Natalia Díaz Zeledón. 30 junio
Titus Burgess interpreta al mejor amigo de Unbreakable Kimmy Schmidt. Foto: Cortesía de Netflix.
Titus Burgess interpreta al mejor amigo de Unbreakable Kimmy Schmidt. Foto: Cortesía de Netflix.

Si alguna máxima aprendí de Friends, es que las mujeres y los hombres (heterosexuales, aclaro) están malignamente destinados a explorar sus sentimientos mutuos hasta las últimas consecuencias, incluso si eso significa apretarse al inverosímil del grupo (es decir, a Joey).

Sin embargo, como para toda regla existe una excepción, la televisión creó a los mejores amigos gay. El mejor amigo gay es un cliché: tiene estilo, es comprensivo, neurótico y, usualmente, está soltero porque dedica su vida personal a mejorar la de la mujer protagonista (sea con consejos de moda, amor o, como le toca a Titus Andromedon en Unbreakable Kimmy Schmidt, para literalmente explicarle a Kimmy cómo funciona el mundo después de 1998, cuando la secuestraron en un búnker).

Cuando vi la primera temporada del melodrama adolescente Riverdale —que está en Netflix, igual que las otras dos series mencionadas— me sorprendí de que fuera la trillada porrista cruel quien llamara la atención a los protagonistas sobre el rol de Kevin, para quien todos sus conflictos se derivan de ser un homosexual en un pueblo pequeño (solo puedo imaginar lo asfixiante que puede ser porque tengo amigos homosexuales que lo son en un país tan pequeño como Costa Rica).

“¿Ser el mejor amigo gay es todavía una cosa?”. Confieso que me encanta el fraseo de la pregunta porque es una reflexión exclusivamente para los estadounidenses que, en las últimas dos décadas, han visto la televisión cambiar el accesorio fashionista que es Stanford para Carrie en Sex and the City (tan dispensable que el personaje desaparece y a nadie le importa qué está haciendo con su vida) hasta la élite de asesores del resucitado reality show Queer Eye.

No profundizaré en qué significan los gais para los hombres heterosexuales anglosajones —spoiler: también están allí para arreglarles sus vidas—. Sin embargo, en comparación, da la ilusión de progreso contar con hombres homosexuales cuyos diálogos sean graciosos o esperanzadores cuando, en la mayoría de las telenovelas en castellano, los gais siguen siendo villanos degenerados.

Francamente, estoy agotada de la simplicidad que tienen las relaciones entre hombres y mujeres en las series: se enamoran o se desenamoran; la tercera opción es que el mae es gay. La vida es más complicada que eso, se presta para crear mejor ficción.

Los hombres homosexuales de la tele tienen que dejar de estar al servicio de mujeres complicadas como sus guías espirituales (o espirituosos, porque en Grace and Will siempre hay vino o coctelitos de por medio).

Los gais son graciosos sin necesidad de ser caricaturas de su sexualidad —la verdad es que la gente es graciosa solo por ser gente– y sin tener a una mujer heterosexual a la par para validar sus historias.

Me encanta lo libre que es la personalidad de Titus Andromedon en Unbreakable Kimmy Schmidt, tan libre que, para esta última temporada en la que la ingenuidad de Kimmy Schmidt me parece al borde de lo intolerable, me pregunto: ¿no podría haber tenido su propia serie? ¿Ser el mejor amigo gay todavía sirve de algo?

Esta es una columna de opinión de la revista Teleguía, de La Nación, y como tal sus contenidos no representan necesariamente la línea editorial del periódico.