Danny Brenes. 10 julio, 2016
El jaguar del Simón Bolívar.
El jaguar del Simón Bolívar.

Kivú ruge de vez en cuando. Es un sonido gutural, profundo, pero también perezoso. Cuando se le tiene enfrente, uno pensaría que el ruido que sale de la garganta del león es un más un bostezo que otra cosa. Poco importa: retumba en todos los costados del parque y paraliza a sus visitantes. No importan los años: Kivú es la estrella, y verlo despierto es un acontecimiento que atrae a quien esté cerca.

El viejo león del Zoológico Simón Bolívar ha tenido que ser paciente; podríamos decir que por eso pasa tanto tiempo del día durmiendo –también podríamos decir la verdad: que los leones africanos duermen unas 20 de 24 horas–. Le ha tocado esperar a Kivú: su nuevo recinto será la postrera de las grandes transformaciones del polémico parque zoológico de San José.

Durante los últimos tres años, el Bolívar ha vivido un proceso de cambios, premeditados y convulsos por igual. Los recintos de los animales se han acondicionado, las gradas en los senderos se han convertido en rampas y la inversión económica en mejoras ha sido constante.

Simón Bolívar
La laguna del Simón Bolívar es un remanente de una antigua laguna que ocupaba el espacio donde hoy están el Parque España y el Parque Morazán, en San José. Foto: Albert Marín.

Al mismo tiempo, la presión social y administrativa que aboga por el cierre del zoológico ha tomado fuerza. Incluso, durante unos meses entre el 2013 y el 2014, parecía que el Simón Bolívar finalmente había recibido el tiro de gracia de parte del gobierno. Sin embargo, un error administrativo le otorgó 10 años más de vida, cuando menos.

Un siglo después de su fundación, el Zoológico Simón Bolívar guarda en sus jaulas mucho más que animales en cautiverio.

Las entrañas

Son las 7:40 de la mañana del miércoles 29 de junio, y Randall Arguedas tiene en sus manos a un ave diminuta. Arguedas es el médico veterinario del Simón Bolívar, uno de los más experimentados y mejor preparados del país.

El pequeño pájaro que está en sus manos es un búho de la especie estucurú. Llegó a la clínica veterinaria del zoológico gracias a un muchacho que lo encontró herido en la calle, en Orosi de Cartago. Arribó a las instalaciones del zoológico esa misma mañana, necesitado de ayuda médico veterinaria.

Arguedas, junto a Francisco Sánchez, también veterinario, procede a realizar un examen fisiológico completo del ave. Sus ojos, sus alas, sus oídos; a partir de sus heces y su sangre se efectúan exámenes de parásitos y bacterias. El animal está estresado y aturdido, pero no se le seda. Durante el procedimiento, al ave se le tapan los ojos para tranquilizarlo un poco.

El veterinario encuentra dilatación pupilar y una lesión en la córnea, que está asociada a un posible edema cerebral. “Es evidente que es producto de un golpe en la cabeza”, dice Arguedas. El siguiente paso es pesarlo: 112 gramos, como para comprobar que, en efecto, es un ave diminuta. El dato del peso exacto permite a Arguedas dictaminar los medicamentos que el animal necesita. El estucurú presenta lesiones importantes: deberá permanecer, cuando menos un tiempo, en la clínica, bajo una estricta vigilancia del personal. Solo el tiempo dirá si podrá volver a la naturaleza o deberá permanecer el cautiverio.

Simón Bolívar
Un pequeño búho es examinado por los veterinarios del zoológico. El Simón Bolívar recibe animales silvestres necesitados de atención veterinaria todas las semanas. Foto: Albert Marín.

El área veterinaria es uno de los pilares de atención y servicio del Simón Bolívar. Arguedas dirige los esfuerzos de cuido de los animales que permanecen en cautiverio, sí, pero también de casos como el del pequeño búho: animales que requieren de atención con urgencia y que llegan al Bolívar por vía de particulares y del MINAE por igual.

“Todas las semanas nos llegan animales”, dice Randall. “Todo el tiempo. Casi todos los días nos llegan nuevos casos; mínimo un par por semana”. Agrega que las principales causas de animales que llegan a la clínica son atropellos, huérfanos y mascotas, como iguanas, erizos o boas. También, con relativa frecuencia, aparecen animales con fracturas expuestas, que Arguedas considera lo más complicado de atender.

Las entrañas del Simón Bolívar están integradas por distintas áreas que, como Arguedas, deben trabajar todos los días. El zoológico –su personal, sus animales– no sabe de fines de semana, feriados o vacaciones. Por supuesto, su recurso humano rota para permitir el descanso del equipo, pero el cuidado de los animales es una máquina que no detiene su marcha nunca. Bien lo dice doña Marlen López: los animales nunca dejan de comer.

