Eillyn Jiménez B.. 9 agosto
Ilustración: Dominick Proestakis
Ilustración: Dominick Proestakis

Cuatro días después de aquella noche caminaba por el pasillo de un supermercado y me topé a una muchacha embarazada

Su rostro me parecía familiar, pero de primera entrada no sabía de dónde nos conocíamos. Hice memoria unos segundos y ¡pum!, pude recordar que se trataba de aquella mujer que me hizo levantar la mirada luego de decir sutilmente: “Nos van a asaltar”.

Ambas intercambiamos una sonrisa, antes de que yo exclamara: “¡Aaah... Ya me acordé de dónde la conozco!

Me dijo: “Mejor no acordarse”. Sin embargo, creo que las dos sabemos que va a pasar algún tiempo para olvidar lo sucedido y también para andar de nuevo con seguridad en la calle.

***

El jueves 1°. de agosto asistí a una vela por la noche. La madre de un excompañero de la universidad había fallecido y coincidí con Sergio, otro amigo forjado en las aulas y con el que ahora comparto en la Redacción de La Nación, en que era importante asistir por la cercanía que tuvimos con él años atrás. Si bien, ese no era el mejor escenario para un reencuentro, considero importante acompañar en momentos difíciles a quienes apreciamos.

Sergio y yo estuvimos un par horas en una funeraria del centro de Tibás, luego fuimos a comprar comida porque era tarde y los dos teníamos hambre. Le pregunté que qué se le antojaba y acordamos, ya en el restaurante de comida rápida, comer ahí.

Mientras comíamos conversamos de varios temas, teníamos rato sin hablar como lo hacíamos en tiempos universitarios y la tertulia, la verdad, estaba amena. Recuerdo que me faltaba un mordisco para terminar mi comida cuando la noche dio un giro... en la dirección incorrecta.

Fueron segundos para que aquella noche e incluso la semana, que había estado pesada, se resumieran en un susto. También tuve un bombazo de adrenalina que fue bajando hasta por ahí de la 1 a. m. del viernes, después de escuchar una incontable cantidad de veces a Santi, mi sobrino de un año, decir “mamá” por primera vez.

Calmarme me costó mucho, más cuando caí en cuenta, ya con cabeza fría, que había cometido una imprudencia y me había aventurado no solo a sostenerle la mirada fija a un asaltante armado, sino también a levantarme de mi silla en medio atraco.

Faltaban unos 15 minutos para las 10 p. m. de aquel jueves de inicio de mes cuando dos sujetos, bastante jóvenes, ingresaron armados al comercio de comida rápida en el que estábamos. Yo estaba en otras y no los vi entrar, como si lo hicieron otras personas, pero recuerdo bien las tres palabras que me hicieron levantar la cabeza y observar a los ojos a uno de los ladrones. “Nos van a asaltar”.

De seguido vinieron las amenazas: “¡Nadie salga, nadie se mueva!”, pero en esa fracción de segundos una familia acató a encerrarse en el baño de hombres. Nadie más se movió.

Un asaltante ingresó directo hacia la caja y amenazó a un dependiente. El otro permanecía muy cerca de la puerta, a unos 10 metros de donde yo estaba con Sergio. Fue a ese al que vi a los ojos y mientras lo escaneaba visualmente observé que en su mano derecha tenía una pistola negra que, por algún motivo, no sostenía con firmeza.

Los segundos durante un asalto se vuelven eternos y, realmente, por más noticias de sucesos que se escriban y por más que haya recalcado una interminable cantidad de veces en mis notas que lo primordial es la vida humana, la lógica desaparece en esos momentos.

Nunca me había explicado por qué la gente resultaba herida en asaltos, pero ese día lo entendí todo: la parte racional no existe y es la emocional e impulsiva la que nos domina.

Después de mi encuentro visual con aquel “bichillo”, como yo lo llamo al contar lo ocurrido, acaté a ocultar mi celular y cartera. Sin embargo, sabía que si llegaban a las mesas había que darles algo.

Sostuve el celular en la mano y, en ese instante, el ladrón gritó algo. No supe, ni siquiera después de lo ocurrido, qué fue lo que dijo.

Algunos escucharon “guarden celulares”, otros “no guarden celulares”. Lo cierto es que esa frase, que ni siquiera entendí, fue determinante.

