Camilo Retana. 26 octubre, 2018
El director y guionista George Romero murió el año pasado a los 77 años. Esta imagen es del 2008. Foto: AP/Amy Sancetta.

El día que Martin Luther King murió, George Romero (1940 - 2017) acabó de editar La noche de los muertos vivientes, metió la cinta en un carro destartalado y salió en busca de algún cine cutre, dispuesto a estrenar la película. La muerte, de por sí, acechaba en la retina de todo el orbe: los televisores y periódicos ofrecían noticia sobre jóvenes soldados estadounidenses y vietnamitas que se masacraban mutuamente en aquella guerra tan idiota como todas las otras.

Sin advertirlo por completo, Romero acababa de inaugurar el único género cinematográfico capaz de hablar de todo ello. ¿De qué, si no, iba aquella película filmada apenas con $100.000 en la que un grupo de inútiles blancos estadounidenses de clase media quedaban atrapados en medio de la nada a merced de una horda de zombis, de la ineptitud del gobierno y de un único personaje negro con capacidad de sacarlos del embrollo? ¿Cómo entender de otra manera un cine cuya obsesión fundamental es ese hilo que separa la vida de la muerte en un momento histórico en el que ese hilo comenzaba a volverse más tenue que nunca?

La estirpe del monstruo

Sin lugar a dudas, Romero no inventó al zombi de la nada. Una vasta estirpe de muertos vivientes, a la cabeza de los cuales se encuentra el vampiro, poblaba la imaginería de terror desde muchos siglos antes.

No obstante, lo que en el vampiro eran asepsia y elegancia casi quirúrgicas, en el zombi deviene llana podredumbre y descomposición. Lo que opera en el tránsito de una criatura a otra es un giro fundamental que da cuenta de los cambios culturales de Occidente. En el entendido de que los monstruos de cada época operan síntesis iconográficas y filosóficas de aquello que nos resulta más temible, el relevo del vampiro acometido por los zombis devela la profunda fobia contemporánea al contagio, la enfermedad, la descomposición y la guerra.

Ya en El caso del señor Valdemar, de Edgar Allan Poe, asomaban las limitaciones del vampiro en tanto monstruo paradigmático de nuestra época. En la historia, el señor Valdemar oscila entre la vida y la muerte, pero lo auténticamente ominoso del personaje no tiene ya nada que ver con sangre ni colmillos, sino con la pérdida de autonomía, la enfermedad y una podredumbre que asoma sutilmente a lo largo del cuento.

La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead) se estrenó el 1.° de octubre de 1968. La película tuvo un presupuesto de $114.000. Foto: Cortesía de Image Ten Production/George Romero.

Poco más de un siglo después, Soy leyenda, la novela de Richard Matheson que dio origen a varias adaptaciones cinematográficas (la más famosa de las cuales es la protagonizada por Will Smith en el 2007), presentaba asimismo terroríficos cuerpos desprovistos de voluntad que deambulaban sin rumbo. Robert Neville, protagonista de la historia, encuentra un ejemplar de Drácula en su biblioteca, pero lo abandona de inmediato puesto que en su opinión se trata tan solo de “un amasijo de supersticiones y convencionalismos de folletín”.

Como Poe y Matheson, Romero repara en la caducidad epocal del vampiro para explicar los dramas de los nuevos tiempos. El zombi aparece como la figura por antonomasia de una era que empezaba a presentar cada vez con mayor voracidad y goce la muerte, y con ello a espectacularizarla.

Tras la estela de los zombis

Quizá ningún otro subgénero cinematográfico de terror ha sido tan revisitado en las últimas décadas como el conformado por los muertos vivos. Desde insípidas comedias que no dudan en abordar con malogrado humor negro la faceta un tanto hechiza de los primeros filmes, hasta sanguinolentas series y sagas que se regodean en la estética gore tal y como la delineó Romero, el zombi no cesa de acosar nuestra cultura visual como un recordatorio de la naturaleza perecedera del cuerpo.