La mujer es la encargada, desde hace tiempo ya, de preparar las dietas de cada uno de los animales, a partir de las indicaciones de Jessenia Vásquez, nutricionista del zoológico. Vásquez es la encargada de determinar los requerimientos nutricionales de cada uno de los animales que forman parte de la colección del Bolívar y, a partir de estos, elaborar una dieta balanceada para cada espécimen. “Los requerimientos no son fáciles de fijar”, cuenta Vásquez, “sobre todo en animales silvestres”.

Simón BolívarUn mono araña de ojos azules –una rareza en su especie–, conocido como Paisa, junto a la dieta que se prepara de acuerdo a sus necesidades nutritivas. Foto: Albert Marín.

Cuenta Vásquez que, de contar con estudios sobre el animal, la dieta se basa en estos. De no existir, se utilizan como base los requerimientos de animales parecidos por hábitos alimenticios o por tracto digestivo –existe el tracto simple, como el nuestro y el de los cerdos, o los fermentadores internos como las dantas y los conejos–. Las dietas distan de ser estáticas. Es posible que un animal deje de tener gusto por un alimento en específico, en cuyo caso es necesario arreglar la dieta para mantener el balance nutritivo. También entra en juego la capacidad de cada animal para tomar los alimentos. “Los monos araña no tienen pulgar, los monos cariblancos sí. Eso cambia todo”, dice Vásquez.

La nutrición se vuelve especialmente problemática cuando se trata con animales que fueron mascotas. “A veces toca lidiar con animales que estaban acostumbrados a café y pan, nada más. Es una suerte cuando, por casualidad, les daban una fruta”. Los animales comen todos los días, salvo en casos específicos. Brutus, el jaguar, está entrando en etapa geriátrica –tiene 18 años– y tiene un día de ayuno. La tortugas comen cada tres días. Los cocodrilos, cada dos semanas, dependiendo del clima. “No se les puede alimentar en días fríos, porque su metabolismo depende del clima. Si hace frío, ni siquiera se van a interesar en la comida. Si la consumieran, les haría daño”.Simón Bolívar

Kivú, el viejo león. A su lado, pollitos muertos que se utilizan en la dieta de algunos carnívoros y omnívoros. Foto: Albert Marín.

El trabajo de alimentar a los animales requiere de una vigilancia constante, apoyado de forma cercana por el trabajo de los cuidadores. Ellos son los encargados de limpiar las estancias, alimentar a los animales y vigilar de cerca su comportamiento. José Hernández cumple, en setiembre próximo, 23 años de trabajar en el Zoológico Simón Bolívar y es el jefe de los cuidadores.

“Hola, Sebastián”, saluda José a un tucán que salta y le silba cuando pasa. “Uno desarrolla una relación muy bonita con los animales”, cuenta. Hernández llegó al Bolívar luego de trabajar en el museo de zoología de la Universidad de Costa Rica, donde estudió biología. Allí, realizó un monitoreo de reptiles y anfibios mientras cubría el año sabático de otro empleado. Pronto recibió una llamada que lo convocaba a trabajar como encargado de serpientes y ranas en el zoológico. Poco tiempo después, se convirtió en encargado de toda la colección.

Sin embargo, el Simón Bolívar va más allá de su colección in situ. “La zona la visitan muchos animales que incluso viven y se reproducen aquí en total libertad”, asegura Hernández. “Alrededor de 80 especies pasan por aquí, sea de forma permanente o temporal”.

Centenario. Aunque fue el 5 de julio que se cumplieron 100 años desde que la historia del Zoológico Simón Bolívar echó a andar, el relato del cautiverio para exhibición en Costa Rica comienza antes.

En 1884, el Museo Nacional fundó una colección de animales, a partir del impulso de un grupo formado por los científicos más prominentes de la época y encabezados por Anastasio Alfaro, director del museo. El museo formaba parte, entonces, de la Universidad Santo Tomás, la primera casa de enseñanza superior en la historia del país, cuya sede se ubicaba cerca de la actual ubicación del OIJ, en San José.

“La colección estaba formada por unos 40 animales”, recuenta Eduardo Bolaños, escritor y encargado de comunicación del Bolívar, quien ha estudiado a profundidad la historia de la institución. Más tarde, en 1896, el Museo Nacional –con el zoológico bajo su ala– se trasladó a la Hacienda El Laberinto, ubicada donde hoy tienen lugar los barrios del sur de la capital. El tiempo en esa zona se acabó en 1903, cuando la institución se trasladó a donde hoy se levanta la sede central de la Caja Costarricense del Seguro Social –antes del museo tuvo allí lugar el Liceo de Costa Rica.

