Revista Dominical

La Ciudad de los Niños, un semillero de sueños y grandes oportunidades

Residentes, madres y encargados cuentan la experiencia de ser parte de este centro educativo, donde los adolescentes van a vivir por hasta seis años bajo estrictas reglas de disciplina, estudio y respeto. Los protagonistas cuentan el dolor de la separación, el agradecimiento por la oportunidad y la satisfacción por los logros

Las oscuras nubes del domingo 12 de junio anunciaban que pronto caería el aguacero, tal como en las últimas tardes en Lourdes de Agua Caliente, donde se ubica la Ciudad de los Niños, pero ni siquiera la tormenta opacaría la celebración de nueve bautizos y ocho primeras comuniones.

Los protagonistas no eran bebés de blanco o niños con traje y corbatín, sino jóvenes sencillos con camiseta de domingo y pantalón de mezclilla.

A las 11 de la mañana comenzó la ceremonia en el Templo de Nuestra Señora de la Consolación. Para los muchachos eran un paso importante, de entrega y aceptación de un Cristo vivo que se hacía presente en sus vidas, como les enseñó Daniel Víquez, encargado de la catequesis y profesor de Religión.

Sin más agasajo que una bolsita con confites, cada muchacho podía salir unas horas con su familia para regresar nuevamente a este, su enorme hogar, donde conviven 500 jóvenes de entre 12 y 22 años.

No son delincuentes juveniles, como erróneamente se ha dicho por años, ni tampoco menores abandonados por sus familias. Son, más bien, adolescentes que estaban en situación vulnerable, de pobreza o pobreza extrema, o en entornos de riesgo.

Aquí ninguno está en contra de su voluntad ni vive encerrado, enfatizó fray Jesús María Ramos, director general de esta organización.

Sus inquilinos la definen como el lugar de buenas oportunidades, aunque para todos implicó un desarraigo muy fuerte, una separación de sus familias, de sus mamás, principalmente. Los alentaron los deseos de superación y de ofrecer algo mejor a los seres que aman. Así lo sienten Hárold, Brandon y Steven.

La historia de Hárold

Hárold Rodríguez Martínez ingresó en el 2017, recibió su mayoría de edad aquí. Es alto, seguro al hablar y compartió encantado su historia. Es alajuelense de nacimiento y antes de llegar a la Ciudad de los Niños vivía en Heredia junto con su papá y su madrastra, que han sido su gran apoyo.

“Esta es la mejor oportunidad de estudio que se me pudo ofrecer, mi mamá (madrastra) le llama a este lugar ‘milagroso’. Antes de entrar aquí era una persona bastante irresponsable, no sabía el costo de las cosas. Un día fuimos a la iglesia y avisaron de la existencia de este colegio y ella dijo que era esto o nada y, a pesar de mi corta edad (aún estaba en la escuela), debía buscar qué hacer y las cosas cambiaron de rumbo para una mejor vida”, relató el joven que tiene un hermano y dos hermanas a los que no ve mucho, pues viven con su mamá en una zona alejada de Alajuela.

“Dudé mucho en ingresar porque estaba dejando mi casa, mi familia, mis amigos, pero a la semana tomé la decisión. Más que problemas de comportamiento no sabía lo que quería, artísticamente soy una persona sumamente creativa, ya sea en dibujos, canciones, poemas, pero cuando me ponían un libro de Matemáticas se me disminuía la creatividad porque me aburría, me sentía incómodo, no me gustaba el estudio porque la parte artística era lo mío.

“Cuando ingresé tenía 13 años, entré desde sétimo. Al principio me sentía sumamente entusiasmado, aunque tenía temor porque no sabía lo que me esperaba. Con el tiempo, todos los que hemos estado por acá pasamos por alguna duda.

“Al mes de llegar me quise devolver, porque para todo sétimo es muy difícil, aquí tenemos un dicho que decimos que Ciudad es para valientes… porque en ese nivel se decide si la persona está hecha para este lugar, porque es para los que van a dejar todo pero van ganar mucho. Uno no está acostumbrado al ritmo de hacer tanta cantidad de trabajos, dedicar cierta cantidad de horas al estudio y yo venía por la parte artística, porque quería venir a cantar, pero de eso era solo una hora por tareas, proyectos...

