Farándula

Iván Díaz, el rey del ‘cambalacheo’, narra su vida de errores, perdón y reinvención

‘¿Qué le compro, qué le vendo, qué le cambio?’ La frase catapultó a este peruano-tico, hoy de 75 años, en la tevé nacional. Su programa ‘Telemercado’ sigue vigente y acá cuenta cómo lo logra pero además desgrana el increíble safari que ha sido su vida

No contaban con su astucia. En tiempos de hipercomunicación por todos los medios que propició la revolución de Internet, empezando por las redes sociales, hace unos días nos topamos, no sin algo de asombro, con la famosa frase “¿Qué le compro, qué le vendo, qué le cambio?” y ahí, en la pantalla chica, al mismísimo Iván Díaz Cuya, el peruano que básicamente inventó el telemercadeo por televisión en Costa Rica, 35 años atrás.

Resulta que actualmente Iván transmite su programa Telemercado de lunes a viernes, de 11 a. m. a 12 mediodía, con repetición diaria de 6 a 7 de la mañana en los canales Telesistema y Telered que, si bien no están en la parrilla de algunas cableras tradicionales, sí aparecen en Kölby, Telecable y en todas las cableras de las zonas rurales del país.

Surge la pregunta del millón: ¿cómo ha logrado subsistir un programa de ventas por televisión hoy con el calibre de semejante competencia en la que ahora medio mundo anuncia lo que necesita sin intermediarios, hasta por Facebook o WhatsApp?

Antes de responder se impone contar que entre el 2015 y el 2018 Iván intentó establecerse en su país y tras una seguidilla de peripecias que ya contaremos, regresó a Costa Rica con una mano atrás y otra adelante (por no decir, manos arriba, desmoralizado emocionalmente y con liquidez económica nivel caos).

Pero entonces, como se ha ido sucediendo ese frenético dominó que ha marcado la vida de este simpático y locuaz comunicador, ocurrió una “diosidencia” que a la postre lo pondría de nuevo en la mirilla de las generaciones que ya peinan canas y que lo siguieron desde sus inicios en la radio nacional, en 1980.

Eso sí, con el “reinicio” y por la forma en que ‘compra, vende o cambia’ sus productos la gente en Telemercado, ya su audiencia abarca a quienes utilizan sus servicios, independientemente de la generación a la que pertenezcan.

Estando, como ya dijimos, “manos arriba” a su regreso a Costa Rica, alquilando una pequeña pieza y haciendo milagros para llegar a la quincena, un buen día lo llamaron del espacio de espectáculos de Teletica, De boca en boca, con el fin de entrevistarlo para saber qué había sido de su vida.

Con esa voz rebosante de entusiasmo, según lo que esté contando, aunque ni en los pasajes más duros se escucha triste, quizá solo resignado, rememora el antes y después de aquella entrevista.

“En el repaso que se hizo sobre quién era yo, se habló de Telemercado y claro, de la famosa frase que me inventé yo hace tantos años, ‘Qué le compro, qué le vendo, qué le cambio’ ¡aquello fue una locura! Mucha gente se acordaba y el pico de rating fue inmenso, la gente me recordaba mucho y a ellos en el programa les llamó mucho la atención, entonces luego me llamaron cuatro veces más, ya esto en algunas oportunidades haciendo subastas en Canal 7, pero ya entonces mucha gente me empezó a localizar para que les ayudara a vender cosas. Fue una locura y bueno, ahí se empezaron a reabrir las oportunidades otra vez”, narra, agradecido.

Un hecho llevó al otro y pronto lo contactaron de Telesistema y Telered, cuya programación se basa en series antiguas icónicas como La casa de la pradera, Los Héroes de Hogan, Los tres chiflados, Camino al cielo y decenas de producciones por el estilo, lo cual calzaba a la perfección con un espacio de servicio local, de Costa Rica para Costa Rica, y que había nacido y anclado justo en los años 80, que se inició en la radio con Cambalache.

Ahora bien, ¿qué ha hecho que Telemercadeando o Cambalacheando –como también se le ha conocido durante estos años al espacio– siga cosechando adeptos que bien pueden hacer sus negocios en forma directa, como se dijo antes?

