William Venegas. 14 mayo

No me cabe la menor duda, ni siquiera de las que se encierran en un uñero, de que la película “El faro” (2019), dirigida por Robert Eggers, es una especie de recopilación de los ingredientes que dieron lugar al romanticismo alemán, ese que toma cuerpo en el movimiento “Tormenta e ímpetu” (Sturm und Drang).

Dicha película calza bien con algunos motivos de ese movimiento literario, cuyo nombre se debe al drama escrito en 1776 por Friedrich Maximilian von Klinger, en lo que se refiere a la divinización de la naturaleza y a la presencia de la libertad humana (el hombre natural en condiciones adversas).

La película comienza con una quietud que solo anuncia algo: su propia ruptura con esa calma. Para dar lugar a las contradicciones humanas que se anuncian, El faro se decide por la intensidad de lo negro ante lo blanco, con algunas secuencias grisáceas que sirven de descanso al dilema humano que ha de estallar. Es lo mejor de la película: la fotografía a cargo de Jarin Blaschke.

Conforme avanza el filme, uno se convence de que esa fotografía en negro, gris y blanco es el cuerpo del alma de la narración y es, ¡curioso!, el alma de su cuerpo visual. Si hay una razón para ver El faro es su fotografía. Las demás son discutibles. Incluso hay razones prescindibles del todo, como aquellas que hablan del carácter fálico del faro.

Con justa razón, hay quienes asemejan la fotografía de Jarin Blaschke a la del expresionismo alemán en el cine. En lo personal, la disfruté más cuando algunas neuronas listas de mi cerebro, en sinapsis, me llevaron a recordar las pinturas del simbolista suizo Arnold Böcklin, en quien también hay influencia romántica.

En cuanto a la trama, es fácil de suponérsela. Se trata de lo que la vivencia hará en aquellos dos personajes que marchan a trabajar al faro: un hombre enigmático y cínico con un joven dispuesto a romper su inocencia existencial. Sin embargo, la película da pocos datos para el proceso de degradación que se va a mostrar de manera superficial. Falla narrativa.

En ninguno de los personajes aparecen indicios o signos que justifiquen la verosimilitud de la trama ni de su sorpresivo clímax. Todo queda al borde de la anécdota. Así hasta que aparecen y aparecen botellas de licor en el faro, cual fábrica de guaro, y los personajes lo beben sin parar.

De esa manera, si los guionistas y el director querían mostrar un sumario o un transcurso hacia la locura, lo único que realmente veo es un proceso hacia una insigne borrachera y, de ahí en adelante, los acontecimientos aún me resultan arbitrarios (incluidas las actuaciones).

En El faro, el juego del conflicto se trivializa y las imágenes acaparan la atención de uno: su valor es autónomo. Así es como se pierde en esta película la “dramaticidad de lo narrativo”, para usar la expresión de Kenneth Burke, renovador del pensamiento de Aristóteles.

Sin embargo, no lo olviden, está la magistral fotografía de Jarin Blaschke.

EL FARO

Título original: The Lighthouse

Estados Unidos, 2019

Género: Drama

Director: Robert Eggers

Elenco: Willem Dafoe, Robert Pattinson

Duración: 110 minutos

Cine: Magaly

Calificación: TRES estrellas ( * * * ) de cinco posibles