Katiana Murillo. 25 octubre
Ilustración / Luis Felipe Quesada
Ilustración / Luis Felipe Quesada

Seguramente por ese interés en lo práctico y el poder llegar de forma fácil y rápida a otras latitudes, fue que la computación y el Internet llegaron para mí como anillo al dedo. La comunicación digital es desde hace tiempo una de mis pasiones, porque me ayuda a crear mensajes más fácilmente y llegar de forma inmediata y efectiva a muchas y distintas personas.

Sin embargo, soy también de esa generación que escribió cartas, se emocionó con su llegada, las guardó entre sus cosas más preciadas y les dio ese reconocimiento de algo único y valioso.

Mis primeras cartas llegaron a Oregon, donde me tocó estar de intercambio cuando era una colegiala; ya por entonces mostraba gran interés por otras culturas. Llegaron para alegrar mi cumpleaños y alguna que otra Navidad.

Las cartas de mi familia me alegraban el corazón y las de mis amigos me mataban de la risa. Nevaba, a veces copiosamente, pero eso no impedía que saliera corriendo al buzón todos los días con la gran expectativa de ver si había llegado algún sobre con los colores de la bandera tica, la leyenda de correo aéreo y un par de estampillas con motivos patrios.

Luego fue lo contrario: estaba siempre ansiosa esperando las cartas de mis dos familias de intercambio.

Tuve también un amigo de mi edad, no recuerdo cómo apareció, lo único que sé con certeza es que nunca lo conocí personalmente; solo por carta. Tampoco logro precisar de qué parte de Estados Unidos era. Lo cierto es que nos contábamos todo. Y era una comunicación frecuente e interminable. Las cartas eran bilingües, las mías, en inglés y las de él, en español, para practicar.

Nos escribimos por dos años hasta que el correo electrónico llegó a irrumpir con su novedad. Nos dimos nuestros correos recién estrenados y comentamos que todo iba a ser más fácil. Fue la última vez que conversamos. Nuestra comunicación murió también cuando murieron las cartas.

Infaltables eran, además, las cartas de amor, las mías iban y venían de Italia con “tanto amore” y eran apiñadas en una caja de zapatos que se abría cada vez que el corazón lo necesitaba.

Quienes llegamos a escribir cartas entendemos que recibirlas era rompernos el corazón de felicidad, pero eso mismo provocaba cumplir con el ritual de sentarse, hoja en mano, a sacar palabras del alma, no importa cómo saliera esa letra. Nada de Arial o Times New Roman, pero con una caligrafía tan personal, a veces complicada de leer o con una letra manuscrita impecable.

Algunos papeles de carta eran obras de arte y hacían juego con el sobre. Decían mucho sobre cada persona.

Lo bueno era poderlas leer una y otra vez reviviendo lo que decían. Nada de mensajes escuetos por WhatsApp, sino una, dos y hasta más de tres hojas por ambos lados desplegando emociones, vivencias y sentimientos.

No importaba lo lejos que se estuviera, se sentía muy cerca porque no solo era un tema físico, sino del alma abierta de quién escribía, ya fuera que lo hiciese con tristeza o alegría.

No hace falta decir que se necesitaba paciencia para escribir, pero también para esperar. Decía mucho del valor que para cada quien tenía el hacerlo y la persona a la cual iba dirigida la carta.

Eran también canales de recuerdos y experiencias imborrables.

A veces escribo correos electrónicos muy sentidos y de igual manera los recibo. Nunca sustituirán a las cartas, no se pueden sostener con la mano, ni oler o llevar al corazón.

Es, sin duda, maravilloso poder comunicarnos digitalmente para un intercambio inmediato, pero ¿estaremos dejando el registro de lo que sentimos y vivimos, que es parte importante de nuestra historia?. Confieso que algunas de esas hojas, ya amarillas, de mis antiguos recuerdos escritos me siguen emocionando cuando los leo. Porque el poder de las cartas, ese sí era para perdurar.