Revista Dominical

Tinta Fresca: Nana, enagua y gacilla

La profunda sabiduría de Cecilia, una persona auténtica

Era un atardecer. Gigantesca, la esfera de fuego y naranja se filtraba entre las ramas de los árboles, al fondo de la hacienda Tournón en San Francisco de Goicoechea, donde vivíamos, 75 varas al norte del parquecito de la iglesia de ladrillo. En silencio, sentados en el quicio de la puerta, Cecilia y yo mirábamos los celajes de acuarela que los pinceles de un sol ulterior dibujaban entre las nubes y el cielo.

Abajo quedaba el tajo; en realidad, era un potrero donde pastaba el ganado, corrían los perros y los chiquillos jugábamos a los “trompos”, “yoyos” y “chócolas”, “escondido” y “salvo el tarro”, “policías y ladrones”, ligas, jupas y mejengas interminables.

Cecilia era una mujer humilde y sencilla que cuidaba de mis hermanos y yo cuando mis padres salían. Era de estatura bajita, mirada limpia, sonrisa abierta; desprovista de vanidad, no simulaba ni se ocupaba del portoncito en su dentadura, porque Cecilia era amiga de pasarla bien, aunque su procesión iba por dentro.

Yo tendría unos cinco años de edad.

--¿Qué habrá detrás de aquellos árboles, donde se esconde el sol? – le pregunté en la ocasión descrita--.

--Detrás de esos árboles se encuentra Europa –respondió, segura de sí misma--.

--Pero, dicen que Europa está muy lejos… --repliqué con inocencia infantil--.

--No, Europa está ahí no más; si pudiéramos subir al cucurucho de los árboles, la veríamos desde arriba.

--¿De verdad, Cecilia?

--De veras que sí.

Soy de memoria larga. Si de pronto intento precisar qué hice, digamos, el lunes pasado, dónde estuve, con quién y en qué actividad, capaz que no me acuerdo. En cambio, puedo recrear imágenes y reminiscencias que datan de hace muchísimos años.

Por ejemplo, me basta con cerrar los ojos y reeditar la imagen del niño que fui, gateando del pie de cuna a los ruedos del pantalón de mi papá, al regreso de su trabajo; también evoco con nitidez la mañana luminosa del primer día de escuela, en marzo de 1960, cuando la luz del sol acentuaba los variados matices del vestido floreado de mi maestra, la niña Jeannette, en el Edificio Metálico. Así también, la visión geográfica de nuestra humilde nana.

Cecilia era pobre de solemnidad. Vestía por lo general una blusa rosada y una enagua gris que debía ajustar a su cintura con una gacilla grande. Olía a agua y jabón recientes. Sincera y sabia, nunca terminó sus estudios de primeras letras.

Casi siempre era un viernes. Alrededor de las cinco de la tarde llegaba Cecilia a casa, gastaba un par de bromas con mi mamá, la imitaba al caminar y la piropeaba por tan linda y perfumada que se dirigía a encontrarse con mi padre a la salida de su trabajo en Estadística y Censos.

Apenas atisbábamos que mi mamá había tomado en la esquina el camión que bajaba de Calle Blancos hacia el centro de San José, Cecilia cerraba la puerta, se volvía a nosotros y exclamaba: “¡Ahora sí, joputas, a vacilar se ha dicho!”. Tendía una sábana en la que nos sentaba uno por uno. Tiraba la tela de un extremo, porque tenía mucha fuerza, pese a su aparente fragilidad, y así viajábamos del zaguán al comedor en itinerarios de ida y vuelta, a bordo de aquella alfombra de carrusel.

Después seguían otros juegos, canciones a todo meter en la radio, imitación de animales y un festín de avena, suspiros y otras delicias que preparaba para nosotros. Autodidacta del diario vivir, Cecilia utilizaba con la niñez a su cargo métodos de pedagogía dignos de los mejores tratados educativos.

Claro está, confieso que dudé por mucho tiempo de sus conocimientos geográficos. Vamos, en buena teoría, no parecía real ni sensato pensar que la antigua cervecería Traube, la pulpería El dólar y las inmediaciones de Cinco Esquinas, formaban parte del viejo continente.

Sin embargo, ahora sí estoy convencido de ello porque, sencillamente, el mundo es un pañuelo y nuestros sueños son unas alas enormes que nos permiten imaginar y sobrevolar por parajes mágicos y regiones insospechadas.

Han transcurrido los días, los meses y los años. No sé bajo cuál lápida ni en cuál camposanto reposan los restos de Cecilia, pues los caminos y las vicisitudes de cada quien nos separan de los afectos.

Sin embargo, pervive en la distancia y en el fondo de mis recuerdos la indeleble imagen de la mujer bajita que se partía el lomo trabajando en casas, cuidando niños, lavando ajeno, limpiando pisos, haciendo de todo para ofrecer con el fruto de su trabajo a Eugenia, la única hija que engendró, todo lo que ella, dama sufriente de eterna sonrisa, jamás había disfrutado, hasta que su amada niña creció, estudió, conformó un hogar estable y la convirtió en reina.

Hombro a hombro con su esposo, Eugenia consiguió educar a los dos retoños que procrearon. Hoy ambos son profesionales y, sobre todo, personas de bien.

Son ellos, hijos de Óscar y Eugenia, nietos de Cecilia, los orgullosos descendientes del ángel humilde de los zapatos bajos, la blusa rosada y la enagua gris que, pobre de solemnidad, debía apuntalar con una gacilla grande que era como su alhaja, la única joya que poseía, el prendedor de su dignidad.