“La razón por la que me atreví a reciclar mi programa es porque estuve seguro, como lo estoy ahora, de que yo podía hacer algo diferente a los cambalaches que se pueden hacer directamente en redes sociales y encontré la brecha. Por ejemplo, si te pones a revisar en anuncios en redes, dice que se vende casa en tal parte, tienes que llamar y pedir los detalles y en el regateo no te lo dicen de una vez... la ventaja y la diferencia que hago con Telemercado es para eso, tenemos todos los detalles a la mano y facilitamos el trato, pero además por la experiencia que yo tengo siempre estoy alerta y atento a que los tratos que se trancen en mi programa sean justos para las partes”, argumenta Iván.

Además, agrega, él se asegura de conseguir solo buenas ofertas y oportunidades. “Si alguien quiere vender algo demasiado caro y yo me percato de que hay un sobreprecio y sé que no está bien, me opongo a publicar un aviso así y se lo hago saber a la persona al explicarle el por qué de mi negativa; no voy con los abusos ni con quienes quieran cobrar de más”.

Es decir, Iván realiza una curaduría sobre los negocios que se cierran gracias a sus programas de televisión, que también está en Facebook como Telemercadeo, y de esta manera, literalmente de boca en boca se ha corrido la voz y se encuentra entusiasmado y aprovechando siempre oportunidades de mejora para seguir creciendo y, muy importante para él, “ayudarnos entre todos”.

En ese mismo tenor, Iván cobra por anuncio publicado la módica suma de ¢1.000 (mil colones), lo que incluye su asesoría. “Por ejemplo, pones a la venta una bicicleta de ciclismo, o sea, no estacionaria, entonces yo publico la foto, el precio y además, como me asesoro en el tema de precios de mercado, le ofrezco orientación a los interesados y también algunas tiendas en las que puedan obtener más información para saber si van a lograr un buen trato”, explica, solo por poner un ejemplo, pues es sabido que el “cambalacheo” incluye todo tipo de implementos, artefactos y hasta propiedades.

Sin olvidar, claro está, los anuncios de quienes ofrecen sus servicios, que están en busca de trabajo o bien, a la inversa, quienes requieren contratar equis personal para diversos oficios. Muy importante: estos no se cobran, son parte de la contribución de Iván Díaz a ayudar a todo aquel que pueda.

“A mí me llena de felicidad,. Yo soy feliz de hacer el cambalache como tiene que ser porque siento que estoy ayudando siempre a las personas”.

Y es que Díaz, quien se nacionalizó costarricense hace cuatro décadas, se acostumbró a torcerle el brazo a la vida y en muchas ocasiones a latigarse (figuradamente hablando) él mismo, tras reconocer sin ambages errores pasados que le pasaron factura y por los cuales pidió perdón sincero a quienes afectó por decisiones equivocadas.

No es que viva con la culpa a cuestas, pero reconoce que se trata de situaciones que son parte de su pasado y que asumió sus consecuencias.

“Si alguien quiere vender algo demasiado caro y yo me percato de que hay un sobreprecio y sé que no está bien, me opongo a publicar un aviso así y se lo hago saber a la persona al explicarle el por qué de mi negativa. No voy con los abusos ni con quienes quieran cobrar de más”.

—  Iván Díaz Cuyo

Si el tiempo se devolviera...

Ya han pasado más de 40 vueltas al sol pero al rememorar su pasado y cómo vino a parar a Costa Rica –lo cual fue un azar del destino–, advierte que él dice las cosas como son, especialmente cuando se trata de confesar sus pecados.

Tenía 33 años, ya formación profesional en varios campos de la comunicación, con énfasis en locución, y por el área en el que trabajaba por aquellos tiempos tenía mucha relación con los embajadores centroamericanos en Perú, con quienes participaba en reuniones sociales, celebraciones de fiestas patrias, etc.

De Costa Rica se sabía muy poco por aquellos lares en esos tiempos, pero a Iván le sedujo la idea de mudarse a Guatemala, pues justo uno de sus mejores amigos había viajado como turista y de previo le había hablado de las maravillas de la tierra chapina, como Antigua y demás. Era fin de año de 1979; ya el embajador de aquel momento en Lima le había dicho que él le ayudaría a colocarse laboralmente. Iván estaba ilusionado y a la espera de noticias de su amigo, quien arribaría con otros turistas a Guatemala durante los días festivos.