“Al principio, todos los domingos mi familia me venía a ver porque para mi madrastra fue difícil el desapego y un día de esos me vio muy decaído y me preguntó qué pasaba. Le dije que no quería estar acá, me respondió que me esperara un poquito más y que si aún quería irme lo hablábamos. A las dos semanas me volvió a preguntar y le respondí que me estaba gustando más y lo que me hizo cambiar de opinión era el hecho de saber que yo podía. Aquí había un psicólogo que se llama Alfredo y me ayudó con mis problemas de autoestima, problemas de disciplina, él fue clave para que hoy en día yo esté acá porque me dio el último empujón”, relató.

Ahora, dice Hárold, ama las Matemáticas y las ciencias, ha logrado sacar el curso de Manipulación de Alimentos, estuvo tres años en el taller de agricultura y aprendió a manejar tractor, sembrar, usar abono, herbicidas e insecticidas y actualmente lleva dos años en Agroindustria y está con el aprendizaje del proceso de los alimentos.

“Siento que este lugar es parte de mí, tengo amigos aquí que sé que siempre van a estar ahí y me han ayudado en los momentos difíciles. Lo mejor ha sido conocerme a mí mismo y después de Ciudad de los Niños me visualizo siendo algo especial. Me fascinaría ser chef, porque soy muy bueno en la cocina”.

El muchacho aseguró que no se arrepiente, aun cuando tiene que respetar las reglas, lo que le da poco tiempo para salir con la novia que tiene desde hace seis meses. Ella es de Cartago y se ven los domingos, cuando él puede salir o incluso ella lo visita.

La historia de Brandon

Ver a su familia es un poco más difícil para Brandon Daniel Medina Mendoza, pues ellos viven en Pavón de Los Chiles, en la frontera norte, a 212 kilómetros de Agua Caliente de Cartago.

A él, le cambió el destino una llamada mientras cogía café con su familia, en San Ramón de Alajuela.

Aunque iba a la escuela, la situación económica en la casa era difícil y tenía que trabajar en el campo los fines de semana para ayudar. Desde pequeño le ha gustado la ganadería y, como cuidaban una finca, colaboraba con el dueño en el mantenimiento del ganado, así como sembrar yuca, maíz, frijoles... todo lo que pudiera generar ingresos.

“Estudié en cuatro escuelas diferentes y me gradué en la escuela de San Francisco (en Los Chiles), en el 2016. Somos seis en la casa, pero los dos mayores ya se habían ido y quedábamos mi mamá, mis dos hermanas, un hermano y yo que soy el menor. En esa finca que cuidábamos, la pareja eran unos señores mayores y tuvieron un hijo acá y nos comentaron de este lugar.

“Cuando estaba en cuarto grado (...) me pasaron a otra escuela, un amigo tenía familia acá, un hermano y un sobrino. Entonces la mamá de él nos ayudó, porque tenía contacto con Ciudad y nos ayudó a conseguir los papeles y llenar formularios para aplicar para la entrevista.

“Desde que me comentaron de este lugar me empezó la inquietud de buscar un mejor lugar para prepararme. Por mi situación económica se me hacía difícil estar comprando libros, materiales y demás. Cuando estaba en sexto, los de Ciudad llegaron donde yo vivía, me aplicaron la entrevista y me llamaron el 17 de febrero para confirmar si quería ingresar. En ese momento estábamos en Berlín de San Ramón recogiendo café, como hacíamos todos los fines de año. Yo me lo esperaba desde el año anterior pero como no me habían llamado, no sabía cómo iba hacer para seguir estudiando. Mi familia es nicaragüense, solo una hermana y yo somos nacidos acá, por la documentación se nos hace difícil conseguir trabajo y teníamos que estar viajando a diferentes lugares a recoger café, como a Naranjo.

“Ingresé de 13 años, estaba seguro de lo que quería, pero a la vez sentía temor porque siempre fui muy apegado a mi familia, nunca había durado más de dos días fuera de mi casa. Me aterraba estar lejos de ellos pero me decían que la pulseara y que me visualizara en el futuro, que no pensara en el momento sino en lo que iba a ser después de que saliera de acá”.

