9 abril, 2012
 Unos jóvenes se encuentran de repente con poderes que les son propios a los héroes de ficción, pero no tienen la madurez para manejarlos. Es la película Poder sin límites. DISCINE para LNPoderes.
Unos jóvenes se encuentran de repente con poderes que les son propios a los héroes de ficción, pero no tienen la madurez para manejarlos. Es la película Poder sin límites. DISCINE para LNPoderes.

He aquí una película que ha sido éxito de público en Estados Unidos y, por qué no decirlo, también ha sido elogiada por gran parte de la crítica cinematográfica de ese país. Incluso, muchos críticos se atreven a designarla, de manera precipitada, como “película de culto” (filmes que ven muchas personas muchas veces, sin importarles la calidad).

Dicha película nos llega con el título de Poder sin límites (2012), dirigida por Josh Trank. Es una más de esas cintas que juegan con el artificio llamado por algunos “falso documental”, algo que comenzó con El proyecto de la bruja de Blair, en 1999. En estas películas, lo protagónico es una cámara de video que, en manos de alguien, registra los acontecimientos narrados.

O sea, la trama se sustenta en una supuesta verosimilitud que viene desde la filmación de los acontecimientos por alguno de los personajes. Con esta condición, la lista de filmes se hace cada vez más extensa y, casi siempre, tenemos idénticos elogios de los cinéfilos y de algunos críticos. Diría que es un estilo muy seductor.

El éxito (incomprendido para mí) de esta serie de títulos se basa, al fin y al cabo, en una razón económica. Como dijo alguien, las condiciones económicas determinan la conciencia. En efecto, son películas de muy bajo costo, pero con buenos resultados en la taquilla.

Ahora se trata de tres jóvenes que entran a una especie de caverna, se topan ante “algo” (¿qué?, no se sabe) y adquieren los poderes de los superhéroes. Podrían ser los Tres Fantásticos: vuelan, mueven objetos a su placer, poseen gran fuerza mental y física y tienen una cámara para andarse filmando en sus tonteras.

A decir verdad, el filme no justifica su propio arte: el de la cámara de video en manos de uno de los muchachos. Incluso, la cinta debe recurrir a soportes que son puro artificio para no perder la narración (esencialmente, la presencia de otras cámaras).

Durante un buen trecho, la película se alarga de manera superflua, mientras los jóvenes aprenden a dominar sus poderes; lo que vemos son los juegos entre ellos y, así, se cae la credibilidad interna de la trama, donde hay apenas una mínima construcción dramática del relato.

Luego, la película busca ponerse seria, lo hace cuando asoma el lado oscuro de la personalidad del joven por tener poderes de ese calibre. Se muestra la estulticia humana, esto es, la estupidez (alguien, el otro día, dijo que yo usaba vocabulario culto por decir estulticia, ¡en serio!). Sin embargo, es tarde para el filme, agotado en lo juguetón y en su poca seriedad.

Por eso mismo, no hay mayor vehemencia dramática con la acción violenta en el último tercio de la película, y esta se diluye con un final vaporoso. Reconocemos que los jóvenes actores se esfuerzan por cumplir bien con sus papeles. Igual es cierto que hay secuencias entretenidas en medio de bulliciosos cabos sueltos. Suma de cabos sueltos, sí, esto es la película. Poca cosa.