Gonzalo Castellón. 21 julio, 2018
El cantante Erik Johansson en el papel Leporello en un montaje suizo de la ópera 'Don Giovanni' en 1883. Foto: Atelier Dahllöf/Swedish Performing Arts Agency/Wikimedia Commons.

Una de las anécdotas que se repiten con mayor asiduidad en la abundante recopilación biográfica mozartiana, alude a la presencia del emperador austríaco Joseph II, en el triunfal estreno de El rapto del Serrallo. Según el relato de los estudiosos, el miembro de la real familia Habsburgo habría congratulado al compositor del singspiel, utilizando términos a la vez lisonjeros y autoritarios. La frase sería la siguiente: “¡Demasiado bella para nuestros oídos, y con demasiadas notas, querido Mozart! ¡Quítele usted algunas y quedará mejor!”.

No existe duda sobre la enorme capacidad de trascendencia de este genio, nacido en Salzburgo en 1756. Wolfgang Amadeus Mozart fue capaz, como ningún compositor en la historia, de elaborar juegos con la tonalidad; de lograr la metamorfosis en cada uno de los motivos utilizados, y de instaurar en sus óperas una variabilidad tímbrica, inusual para la época. Con tales atributos, su capacidad de orquestación es irrepetiblemente fluida y desbordante.

El marco estético de una creación

Il Dissoluto punito, ossia il Don Giovanni (El libertino castigado o Don Juan) es una ópera que describe la historia de un joven aristócrata, a quien el libreto señala como extremadamente licencioso. Las acciones que se desarrollan a partir de la introducción son descriptas de manera magistral por la propia música. Tras los acordes iniciales en la tonalidad de re menor –a los cuales el filósofo Eugenio Trías asigna la condición de ser escritas en clave terrorífica–, sobreviene la hilarante protesta del criado Leporello, quien externa su deseo personal: Voglio far il gentiluomo! E non voglio più servir! (Quiero ser un gentilhombre y no un sirviente!).

Comienza con ello el dialéctico contraste entre lo serio y lo cómico, entre lo dramático y lo bufo; entre la tradición vienesa –representada por Gluck–, y la frecuente bufonería de la tradición peninsular, que habría de culminar con Rossini y su Barbiere di Siviglia (Barbero de Sevilla).

Don Giovanni quiere transcurrir la vida alegremente; no obstante, nos hace pensar: Leporello aspira a una vida seria y reposada…, y, sin embargo, nos hace reír: curiosa dialécta del yin y el yan, que se alterna consecutivamente durante toda la obra.

Una genial ambientación

Para la segunda escena, cuando comparece Donna Anna –la aristócrata burlada–, Mozart utiliza ex profeso una melodía de mayor ornamentación, tal y como acostumbraba para ambientar a los personajes de un rango superior. Súbitamente aparece Il Commendatore, padre de Donna Anna, a quien la trama y la música asignan un rol de ancianidad, de recato y de justicia. Aquí, la ambientación oscila nuevamente hacia la tonalidad menor, con trémolos de las cuerdas que contribuyen a un clima de tensión.

Cuando Don Giovanni pone término a la vida de su adversario con una certera estocada, se esfuma la duda y surge musicalmente una certeza que define el carácter serio de la ópera. Este breve interludio hacia el primer recitativo claramente italiano, se desarrolla en la tonalidad de fa menor. Por último, el compositor realiza una evidente alusión a la música de Gluck (y principalmente al Orfeo), referencia que repetirá para la muerte de Don Giovanni hacia el final de la ópera.

Un genio del eclecticismo

Pues bien, para el aficionado posterior al siglo XVIII, la encarnación de una nueva estética operística recaerá sin duda alguna en el Don Giovanni.

Pese a mantener un respeto indubitable por sus predecesores en la ópera seria –y fundamentalmente por Gluck o Händel–, el compositor salzburgués adoptó siempre un equilibrio esencial, de manera que el espectador tuviese un poco de todo. Lo dijo Søren Kierkegaard con especial énfasis: es esta centralidad de la vida musical del Don Giovanni lo que produce una potencialidad ilusoria como ninguna otra, lo que hace que (para el espectador) trascurran los hechos tanto en la vida como en la obra teatral.

Mito y estética del Don Juan

Resulta casi imposible desvincular el mito del Don Juan de su interpretación psicológica o histórica. No falta quien especule acerca de su presunta tendencia homosexual, o que integre un protocolo psicoanalítico con eventuales traumas de infancia que motivarían su incapacidad de amar. Pero también sobrevive quien resalta su condición de caballero cristiano, en el fondo lleno de temor a Dios. Lo han estudiado de Rostand a Wilde, de Pushkin a Shaw, de Molière a Strauss, de Tirso de Molina a Lorenzo da Ponte, de Freud a Jardiel Poncela, de Zorrilla a Lara, y de Lord Byron a Corneille.