“Mamá me dejó acá y se devolvió, no había llegado ella a San José cuando yo estaba en el ACAI (oficinas) llorando porque me quería devolver y que me viniera a buscar, pero mamá venía con los pasajes contados y no se podía devolver por mí, me dijo que me esperara un poco, que recogería dinero y después venía a buscarme. Los psicólogos y trabajadores sociales hablaron conmigo para explicarme cómo era Ciudad y que probara una semana. Pasó pero dije que me quería ir y me pidieron que me quedara un mes y así me fui quedando hasta que ya estoy a punto de terminar mis estudios en este lugar. En sí, aquí me gustaba bastante pero me hacía mucha falta mi familia.

“Como a los tres meses ya me fui adaptando, en la primera salida pude ir a mi casa (ya había pasado como mes y medio desde su ingreso). Eso sí, cuando me despedí lo hice de una y sin mirar atrás porque si no me quedaba allá con ellos, además tenía un compañero de la escuela que también estaba en Ciudad y viajábamos juntos, nos acompañábamos acá adentro y así se iba haciendo más fácil la vida.

“Me quedan tres meses para graduarme (en Mecánica Automotriz), en octubre salimos a hacer práctica profesional que aquí nos consiguen con algunas empresas y dependiendo cómo nos desarrollemos, la empresa nos puede contratar o acá ayudan a los que desean seguir estudiando en las universidades. Ya finalizando este proceso quiero quedarme en la zona de San Carlos, porque me gusta mucho el lugar, por facilidades de estudio y para llevarme a mi mamá conmigo. Esta oportunidad que se me brindó no solo me abrirá las puertas a mí, también a mi familia, para poder sacarla adelante”, concluyó.

La historia de Steven

Steven Jara Vásquez tiene 16 años y dejó Paso Canoas, extremo sur del país, para prepararse en Ciudad de los Niños.

“Mi familia vive en Asentamiento Padilla y el colegio me quedaba como a unos tres kilómetros, ahí hice sétimo. Vivía con mi mamá, tengo tres hermanos más que son mayores de edad. Uno de mis hermanos estudió aquí y yo quería ingresar, por lo que mi mamá hizo las vueltas porque siempre me apoyó. Desde que estaba en sexto grado quería estudiar aquí, entré a los 15 años, este es mi segundo año en Ciudad, ingresé a octavo y quiero llegar a sexto año.

“Al llegar me quise devolver, nos despedimos y mi mamá se fue llorando y yo también, porque nunca habíamos estado lejos. Fue difícil y aunque ya me he adaptado al lugar, aún me hace falta, pero sé que es para el bien mío estudiar aquí. Nunca les dije que a los días me quería devolver, pero sí lo pensé. Lo que me hizo desistir es que tengo que seguir estudiando, aprovechar la oportunidad que me están dando y sacar a mi mamá adelante.

“El año pasado estábamos con lo de la pandemia y no nos dejaban salir ni podíamos tener visitas, algunas veces no podíamos ir a clases y teníamos que estar en el albergue, por lo que en todo el año no pude ver a mi mamá. Entré en febrero y la volví a ver hasta en las vacaciones de diciembre, cuando la vi la abracé y empecé a llorar porque no era lo mismo verla por videollamada que en persona. Pensé en no regresar a Cartago, pero también en la oportunidad que iba a perder.

“En julio tenemos vacaciones y voy allá para estar juntos y en setiembre me viene a visitar para mi cumpleaños”.

Steven sueña con estudiar Medicina luego de salir de sexto año. Quiere quedarse en Cartago y traerse a su mamá.

El origen de Ciudad de los Niños se remonta a los años 50, cuando se calcula había unos 8.000 niños viviendo en las calles de nuestro país. Esa lamentable cifra marcó profundamente al sacerdote español Luis Madina Michelena, perteneciente a la Orden Agustino Asuncionista.

Conmovido por la situación se hizo cargo del Hogar Dormitorio Domingo Soldati, ubicado en San José, pero luego buscó la ayuda económica de embajadas, organismos privados y con personas de buena voluntad, para crear una ciudad de los niños.

Y así fue. El presbítero José Francisco López del Corral estableció en su testamento que las tierras de finca La Jirara, en Agua Caliente de Cartago, fueran destinadas a una obra educativa de carácter religioso para la niñez costarricense. Las 134 hectáreas se convirtieron en Ciudad de los Niños, en 1962, que con el pasar del tiempo ha reunido más ayudas con la confianza del Estado.

