Anacristina Rossi. 2 febrero
La psicoanalista plantea que esta enfermedad trata de las fallas en el amor y el deseo y de como estas resquebrajan las identificaciones que se viven en la infancia y que son fundamentales para sostener la subjetividad de cada sujeto. Foto: Shuttestock.
La psicoanalista plantea que esta enfermedad trata de las fallas en el amor y el deseo y de como estas resquebrajan las identificaciones que se viven en la infancia y que son fundamentales para sostener la subjetividad de cada sujeto. Foto: Shuttestock.

El libro de la psicoanalista Melania Agüero, Las anorexias: teoría y clínica desde el psicoanálisis, es excepcional. No solamente por lo exhaustivo y riguroso del recorrido histórico y teórico, sino también porque expone casos de su propia clínica: dos anoréxicas que la autora curó.

Se trata de un libro fascinante y denso. Vamos a parafrasear a la autora: el libro tiene seis capítulos. El primero es un recorrido histórico-cultural de la anorexia y muestra diferentes enfoques al respecto. El segundo trata acerca de la anorexia y su relación con el devenir mujer desde la teoría psicoanalítica, con dos grandes temas: análisis de la obra de Sigmund Freud y de la obra de Jacques Lacan. El tercero muestra similitudes y diferencias entre los aportes de Freud y Lacan respecto a la anorexia y el devenir mujer. El cuarto trata sobre la construcción de las anorexias: identificaciones, diagnóstico y estructura, forclusión (quiere decir exclusión, ausencia) de la metáfora paterna, fallas en la imagen, odio al cuerpo, etc. El quinto da cuenta de dos casos. El sexto hace un recorrido en el tiempo, desde la Santa Anorexia hasta las anorexias contemporáneas, atravesadas por el consumismo capitalista (p. 25).

El libro nos explica que todo bebé debe realizar una separación, un corte con ese Otro primordial que es la madre (o la persona que lo cuida). Esa operación de corte la llama Lacan la metáfora paterna –ese nombre es correcto en nuestras sociedades patrilineales patrilocales; en una sociedad matrilineal matrilocal como la bribri, el nombre tendría que ser otro–. En todo caso, Lacan lo llama metáfora paterna porque se supone que es el padre o una figura separadora similar el que opera ese corte, para el cual es importante que la madre le dé a esa figura separadora un valor. Ese corte o separación, doloroso al principio, instaura un vacío que el niño o la niña deberá cubrir con significantes, entrando así en las redes del lenguaje y del intercambio social.

Es decir, nos humanizamos y devenimos seres de lenguaje mediante una falta, un no, una ausencia. Es iluminador leer que en las anorexias siempre hay un problema con ese Otro primordial: la madre.

El libro está a la venta en la Librería Universitaria, en San Pedro de Montes de Oca. Cada ejemplar cuesta ¢15.000. Foto: Cortesía de la autora.
El libro está a la venta en la Librería Universitaria, en San Pedro de Montes de Oca. Cada ejemplar cuesta ¢15.000. Foto: Cortesía de la autora.

Para sanar, hay que separarse de ese Otro, o dejar de pedirle el amor que no dio. Si la separación es incompleta, hay neurosis. Si la metáfora paterna no se efectúa y no hay corte, hay gran riesgo de psicosis. Nos dice la autora: En algunas mujeres el pasaje de niña a mujer puede traer derrumbes narcisistas que revelan el rompimiento del registro simbólico, lo cual las deja estructuralmente del lado de las psicosis sin desencadenar. Eso pasa en las anorexias graves, en las que aparentemente ellas pueden vivir “cierta normalidad”, pero con la presencia de un delirio de por vida que se localiza sobre la imagen de su cuerpo, el cual es vivido como perseguidor y devorador… (p.241).

Así vemos la importancia clínica de los tres registros de Lacan: lo real (lo inexpresable), lo simbólico (el registro del lenguaje, de la abstracción, de los significantes) y lo imaginario (el registro de las identificaciones, de las imágenes). Cuando no se da la metáfora paterna, el niño/a no se logra insertar plenamente en el lenguaje y en algún momento de su vida lo real vuelve como algo aterrador que no tiene palabras. Es el caso que la autora describe más arriba. Pero la persona, en este caso la anoréxica, puede escapar de ese real aterrador mediante identificaciones imaginarias. Eso es lo que la psicoanalista Agüero logra en el primer caso expuesto.

En el segundo, logra separar a la anoréxica de la demanda de amor a su madre (es un caso de neurosis) mediante la palabra. Ambas curaciones muestran el poder del lenguaje y la eficacia de la clínica.

Para concluir, diremos que, por la claridad con que expone temas a la vez urgentes, actuales y complejos, por la profundidad y novedad del análisis, por lo fascinante de un recorrido que termina situando las anorexias en nuestra época, la de los “lazos líquidos”, la de la fragilidad de los vínculos humanos, es un libro que apasionará a todo tipo de lectores.