18 agosto
Credito: Dominick Baltodano Tinta Fresca
Credito: Dominick Baltodano Tinta Fresca

Hay quienes en la vida son como la Penélope de Serrat, que con sus bolsos de piel marrón, sus zapatos de tacón y sus vestidos de domingo, se sientan en un banco en el andén enespera de que llegue el primer tren que traerá de vuelta a ese ansiado amor que una vezdijo que volvería.

Pero otras prefieren vestir jeans, unas tenis ligeras, cargar una maleta con ruedas ysubirse al tren en vez de esperar a que regresen por ellas. También sueñan pero no son pasivas ni conformistas; se adaptan a las circunstancias y puede ser que se sienten, abatidas, en una banca de la estación a llorar un rato, pero llegado el momento se levantarán y tomarán otro tren a un nuevo destino. No les tiembla el pulso para darle la vuelta al mundo por algo o por alguien y en el fondo saben que, como nada es para siempre y la vida es corta, hay que vivir con intensidad y hacer del estar vivas una constante oportunidad. Si hay que sufrir, es parte del precio perono hay problema, porque siempre se puede cambiar de rumbo y de tren.

Las estaciones, como la vida misma, no son solo un sitio de espera, sino también deencuentros, desencuentros, llegadas tardías, afectos y tristezas. Hay quienes corren y toman trenes de alta velocidad; otros prefieren ir lento y hacer paradas en el camino. También hay quienes se paralizan en una banca y simplemente observan el ajetreado movimiento de la estación sin decidir qué hacer. Relojes y tableros con información sobre decenas de destinos, horas, binarios, partidas y llegadas que cambian minuto a minuto, puede ser abrumador para muchos; para otros, un desafío emocionante.

Después de todo, nada se compara con ese momento cuando se baja del tren, maleta en mano, hacia un mundo nuevo que se abre en las afueras de la estación: eso que se imaginó muchas veces y está finalmente ahí, esperando para ser vivido. Al final, no hay trenes en retardo o que llegan a tiempo, solo hay quienes están ahí en el momento justo para tomarlos y hacer el viaje, para despedirse o para esperar a que alguien se baje en la estación por ellos.

Algunos sienten el pánico de tomar un tren a un nuevo destino y no quieren partir; otros experimentan una emoción incontenible y la urgencia de reinventarse o se ven obligados a hacerlo. También hay algunos que deciden dejar ir el tren porque están bien donde se encuentran pero saben que en cualquier momento todo puede ser diferente y están listos para tomar el siguiente.

Otros no van a hacerlo nunca aunque el riesgo sea solo ser felices. La tecnología ha enlazado al mundo de maneras inimaginables solo décadas atrás; lo que no necesariamente significa una mayor conexión con la esencia de las personas. Viajamos en trenes más veloces, que llegan en menos tiempo y con mayor precisión a los destinos, las comunicaciones son inmediatas y navegan a altas velocidades en todo tipo de canales y plataformas.

Pero son efímeras también, porque atreverse y conectarse verdaderamente sigue siendo un asunto personal, no tecnológico. Penélope decidió solo esperar y en ese tiempo, sin darse cuenta, se transformó también lo que esperaba. ¿Qué hubiera pasado si se hubiera atrevido a ser diferente? Habría llorado a su amante un tiempo, pero antes de que de los sauces cayeran las hojas y se marchitara cualquier flor, habría decidido tomar un tren por su cuenta a otro destino, donde viviría una historia más gratificante.

De vez en cuando recordaría a ese amor con cariño o con indiferencia, pero nunca más con tristeza ni con la frustración de una espera interminable. Su amante habría regresado buscándola por doquier para darse cuenta de que ya era tarde, no la había valorado lo suficiente y ahora era ella quien había partido otra tarde plomiza de abril para no volver. En su pueblo hablarían de la mujer que un día se secó las lágrimas, se levantó de su banco de pino verde y decidió ir en busca de su destino. Y si alguna vez se habrían encontrado en alguna estación, Penélope sí lo habría reconocido e incluso aceptado tomarse un café, pero luego habría partido sin mirar atrás con la certeza de haber tomado la decisión correcta y seguido el corazón.

Ahora era más libre y feliz.