Eran tiempos de crecimiento y transformación para San José, que se debatía entre la opulencia y el subdesarrollo; entre los edificios de lujo y porte, como el Teatro Nacional, y las calles de piedra. En esas circunstancias, alrededor de 1887, el francés Amón Fasileau-Duplantier decide fundar, en una finca suya al norte de San José, el barrio que todavía lleva su nombre, edificado para dar hogar a la élite de la ciudad; en el sur, quedarían las casas de bien social.

Así, como parte del embellecimiento de la zona más adinerada de la capital, el 5 de julio de 1916 se emitió un decreto ejecutivo que ordenaba la creación de un parque en honor a Simón Bolívar. Sus puertas se abrieron el 21 de julio de 1924, día en que se recuerda el natalicio del libertador. Entre 1924 y 1928 se realizó la construcción de las jaulas y el traslado de los animales.

Fundazoo también administra el Jardín Botánico Nacional, integrado por toda la flora que se encuentra en el Simón Bolívar.

Durante las siguientes décadas, el zoológico pasó por distintas manos. Fue parte del Museo Nacional hasta 1944, cuando pasó a manos de la UCR. Entre el 44 y 1952, “el Simón Bolívar se convirtió en uno de los mayores atractivos de San José”, cuenta Bolaños. Sin embargo, a partir de entonces el zoológico se comenzó a deformar en una papa caliente que pasaba de mano en mano cada par de décadas, sin dirección clara aparente.

En 1953, lo comenzó a administrar el Ministerio de Educación. A partir de 1953, fue el turno del Ministerio de Agricultura y Ganadería, y en 1975 le tocó al Servicio de Parques Nacionales. En 1989, el Ministerio de Recursos Naturales, Energía y Minas tuvo a cargo su administración brevemente, y en 1994 se creó la Fundación Pro Zoológicos (Fundazoo), actual administradora del Simón Bolívar.

Fundazoo creó un plan maestro para el manejo de los animales y del Jardín Botánico Nacional, caracterizado por una serie de transformaciones en las instalaciones, las estancias de los animales y el tratamiento general y específico de estos. Hasta que, el 23 de julio del 2013, medios nacionales e internacionales publicaron –algunos en tono celebratorio, incluso– que Costa Rica había ordenado el cierre de sus zoológicos.

Simón Bolívar
La antigua entrada del zoológico, ubicada cerca del Centro Nacional de Cine, en Barrio Amón. Foto: Albert Marín.

“Estamos lanzando un mensaje a la sociedad de que el Estado desea mostrar su biodiversidad en estado natural”; dijo el entonces ministro de ambiente y energía, René Castro, a La Nación . “Los zoológicos, como los conocemos, no son tema que esté acorde con las políticas en relación a la vida silvestre”, agregó la viceministra de Ambiente de la pasada administración, Ana Lorena Guevara.

Sin embargo, menos de un año después, el Tribunal Contencioso Administrativo falló a favor de que se renovara la concesión administrativa del Simón Bolívar a Fundazoo. ¿La razón? El Minae no presentó a tiempo su intención de cesar el contrato, que seguirá vigente hasta el 2024.

Oposición

La orden momentánea de cerrar el Simón Bolívar fue motivo de alegría para varios sectores, que desde hace ya tiempo presionan para que el zoológico se transforme o cierre sus puertas por completo.

El Simón Bolívar cuenta con unos 343 ejemplares, de alrededor de 71 especies distintas.

“Tenemos varios años ya, junto a otras organizaciones, de tener una oposición frontal al Simón Bolívar y a la metodología que sus administradores han seguido en los últimos años”, cuenta Luis Diego Marín Schumacher, Coordinador Regional de Preserve Planet, una organización no gubernamental dedicada a la protección y conservación de la naturaleza.

De acuerdo con Marín, un “zoológico moderno tiene espacios mucho mayores. Los animales casi no tienen contacto con los seres humanos, y son produto de la reproducción in situ o de programas de reproducción; no fueron obtenidos desde el medio natural. El Simón Bolívar no ha cambiado mucho desde sus inicios. Su diseño y forma de trabajo es de siglos anteriores”.

Simón Bolívar
Durante años, muchos visitantes han dejado su firma en el bosque de bambú. Las áreas verdes y la flora del parque forman parte del Jardín Botánico Nacional. Foto: Albert Marín.

“Yo fui al Bolívar cuando tenía 8 años, pero no considero que sea muy educativo llevar a niños pequeños a ver monos que se muerden o se arrancan los pelos por el estrés. No debemos enseñar que el cautiverio es normal”, cuenta Marín. Agrega: “El cautiverio solo es beneficioso cuando el animal está mutilado”.