Todas las interpretaciones precedentes chocan con la realidad de la creación mozartiana: el Don Juan de Mozart es el paradigma de la creación lírico-musical de Occidente, no superado por obra alguna. Don Juan es también modelo de la estética occidental, equiparable únicamente con otro mito cristiano: el Faust, y con el desarrollo ––incontenible en el siglo XX–– de la Carmen y la Salomé, a su vez epítomes de la fábula contestataria.

Para Kierkegaard, el éxito del seductor radica en el carácter universal del deseo carnal, y en su paralelismo con la propia supervivencia. Se interroga: «Pero… ¿qué es esa fuerza con la que Don Juan seduce?» Se responde de inmediato: «Es el poder de la energía imperecedera del deseo sensual». Sobre tal lucubración prefreudiana, el esteta concluye que el seductor está irremisiblemente asociado con la exuberante alegría de la vida.

La soprano María Rudín (Zerlina) y el barítono Jose Arturo Chacón (Don Giovanni) ensayaron la semana pasada con el director Arthur Fagen, en la sala de ensayos de la Orquesta Sinfónica Nacional. Foto: Diana Méndez.
Un dramma giocoso

Aún así, lo más destacable en el Don Giovanni mozartiano es el contenido dual de la obra. La condición de dramma giocoso –asignada por el propio autor– preludia ese genial equilibrio entre la seriedad impertérrita de Gluck y la desmedida bufonería rossiniana. El elemento central de ese equilibrio es el propio personaje de Leporello, mezcla de espiritualidad y carnalidad, de miedo y de valor, de indiferencia y de compromiso.

Leporello une los diferentes hilos de la trama y los matiza con pinceladas de jocosidad. Es a la vez filósofo y ladino. Su miedo reverencial ante la tumba del Commendatore nos resulta inolvidable por lo truculento de su respeto hacia los muertos (O statua gentilissima...).

La perfección de una obra

La obra mozartiana es genial en su estructura y elaboración. De principio a fin –circulando a través de los acentos líricos del Ottavio que canta a su tesoro; del cínico relato de Leporello y su inacabable catálogo; del lirismo pastoril de Zerlina; del rústico lamento de Masetto; del histérico reclamo de la noble Elvira, o de las patéticas modulaciones de Donna Anna y su vendetta–, la ópera de Mozart se erige en el drama lírico de mayor perfección que Occidente haya conocido jamás. De tal suerte, fue reconocido por Kierkegaard como la expresión perfecta de una genialidad sensible.

Por otra parte, una vez erigido en mito estético, el Don Juan deviene en eterno. No se homologa su desenlace con el malogrado Juan Tenorio, de José Zorrilla, o el protagonista de Le Festin de Pierre, de Molière. Tampoco se identifica con el romántico héroe de Byron o el sonoro epítome de Richard Strauss.

Don Juan es el líder permanente de los iconoclastas; de quienes ostentan la fe indómita del ego, siempre en busca de aproximaciones al éxtasis por el placer.

Nuestro protagonista volverá al ataque en tanto la humanidad no se decida a retornar al paraíso perdido, para comprender allí –acaso tardíamente– que el sino del Don Juan es precisamente el no morir, y no envejecer.

Estreno de Don Giovanni

Este domingo 22, la Compañía Lírica Nacional estrena Don Giovanni, ópera en dos actos del compositor austriaco Wolfgang Amadeus Mozart, en el Teatro Popular Melico Salazar. Se ofrecerán seis funciones de este espectáculo, que tendrá 32 cantantes en escena y 60 instrumentistas.

Esta producción cuenta con la participación de la Orquesta Sinfónica Nacional de Costa Rica, el Coro Sinfónico Nacional y ocho cantantes líricos –siete son costarricenses–, todos bajo la batuta de Arthur Fagen como director musical y Matthew Lata, como director escénico.

Las entradas para esta ópera están a la venta en Specialticket y sus más de 40 puntos de venta autorizados en el país, en el el centro de llamadas 4000-1090 y en la boletería del Teatro Melico Salazar.

Los boletos cuestan entre ¢7.000 y ¢25.000. Habrá un 20% de descuento para ciudadanos de oro y estudiantes que presenten su carné en ventanillas y puntos de venta; este no aplicará para compras web ni para los tiquetes de galería.