De la forma más sorpresiva y cruda, recibió noticias de su amigo en Guatemala cuando leyó en una noticia que un grupo de peruanos que estaban conociendo el país habían sido asesinados por militares, en medio de una convulsión creciente en ese país. “Leí el titular y la noticia y con el corazón en un salto. Busqué la lista de nombres de los muertos y ahí aparecía mi amigo”, dice con resignación, como quien se acostumbra a convivir con un mal recuerdo ya estampado en los anales del pasado.

Iván intentó entonces radicarse en El Salvador y en Nicaragua, pero ambos países estaban en una mala situación política, de guerrillas y milicias. Puso su mirada en Costa Rica, supo que acá era un país pacífico y como ya había renunciado a su trabajo, consiguió una recomendación para trabajar en el SINART y se vino confiado.

Resulta que aquí, efectivamente, estaba su nombramiento, pero no había presupuesto. Asustado de momento, empezó a “pulsearla” en un país totalmente desconocido al que hoy ama y agradece profundamente y consiguió su primer trabajo. “Fue en Radio América Latina, la única emisora de barrio que me dio la mano... Dios sabe por qué vine, y después de tantos años estoy seguro de una frase: ‘Uno sabe donde nace, pero no donde muere’.

Su gran pecado

“Yo lo digo abiertamente, si tengo que pagar cosas las seguiré pagando. Yo me vine para Costa Rica y dejé destruido mi hogar, tenía tres meses de casado y en eso me involucré con una muchacha, dejé a mi esposa y me olvidé de ella... lo que no sabía era que estaba embarazada. Yo me olvidé de Lima, cuando supe que había tenido una hija yo la negaba, creía que no era mía, eso nunca debió ser así pero sí, me despreocupé. Luego de cuatro años de vivir aquí en Costa Rica conocí a la mamá de mis hijos, Iván y Sergio, hoy de 35 y 23 años... con ella conviví muchos años pero llegó el momento en que vivíamos separados de cuerpo, ya no había nada y bueno, el 2 de agosto del 2015 ¡me echaron! Teníamos una casa muy bonita en La Uruca, una finquita en San Ramón y de momento tuve que salir de la casa solo con mi ropita en una bolsa de jardín sin nada, sin plata; ya en eso se me estaba terminando el contrato en Xpert TV, ya las ventas no eran las mismas, el canal me cobraba, varios de mis patronos anteriores no habían cotizado lo correspondiente a mi salario y me di cuenta de que iba a tener una pensión bajísima... todo se juntó”, rememora Díaz.

Ahí empezó otra cadena de apremios y buscar poner un negocio de algo para sustentar su vejez. El conductor consiguió una habitación a la cual se mudó solo con su computadora, el archivero de metal y su ropa.

Su alternativa de momento era vender los bienes habidos en la convivencia, darle su parte a su esposa e invertir lo suyo en algún proyecto, y en esta parte bromea: “¡No sabes las penurias para vender mi casa, ponía anuncios, ¡qué no hice! O sea, el mejor vendedor por televisión ¡era incapaz de vender su casa!”, dice riéndose.

En ese período y después de 37 años, un día recibió un mensaje nada menos que de su exesposa en Lima, quien lo ubicó justo porque había un trámite con una propiedad pero no podía hacerlo porque requería su firma.

Era octubre del 2015 y sin percatarse, empezaron a conversar por teléfono, luego por videollamada, hablaron de la hija en común (en ese momento de 37 años) y en cuestión de meses hubo perdón, reconciliación y planes a futuro.

Iván se despidió de Costa Rica y viajó al reencuentro con su pasado. La historia es digna de novela pero corresponde resumirla: al principio retomaron la relación –ella también había tenido una pareja por años, pero se habían separado, tras tener otra hija–: “Nos volvimos a enamorar, andábamos agarraditos de la mano, como adolescentes. Conocí a mi hija, le pedí perdón, conocí a mi nieto Luciano, ya al segundo día lo andaba en hombros en un paseo a un centro comercial, fue hermosísimo, de una calidez impresionante”.