Marín reconoce que Costa Rica ha avanzado mucho en algunos aspectos. Por ejemplo, fue uno de los primeros países del continente en prohibir los circos con animales silvestres, un ejemplo que se ha imitado en otras latitudes. Su propuesta es que el zoológico debería convertirse, exclusivamente, en un jardín botánico.

“Poco a poco van apareciendo nuevos modelos, como el del centro de reintegración del Zoo Ave, que tiene un programa serio de reintegración de animales. Es un buen ejemplo de lo que debe ser un zoológico”, asegura Marín.

Cabeza

Yolanda Matamoros pide un recorte de periódico a una asistente, en su oficina. Es un artículo del diario La Teja , publicado el martes 5 de julio de este año. Se titula Dos venaditos perdieron la batalla ; en el texto, del periodista Marcelo Poltronieri, se informa que los animales fueron encontrados por una mujer en San Isidro de Alajuela, quien llamó a las autoridades.

Los encargados procedieron a llevar los venados al Zoo Ave, pero no fueron recibidos. “Se intentó saber cuál fue el motivo por el que no los aceptaron”, reza el artículo, “pero nos dijeron que no sabían”. Los animales murieron poco después.

“Aquí recibimos a todos”, dice. Aquí no se rechaza a ningún animal.

La figura de Matamoros es tan maternal como polémica: maternal para sus colaboradores, polémica para sus detractores quienes, asegura ella, no son muchos, solo son bulliciosos.

Simón Bolívar
Uno de los cuidadores del parque lleva el alimento de los monos a su recinto. Foto: Albert Marín.

Simón Bolívar
El recinto donde se encuentran las serpientes y las ranas fue una donación del zoológico de Baltimore. Foto: Albert Marín.

“Yo fui la primera persona que trabajó con animales en cautiverio de forma científica en el país”, cuenta Matamoros, quien inició sus investigaciones en tepezcuintles –que estudió durante 18 años– en 1973, cuando el cautiverio científico apenas despuntaba a nivel mundial y del que casi nada se sabía en los países subdesarrollados. Rememora Matamoros que contó con el apoyo de dos investigadoras, una del National Zoo, de Estados Unidos, y otra del zoológico de Londres.

El Jardín Botánico sirve de hogar para unas 80 especies de aves que, de forma temporal o permanente, hacen su ciclo de vida ahí.

Con el tiempo, Matamoros se convirtió en una de las investigadoras más importantes de fauna en Costa Rica, lo que llevó a que Álvaro Umaña y Hernán Bravo, ministros de ambiente entre 1986 y 1994 –uno por administración–, le pidieran que investigara y, posteriormente, se encargara de administrar el zoológico. “Qué ocupás”, le dijo Bravo. “Que esto se maneje como una empresa privada”, respondió Matamoros. Fue así cómo se formó Fundazoo y cómo se encargó del zoológico nacional. Desde su posición, Matamoros ha empleado un modelo para modernizar el Bolívar y, al mismo tiempo, para llevar a cabo una tarea pedagógica a nivel nacional, enfocada principalmente en el mensaje de que los animales silvestres no son mascotas.

“El cautiverio es una técnica científica que, bien empleada, puede ser maravillosa. Puede dar montones de oportunidades para conservar las poblaciones de vida silvestre”, aboga. “La conservación no es solamente proteger animales, sino asegurarse de que se reproduzcan para que la población se conserve. Uno no puede nada más soltar animales porque se le ocurrió. Eso es condenarlos a morir”.

Simón Bolívar
Las tortugas y los cocodrilos habitan –de forma separada– la laguna del parque. Foto: Albert Marín.

Matamoros sostiene que lo que debe conservarse son poblaciones de animales silvestres. Los especímenes que están en el zoológico ya no forman parte de esa población, y no se puede pretender que solo baste abrir las jaulas para que se reintegren a esa población.

Matamoros se enfrenta, al mismo tiempo, a una interrogante: ¿cómo se defiende la exhibición de los animales en cautiverio, que es el punto de diferencia entre un centro de conservación y un zoológico? Es un tema de conciencia, se defiende. Es un tema de que la gente conozca a los animales y se dé cuenta de su importancia, de que hay que defenderlos y defender su entorno para que puedan seguir libres. Que en los zoológicos solo estén los que, por orden veterinaria, ya no puedan estar seguros en su hábitat natural.

El optimismo de Matamoros no es, de momento, suficiente para acallar a quienes se manifiestan en contra de los zoológicos y del cautiverio. Sin embargo, de momento también Matamoros tiene la ley a su favor: Fundazoo se mantendrá al frente del Simón Bolívar por, al menos, ocho años más.

Entre rugidos que parecen bostezos, Kivú, el león, sigue esperando, paciente.

*Colaboró la periodista Michelle Soto