Alejandra Vargas M.. 24 junio, 2007
Pantalla completa Reproducir
1 de 4

San Ramón, Alajuela. Un equipo científico realiza en San Ramón una ambiciosa investigación en busca de restos indígenas que aclaren qué tipo de asentamientos precolombinos hubo allí y si eran cacigazgos o tribus.

Hasta el momento, se ha encontrado gran cantidad de fragmentos de cerámica e incluso una especie de cuchillo de piedra, que podría tener más de 2.500 años. Sin embargo, la antigüedad de los restos aún debe confirmarse con estudios científicos.

Así lo reveló a La Nación el arqueólogo costarricense Mauricio Murillo Herrera, autor del estudio y estudiante de doctorado en la Universidad de Pittsburgh , Pennsylvania, EE. UU.

La investigación busca esclarecer si nuestros indígenas tenían una cultura autóctona y evolucionaron diferente a otros sitios o si sus tradiciones se “tomaron prestadas” de otras latitudes.

Según Murillo, la investigación –cuya zona de estudio abarca 100 kilómetros cuadrados– pretende reconstruir el proceso de evolución de las sociedades aborígenes de San Ramón para compararlas con otros sitios del país y del mundo tales como Colombia, México y Japón.

Así se podrá conocer cuán diferentes o semejantes eran nuestras poblaciones precolombinas de las del resto de Mesoamérica, de la zona andina y del orbe.

¡A pie! Para obtener esta información, los expertos usan un método promovido por el científico estadounidense Robert D. Drennan, una autoridad de la arqueología mundial. Esta es la primera vez que se aplica en el país.

Esta metodología supone que, aunque un área arqueológica haya sido saqueada, siempre quedan resabios de lo que allí había y en las proporciones que existían.

Para encontrar estos restos, los científicos no excavan en la tierra –como suele pensarse cuando se habla de arqueología– sino que caminan cerca de 1,5 kilómetros cada día y toman nota de cuántas piezas o fragmentos pueden detectar a simple vista durante su recorrido.

En este caso, el área total de estudio fue segmentada en fracciones de una hectárea. Cada una de ellas se estudia detalladamente pasando ríos, fincas de ganado, patios de casas, calles rurales y hasta plantaciones de café.

“Nos interesa que la gente sepa que estamos investigando nuestras raíces indígenas para que los propietarios de las tierras nos ayuden y no nos manden los perros ni nos salgan con armas”, reconoce el arqueólogo con humor.

En cada hectárea donde se detecta algún fragmento de cerámica indígena, los investigadores toman una muestra aleatoria y se describen sus características físicas: material, textura y formas.

A partir de estas características, ellos logran estimar el período cuando fue construida cada pieza.

Además, según la cantidad de restos por hectárea se aplican modelos estadísticos para suponer cuántas personas vivieron allí. Así se determina si era una zona muy poblada o con pocos habitantes.

La distribución de los vestigios permite inferir si la sociedad estaba organizada como una aldea dispersa o concentrada.

El análisis de los restos revelará también si los indígenas preferían vivir en las partes altas, junto a ríos o en tierras muy fértiles.

Una ventaja de la metodología es que es tan minuciosa que no privilegia sitios arqueológicos grandes y todo cuenta, dice el experto.

Este estudio es financiado por la National Science Foundation , la Universidad de Pittsburgh y la Universidad de Costa Rica.