es algo multifactorial. No es solo depresión o enfermedad mental, porque de ser así todos los depresivos o con trastornos mentales se quitarían la vida. No es búsqueda de venganza, es un problema social y debe abordarse del enfoque psicosocial", aclaró.

"El suicidio es un grito, no para acabar con mi vida si no para acabar con mi sufrimiento", agregó.

El esfuerzo, aunque comenzó en el 2016, ya ha dado frutos. Solo en Talamanca, de esos 47 intentos y 11 suicidios consumados en el 2014, se pasó a 16 intentos y cinco muertes por esta causa en el 2017.

Tres ejes
Deyron González ,Adbell Sosa, Kendall Chavarría y Yorling Thompson disfrutan de los talleres de arte de la casita de escucha en Sixaola. Esta fotografía tiene el consentimiento de publicación de los menores y de sus padres o encargados. Fotografía: Casitas de Escucha para LN
Deyron González ,Adbell Sosa, Kendall Chavarría y Yorling Thompson disfrutan de los talleres de arte de la casita de escucha en Sixaola. Esta fotografía tiene el consentimiento de publicación de los menores y de sus padres o encargados. Fotografía: Casitas de Escucha para LN

Arroyo, indicó que la iniciativa de las casitas de escucha se basa en tres ejes llamados "los tres aros", pues si se suelta uno se sueltan los tres.

El primer eje es el clínico, donde profesionales en psicología dan atención individualizada y grupal a los niños y jóvenes, se les escucha y se les dan las herramientas para que enfrenten sus situaciones particulares.

Otro de los ejes es el educativo, donde se ve cuáles son las áreas que más les cuestan a las menores en el estudio y, con la ayuda de docentes y de otros profesionales se les explica, se les evacuan dudas y se apoyan entre ellos para mejorar calificaciones y así disminuir las posibilidades de deserción escolar.

"Hay dos materias en las que se concentra mucho del trabajo: matemáticas y español, ambas son vitales para la vida de los muchachos, para las actividades diarias y para resolver los problemas cotidianos que puedan tener", aseveró Mora.

El tercer eje es el creativo, donde los participantes del programa tienen diferentes espacios para desarrollarse, ya sea con actividad física o recibiendo talleres de cualquier tipo de arte o de cocina. Este eje les ayuda a expresarse y a decir lo que muchas veces las palabras no logran.

"Venir a la casita es algo muy importante, muy lindo. A pesar de que vienes a aprender porque te enseñan cosas que tal vez no entiendas, como las matemáticas, te dan otras cosas importantes, como la psicología, donde te puedes desahogar", manifestó a La Nación Emily Arguedas, de 14 años, vecina de La Palma y quien asiste a la Casita de Escucha de Sixaola.

Sheimily Umaña, Daneisha García, Joshua Hilton y Andrey López participan de clases y talleres de música en su casita de escucha en Puerto Viejo, Limón. Los niños en las fotografías y sus padres dieron permiso para difundir la imagen. Fotografía: Casitas de escucha para LN
Sheimily Umaña, Daneisha García, Joshua Hilton y Andrey López participan de clases y talleres de música en su casita de escucha en Puerto Viejo, Limón. Los niños en las fotografías y sus padres dieron permiso para difundir la imagen. Fotografía: Casitas de escucha para LN

En el caso de los menores que ya hayan mostrado ideaciones o intentos suicidas se trabaja aún de manera más intensiva. Llamadas telefónicas y apoyo para las familias son parte de estas herramientas con las que se cuentan.

En el caso de que algún muchacho de la comunidad sí consumara un suicidio, a nivel comunal hay líderes que acompañan durante los primeros días a los familiares y personas más allegadas.

"Ha sido crear algo donde no había nada, eran lugares donde ni siquiera había mayores posibilidades de recreación para los muchachos, pero ya estamos confiados de todo lo que puede avanzarse, tenemos metas de crecer en todas las casas y poder impactar todavía a más niños y jóvenes", mencionó Arroyo.

Fenómeno social
Cristian Lacayo Alvarez, de ocho años, asiste a la casita de escucha de Sixaola. Una de sus actividades favoritas son los talleres de cocinoterapia. El uso de esta imagen fue autorizada por el menor y por sus padres o encargados. Fotografía: casitas de escucha para LN
Cristian Lacayo Alvarez, de ocho años, asiste a la casita de escucha de Sixaola. Una de sus actividades favoritas son los talleres de cocinoterapia. El uso de esta imagen fue autorizada por el menor y por sus padres o encargados. Fotografía: casitas de escucha para LN

En Sixaola y Limón las casitas de escucha funcionan de la misma forma que en Talamanca, pero las características sociales de estas regiones son muy diferentes. En este caso, de acuerdo con Arroyo y Mora, el suicidio no es tan frecuente, pero sí se ven problemas grandes de muertes violentas como homicidios o accidentes de tránsito.

"En Cieneguita, por ejemplo, hubo una generación que no logró encontrar trabajo y que se metieron en narcotráfico solo por tener una opción de vida. Esto llevó a esta comunidad a ser más violenta. Es normal ver ahí chicos con papás en la cárcel", indicó Arroyo.

Según Mora:"y en Sixaola la situación puede ser peor. Es un sector fronterizo totalmente olvidado. Las posibilidades de salir adelante son 10 veces peor que en Talamanca y 40 veces peor que en el Valle Central. Por eso las casitas son importantes, para encontrarse con otros como ellos y que vean que pueden lograrlo".

Esta situación hace que en todas las casitas del Caribe sean muchos los niños que quieran ingresar y pocos los espacios (aunque se atiendan en promedio 65 menores por casa). Por ello, se debe hacer un proceso riguroso con los centros educativos y los líderes comunales para llegarle realmente a quienes lo necesitan.

"Tenemos talleres de matrícula simbólica. Queremos empoderarlos a ellos de su decisión de entrar a una casita. Sin la decisión de ellos esto no funciona", destacó Arroyo.

Estas circunstancias, lejos de desmotivar a quienes trabajan en el proyecto Casitas de Escucha los motivan a seguir trabajando.

"Nuestro 2017 fue mucho de comenzar a activar los grupos, este 2018 será más de mejorar el acompañamiento, con un proceso formativo más fuerte y más orientado, para así poder captar cada vez a más gente", concluyó Mora.

Mientras tanto, los menores que participan del programa agradecen el momento en el que llegaron a formar parte de una casita.

"Significa una oportunidad que llegó a mi vida para bien", sentenció Josseth Romero, de 14 años y quien asiste a la Casita de Escucha de Home Creek, en Limón.