Ilustración: Dominick Proestakis
Ilustración: Dominick Proestakis

Me levanté y corrí al baño de mujeres, a unos cinco metros. Sergio se vino conmigo y ahí nos encerramos.

Llamé al 9–1–1, pero yo sentía que en cualquier momento los hampones, como les llamo en mis textos, llegarían a “nuestro refugio”. Los minutos en la línea fueron tres, pero yo sentí que pasó una eternidad.

Ordené mis ideas, a como pude, y di los datos necesarios, luego los tuve que repetir nuevamente a la Policía y me pidieron no salir hasta que ellos llegaran.

Afuera escuchaba el llanto de la embarazada y los gritos de los asaltantes callándola. Acaté a contarle a la muchacha del servicio de emergencias lo que escuchaba, pensando en que, probablemente, era necesaria una ambulancia.

No quería colgar, saber que alguien al otro lado de la línea escuchaba lo que ocurría me hacía sentir acompañada, y yo, ciertamente, no sabía si los ladrones llegarían a nuestro “escondite”.

Pensando en eso busqué, a la vez, un escondite para las cosas que para mí eran de mayor valor y le dije a Sergio que si quería guardar algo sería su única oportunidad porque no abriríamos esa “caja fuerte” hasta que llegara la Policía.

A los segundos se acabaron los gritos y, al analizar lo que podía estar pasando afuera apostándole al sentido del oído, supe que, probablemente, ya había llegado la Fuerza Pública.

Pese a eso, una parte de mí no podía confiar y entonces me tiré al piso a ver qué podía distinguir por la rejilla. De inmediato reconocí los zapatos y el pantalón de los oficiales y, encomendada a Dios, abrí la puerta.

Entre mi llamada al 9–1–1 y la llegada de la Policía pasaron solo cinco minutos, pero en mi mente fueron muchos más.

Luego de tomar un sorbo de fresco y de preguntarle a la mujer embarazada si estaba bien, me senté, al tiempo que Sergio se deshizo en agradecimientos.

No obstante, en pocos segundos, caí en cuenta de mi imprudencia, especialmente al levantarme y correr hacia el baño. Con cabeza fría supe que me pudieron haber baleado en ese trayecto de escasos metros, pero gracias a Dios y a las oraciones diarias de mami, quien siempre nos dice que nos encomienda a nuestro Ángel de la Guarda al salir, no pasó a más y hoy les estoy contando la historia.

Después de lo sucedido le conté a mi familia y a mi círculo cercano de amigos lo ocurrido. En el trabajo, la gente que supo fue, en su mayoría, la que trabajó el 2 de agosto, y casi con todos rememoré la frase de un expresidente costarricense: “No es lo mismo verla venir, que bailar con ella”. Eso me quedó clarísimo.

Entendí que en esos casos nadie puede predecir cómo va a actuar y que, aunque en el fondo sepamos que es lo correcto que se debería hacer, cualquier protocolo mental queda de lado ante la angustia y la adrenalina.

Kimberly, una de las amigas y colegas a las que le conté mi historia, me preguntó en tono de chota que si había sacado mi cuchilla: siempre porto una, pero aquel día ni siquiera me acordé de su existencia y la verdad es que creo que fue mejor así.

Mi conclusión de ese mal rato, en el que mis pulsaciones se dispararon al máximo, es que definitivamente hay que estar en el momento y lugar, porque en esos segundos no hay espacio para analizar nada, solo se ejecutan acciones al calor de lo que ocurre.

Pasará tiempo para que me vuelva a sentir confiada de ir a un restaurante y es injusto, porque nadie debería sentir temor de compartir una comida con familiares, amigos o bien solo, como le pasó a uno de los afectados, a quien le quitaron sus pertenencias antes de huir con el botín del restaurante.

Los asaltos ocurren casi a diario en Costa Rica: algunas veces trascienden, otras no, pero datos del Organismo de Investigación Judicial (OIJ) reflejan un incremento considerable de este delito entre el 2017 y el 2018. En el primer año hubo 14.880 y en el segundo la cifra se disparó a 16.490 atracos.

Lo cierto es que a nadie le deseo pasar por esa experiencia que hoy me hace desconfiar hasta de mi propia sombra.