18 julio, 2010

El domingo 23 de abril de 1967, la ciudad de San José amaneció de luto: durante la madrugada, un voraz incendio había destruido el Teatro Raventós, edificio que era un orgullo josefino, reputado como “el más hermoso coliseo de Centroamérica”.

El siniestro arrasó con parte de las butacas, el escenario y el telón. Al final, se reportaron pérdidas por 300.000 colones, monto muy alto para aquella época.

En la noche del sábado 22, como de costumbre, había habido tanda de 8:45 p. m. Se había exhibido la película Drácula, el príncipe de las tinieblas (1966), con el gran actor Christopher Lee encarnando de nuevo al conde transilvano.

Por eso, ignorada la causa del incendio, no faltó un santulón que asegurase que la tragedia había sido ocasionada por proyectar tan sacrílego filme, en la diagonal misma de la Catedral Metropolitana'

Un sueño empresarial. Natural de La Llacuna (provincia de Barcelona), José Raventós Gual (1879-1931) había llegado a Costa Rica en 1905. Establecido en San José, se dedicó a diversas actividades comerciales que, para mediados de los años 20 del siglo pasado, habían hecho de él un hombre acaudalado.

Entonces, en marzo de 1924, una serie de fuertes sismos azotaron la ciudad capital y dañaron gravemente gran cantidad de edificios.Entre los afectados se encontraba el inmueble de la Escuela Juan Rafael Mora, situada frente a la esquina nordeste del Parque Central.

Desde 1799, ese cruce emblemático de la avenida Segunda y la calle Central había albergado la Casa de Cabildo de la Villa Nueva de San José. Por esto, en octubre de 1821, se convocó allí a la gente del lugar para difundir los documentos venidos de Guatemala que proclamaban la independencia de España.

Convertida la ciudad en capital, el Cuartel Principal del Estado se edificó en 1833 en aquella esquina. Ese cuartel era un edificio de aspecto hispano colonial que, sin cambiar de función, sería sustituido por uno de arquitectura apenas neoclásica a fines del siglo XIX.

Sin embargo, en 1913, previendo el traslado del cuartel a las afueras de la ciudad, el Congreso decidió donar la vieja sede militar a la Junta de Educación de San José.

Al año siguiente se firmó el acuerdo que convirtió ese recinto en la Escuela Superior de Varones, luego llamada Juan Rafael Mora.

No obstante, tras una década de funcionamiento educativo, los sismos hicieron que el local fuera declarado inhabitable. Entonces, para obtener fondos y comprar un predio en otro sector de la ciudad, se alquiló el edificio, que funcionó como depósito de maderas hasta que en 1926, para cumplir su meta, la Junta de Educación sacó a remate la propiedad.

Entusiasmado, José Raventós participó en la puja por el terreno con el fin de construir el teatro de sus deseos.

Su sueño, se dice, era brindarle a la ciudad una sala donde los costarricenses conocieran, con comodidad y economía, las zarzuelas y operetas de su España natal.

Del diseño a la chanza. Raventós, que era masón, encargó el diseño del teatro a su hermano José Fabio Garnier (1884-1956). Este era un capaz ingeniero-arquitecto costarricense, graduado en la Real Escuela de Ingeniería de la Universidad de Bolonia, Italia, en 1910.

Garnier, que inicialmente asumió también la dirección de las obras, era además periodista, promotor cultural y educador; y, más importante aun en este caso, era un destacado dramaturgo.

Todo ello lo convertía en el profesional idóneo para proyectar “a la italiana” la nueva sala.

En febrero de 1927 se inició la construcción, que estuvo terminada en la segunda mitad de 1928. Se calcula que costó cerca de 800.000 colones. Para entonces, era el teatro más grande de Centroamérica, con una capacidad cercana a los 2.000 espectadores, número que aumentaría con el tiempo.

Construido sobre todo en concreto armado –solo algunos muros interiores son de mampostería de ladrillo–, el edificio fue pionero en el uso de esa técnica. Estéticamente, es un ejemplo tardío de la arquitectura neoclásica criolla, muy libre con respecto a los cánones académicos –entre los que integra también elementos de otras corrientes–.

Las suyas son fachadas de lo que se llama “orden gigante” pues las columnas corintias cubren los dos pisos frontales partiendo de pedestales a escala humana. Entre esos volúmenes, se abren las puertas y las ventanas a nivel de la acera.

En el segundo piso, balcones balaustrados, sostenidos por mascarones barrocos, se alternan igualmente con ventanas.

Dando jerarquía a los accesos de ambas caras, hay una doble puerta veneciana rematada por un arco rebajado, decorado con dos musas que sostienen un arpa. En la esquina, la ochava tiene también acceso, balcón y un arco de medio punto que ostenta el año de su apertura.

Los capiteles, frisos, modillones y el resto de la decoración del edificio estuvieron a cargo del reconocido constructor y escultor catalán Gerardo Rovira.

Una anécdota familiar es que, habiendo sido pasteleros los Raventós , los decorativos diseños los hizo el maestro Rovira –a modo de chanza– con crema de manga, para luego interpretarlos en talla.

La gala y la tragedia. La noche del 7 de octubre de 1928, en una abarrotada función de gala, la mexicana Compañía de Operetas de Esperanza Iris presentó la revista Kiss Me . Con ella se inauguró el Teatro Raventós, acto en el que Cleto González Víquez, presidente de la República, fue el invitado de honor.

Una vez abierto, el Raventós le fue alquilado al empresario cinematográfico Perry Girton, quien ya contaba en San José con los teatros Moderno y Adela.

En realidad, el nuevo teatro no era idóneo para las artes escénicas pues, pese a su ostentosa sala en forma de herradura, el foso y el considerable ancho de boca del escenario, este no poseía suficiente profundidad.

Por aquella razón, la obra era más cine que teatro , de modo que el señor Raventós deseó adquirir el predio del costado oeste para darle el fondo adecuado al tablado. No obstante, su fallecimiento, en 1931, dejó en el proyecto aquel deseo, que se vería imposibilitado de concretar con la construcción del Gran Cine Palace en 1935.

A fines de octubre de 1928, en el Teatro Raventós se inició la proyección de cine mudo. Luego, en 1929, con gran expectación, el teatro exhibió la primera película sonora de la historia: The Jazz Singer , protagonizada por Al Jolson, cinta que se presentó como Con la canción en los labios .

No es que otros espectáculos estuvieran excluidos; recordemos lo que escribió el periodista Miguel Salguero: “Allí conocimos a Errol Flynn, Gene Tierney, Edward G. Robinson, Gary Cooper, María Félix, Cantinflas, Luis Sandrini, Los Churumbeles de España, y a otros artistas en persona, pues se alternaba el teatro con el cine”.

Años después sobrevino el incendio, y el edificio fue abandonado a su suerte; pero no todo estaba perdido: su arraigo en la memoria josefina y el aprecio por él estaban intactos en aquellos que tantos recuerdos habían construido allí.

Fue así como, desde 1973, el Estado intentó adquirir el edificio con el propósito de convertirlo en un teatro popular pues tenía mayor capacidad de público que el Nacional. Esta compra se concretó en 1976, en la administración de Daniel Oduber Quirós.

Aunque hicieron falta dos gobiernos más y peripecias sin cuento –entre ellas, el ingrato cambio de su nombre– para ponerlo en operación nuevamente, el Teatro Raventós, cual el ave Fénix, se levantó de sus cenizas para continuar por lo alto el sueño del gran empresario que lo hizo posible.

EL AUTOR ES ARQUITECTO, ENSAYISTA E INVESTIGADOR DE TEMAS CULTURALES.