Iván se radicó en la casa de su esposa mientras terminaba de resolver asuntos de dinero acá, pues la idea era montar un restaurante en Lima. Él incluso la trajo a conocer Costa Rica, donde, por cierto, narra, ella se sorprendió de ver que ya desde que llegaron al aeropuerto y luego en todas partes la gente lo saludaba y le bromeaba con lo de siempre: ¿Qué le compro, qué le vendo don Iván?.

Sin embargo, con el tiempo empezaron a surgir diversos problemas de convivencia, en gran parte por conflictos entre Díaz y la hija menor de su esposa.

“Yo ya había hecho remodelaciones a la casa (en Lima), había invertido bastante dinero pero la cosa no iba bien. En eso me voy enfermando de un mal rarísimo que se llama granulomatosis de Wegener, una inflamación en los vasos sanguíneos que es muy peligrosa; estuve hospitalizado y ya cuando me fui recuperando me llevé la sorpresa de que llegué a la casa, y ya no tenía casa. Me dejaron literalmente en la calle, yo no tenía donde terminar mi convalecencia y otra vez, yo con mi ropa en bolsitas de Canguro (de basura). Llamé a un amigo de infancia y me dio posada, ahí estuve durmiendo tres meses en un sofá, en la sala, mientras me recuperaba; ya luego me renté una piecita y viendo a ver qué hacía. Yo tengo títulos en locución, experiencia... hasta que caí en cuenta de que lo mejor era regresarme a Costa Rica”.

Sus títulos como comunicador, con gran experiencia en locución, lo han ubicado como profesor en la Universidad Latina, entre otras instituciones académicas. La pandemia frenó esta etapa pero, asegura, hoy está listo para volver no solo a ofrecer clases, sino a conducir eventos. La comunicación, a no dudarlo, está en su ADN.

Volvió al país el 24 de diciembre del 2018. Su hijo lo socorrió, le ayudó a alquilar la habitación en la que vive hasta el día de hoy don Iván, y aunque su situación en todo sentido va mejorando, durante meses, a su regreso, tuvo que medio vivir con la ayuda de su hijo y la pírrica pensión que recibe.

Ahí se la fue jugando hasta que De boca en boca volvió sobre él y aparecieron sus nuevos empleadores. Sin embargo, una vez más sus finanzas se vieron amenazadas por los embates de la pandemia pero logró subsistir y, además, para él el 2020 significa un año muy especial porque en setiembre de ese año conoció a Ana Yansy Saborío Ugalde, la mujer con la que comparte su vida –aunque no aún la convivencia, pues cada quien vive en su casa–, y a quien lo une no solo el amor, si no una gran admiración.

“Yo empecé a ver algunas publicaciones de una señora que tiene 20 años de llevar ayuda a las etnias de Talamanca, cabécar, bribrí, suretka... me llamó la atención, entonces la felicité por escrito y empezamos a conversarnos. Yo me sentí pequeño porque he hecho mucho en televisión, he estado en 30 teletones, pero esta dama me ganó, es la presidenta de la Fundación de Ayuda Para los Indígenas de Talamanca, FUAYPIT. Ahora estoy ayudando con la fundación, ahí está el padre Sergio y ya hay bastante gente ayudando por allá. Hay mucho qué hacer y las etnias indígenas como que son muy marginadas”.

Sobre su eventual matrimonio con doña Ana Yansy, dice con tono reflexivo pero entusiasta: “Todo va bien, nos llevamos muy bien, estamos tratando de conocer las familias, ella tiene cuatro hijos, es divorciada. Quiero anular mi matrimonio anterior para poder casarnos pero sí te digo que este es un amor totalmente diferente, muy distinto a tantos amoríos que uno ha tenido en el pasado”.

Y así, Iván Díaz Cuya resume una intensa vida de caídas, recaídas y remontadas. Y día a día, se prepara con todo entusiasmo para entrar al aire a las 11 a.m., siempre con el afán de ayudar a quien pueda y ahora con el gran plus de tener una novia con la que “jala parejo” en todo sentido.

Yuri Lorena Jiménez

Yuri Lorena Jiménez

Periodista de la Revista Dominical desde 1992. En setiembre del 2010 asumió como editora de Teleguía. Premio a la Mejor Crónica a nivel latinoamericano otorgado en el 2001 por la Sociedad Interamericana de Prensa.