Más allá de la calidad variopinta de todos estos productos audiovisuales, persiste la pregunta de porqué volvemos al zombi con tanto ahínco. Quizá el muerto vivo persiste en nuestra cultura visual en la medida en que se trata de una figura con enorme capacidad de condensación y síntesis respecto de nuestras principales fobias. Sin embargo, para lograrlo, no hay duda de que este monstruo ha tenido que hacer gala de una sugestiva capacidad de adaptación a nuevas coyunturas y contextos.

Así, el cine de zombis de las últimas décadas desarrolla una serie de temáticas cuyo germen a menudo puede encontrarse anunciado en las películas de Romero, pero cuyo desarrollo ha sido posible gracias al genio y el olfato sociológico de cineastas más recientes.

Danny Boyle (director de Trainspotting y ganador del Óscar por Slumdog Millionaire), por ejemplo, hace del zombi un pretexto para denunciar la creciente militarización de la vida social y política en su película Exterminio (2002). Boyle “resucita” una de las premisas de Romero según la cual, en las épocas de crisis, resultan más amenazantes la ausencia de solidaridad y sentido colectivo que los propios monstruos.

En consecuencia, justo en el epicentro narrativo de Exterminio, el ejército, llamado a proteger a los sobrevivientes, resulta de mayor crueldad y peligrosidad que el zombi más descarnado y angurriento. Allí donde los ejércitos romerianos no cumplían con su obligación de proteger, e inclusive asesinaban inocentes, las fuerzas armadas de la cinta de Danny Boyle aprovechan los aires de crisis para imponer su propia forma de terror dictatorial.

En Shivers, de David Cronemberg, el aclamado director canadiense ganador del Premio Especial del Jurado en Cannes en 1996, los zombis se tornan, en cambio, metáfora de las sociedades del encierro y el confort burgués. En medio de un apacible condominio amurallado que tanto recuerda los ignominiosos muros de hoy, los zombis de Cronemberg van detrás de sus víctimas ávidos de carne humana, pero ya no para comerla, sino para satisfacerse sexualmente con ella. Mediante un hábil empleo metonímico, el cuerpo del zombi se presenta como síntoma del miedo tardocapitalista a la sociabilidad, al tiempo que anticipa el pánico social ante el VIH que tendría lugar años después.

Latinoamérica, por último, también ha conocido sus propias versiones del género, la más interesante de las cuales quizá sea la cubana Juan de los muertos (2011), de Alejandro Brugués. En lo que constituye un irónico e hilarante retorno del zombi al Caribe (no hay que olvidar que este singular monstruo se nutre tanto de la cultura vampiresca como del vudú haitiano), la figura del muerto-viviente revela, una vez más, sus alcances políticos al evocar asuntos internos de la sociedad cubana como el período especial, la emigración y el influjo cultural del imperialismo.

La noche de los muertos vivientes es una película de terror serie B que se volvió un clásico. Foto: Cortesía de Image Ten Production/George Romero.
El muerto está vivo y coleando

Si bien a partir de Romero el zombi se instituyó como un ícono de masas, quizá hoy, de la mano de la serie televisiva The Walking Dead, basada en el cómic homónimo, estemos en la época de máximo apogeo de esta figura. La serie, venida a menos en las últimas temporadas, ha alcanzado cifras récord, con un promedio de alrededor de 11,5 millones de espectadores por temporada. Probablemente, The Walking Dead marque un punto de inflexión en el género inaugurado por Romero, en la medida en que su narrativa más extensa (propia de la ficción televisiva) expande aquel universo inicial al introducir nuevos giros, subtramas, problemas sociales y personajes.

De todos modos, el auge del muerto viviente en esta última etapa parece coincidir, una vez más, con un cierto retorno político del malestar. El zombi se torna así, de nuevo, síntoma de una podredumbre social que nos corresponde descifrar, en la medida en que estamos frente a un engendro que, al igual que la influencia cultural de su creador, se niega a morir.