Esteban Ramírez. 17 abril

En estas cinco semanas de confinamiento, un aspecto de la vida cotidiana en el que muchos padres y madres hemos tenido que inmiscuirnos con mayor empeño, y desde una dimensión más amplia, es en el proceso educativo de nuestros hijos. No me refiero a la crianza –lo cual ya hacíamos en mayor o menor medida–, sino a la instrucción académica, a la acción docente.

La llegada del nuevo coronavirus nos obligó a ponernos el traje del “maestro en casa” de forma urgente y lanzarnos forzosamente, junto con nuestros hijos y sus profesores, en las aguas de la educación virtual. No sé a ustedes, pero en mi caso, una de las primeras enseñanzas en este proceso fue descubrir la visión errada de lo que significa la educación en línea. ¿Habrá concepto más sobresimplificado?

La cuarentena por el coronavirus obligó a mover las lecciones regulares del salón de clases, a la computadora de la casa
La cuarentena por el coronavirus obligó a mover las lecciones regulares del salón de clases, a la computadora de la casa

Con algo de camino andado en este éxodo hacia las lecciones virtuales, tenemos que aceptar que para imprimirle calidad y continuidad al curso lectivo se necesita más que una computadora con Internet y Zoom. El desafío va más allá y no es menudo pues junto con el autoaprendizaje, la formación a distancia, mediada por la tecnología, es una ventaja competitiva en la economía del conocimiento y lo será más en esta “nueva normalidad” que el covid-19 nos impuso.

Todavía me hace falta alinear algunas variables para atreverme a decir que la educación virtual de mis hijos está siendo tan provechosa como las lecciones presenciales.

Comienzo por decir que nuestras viviendas no están adaptadas (o al menos no fueron pensadas), para servir como centros de estudio. No me refiero a cumplir con una tarea o trabajo en casa normal, sino a un espacio donde se pueda alcanzar la concentración y disposición que demandan cuatro o cinco sesiones seguidas de clases en línea.

Carecemos, en muchos casos, de la velocidad de Internet, los equipos y espacios óptimos para que un pequeño de primaria reciba lecciones (ni se diga si son dos o tres niños al unísono). Tampoco hay que olvidar que este curso lectivo virtual se cruza en tiempo y espacio con el teletrabajo de los adultos. Los distractores amenazan por todos los flancos: un televisor encendido, el cajón de los juguete, incluso las mismas dinámicas de los demás habitantes de la vivienda.

Las lecciones en línea pueden volverse caóticas. A veces, porque la tecnología o el proveedor de Internet no contribuyen, pero también imaginen a 20 o 25 niños haciendo preguntas y tratando de participar y llamar la atención del maestro de Matemáticas .

Por si fuera poco, las divisiones entre los momentos de juego y los de ir a clases, dentro de las cuatro paredes de la casa, se vuelven ambiguos, y establecer las rutinas y hábitos necesarios para cumplir con la jornada académica es algo fácil de decir pero complejo de lograrl. Al final, los profesores construyen dentro del salón de clases, niveles de atención, colaboración y respeto que en la casa simplemente operan distinto.

No todo es negativo. Nunca antes pudimos seguir tan de cerca y ser tan corresponsables del aprendizaje de nuestros chiquillos. Estamos todos recibiendo una gran lección presencial. La experiencia acumulada por quienes hoy tenemos hijos en cuarentena a raíz del coronavirus, y estamos abrumados por las clases virtuales, nos aporta nuevas evidencias para acercarnos a los docentes y repensar la educación, tanto la que se obtiene del Estado, como la que se contrata en el sector privado.