Ahora, hay proyectos productivos, talleres de trabajo, gimnasio, piscina, laboratorios de cómputo, 14 albergues, cinco residencias. Entre las obras más recientes está el colegio, concluido en 2020, con 7.000 metros cuadrados de construcción, 25 aulas, 2 laboratorios de cómputo y laboratorio de ciencias. En este momento se está construyendo una nueva residencia para 130 jóvenes.

Desde 2008, la institución fue declarada por la Asamblea Legislativa como Institución Benemérita de la Promoción Social Costarricense .

“Se busca darles las herramientas necesarias para que una vez el chico termine su formación aquí pueda salir al campo laboral; también hay clubes donde pueden desarrollar sus destrezas deportivas y artísticas. También está la formación espiritual que es muy importante para nosotros, pues es una institución con un fundamento cristiano, católico en este caso, y que se pueda desarrollar en la parte espiritual”, añadió fray Alberto Valecillos, encargado de Comunicaciones y de Pastoral.

Para ingresar se debe haber concluido la escuela, provenir de hogares de escasos recursos y zonas rurales; ingresan por año unos 150 muchachos. Aparte de manutención y estudio, reciben una beca según su condición.

Los pequeños, de sétimo y octavo año, viven en albergues donde hay entre 15 y 18, los más grandes se instalan en las residencias. En cada uno de esos lugares hay un matrimonio encargado que les da acompañamiento.

Cada muchacho tiene que cumplir obligaciones como limpiar, ordenar su espacio y las áreas comunes. Entre las 4:30 y 5 de la mañana suena la sirena para se levanten y comiencen la rutina de desayuno, colegio, almuerzo y de vuelta a clases hasta las 4:30 p. m. Luego de un recreo asisten a clubes de deporte o arte.

A las 6 p. m. es la cena, luego de la cual tiene un rato de estudio y deben irse a dormir a las 9:30 p. m.

Todos van a misa el domingo y tienen derecho a salir, los grandes hasta las 8 p. m. y los más pequeños hasta las 5 p. m.

Si no respetan las reglas se aplica un proceso disciplinario que se inicia con un diálogo con el alumno y la familia; si se repite se le envía una carta de amonestación. Luego podría venir una sanción, un ultimátum y la expulsión.

Los egresos involuntarios se dan cuando el muchacho cae en muchas faltas graves dentro de la institución, como puede ser consumo de drogas, violencia física, sexual o psicológica, o bien, cuando hay un problema serio de adaptación.

Según los encargados, no es usual detectar casos de bullying. Con el tema de la homosexualidad a todos se les dice que deben respetarse tanto a los que tienen esa inclinación como a los que no, pero, eso sí, se debe de evitar todo tipo de exhibicionismo y manifestaciones de afecto en caso de sentir atracción por alguien de su mismo sexo.

Doña Marta: ‘El día que lo vine a dejar salí con el corazón en la mano’

Marta Ureña Gamboa madrugó ese domingo para poder asistir a la misa de las 11 a. m. y compartir un rato con su hijo Miguel Ángel Elizondo Ureña. A ella no le queda tan complicado como a otros, pues vive en El Guarco.

Según dice, quien le habló a su hijo de Ciudad de los Niños fue una maestra de sexto grado, él le contó al llegar a la casa. Para entonces no habían pensado a qué colegio iba a asistir él, pero admite que se sorprendió.

“¿Cómo que hay que irse a vivir allá?”, le cuestionó ella a su hijo. Sin embargo, fue tanta la insistencia durante los siguientes tres meses que finalmente accedieron a someterse al proceso.

“Vinimos mi esposo y yo. Nos entrevistaron en el gimnasio, nos orientaron, agruparon a los chicos y nos llevaron hacer un tour para que conocieran la Ciudad, las residencias, los albergues, las carreras que imparten, cómo conviven ellos, los dones y las doñas (es la pareja matrimonial encargada de cada albergue y de cierta cantidad de muchachos), todo nos los explicaron muy bien. El hombre (su hijo) se fue fascinado y ya son cinco años aquí”, recordó la madre.

Ella admite que tuvo muchas dudas de permitirle el ingreso, pues solo lo verían los domingos. Su esposo se oponía pero, finalmente, una noche conversaron y decidieron darle la oportunidad a Miguel.

“El día en que lo vine a dejar venía feliz, que no cabía en ningún lado y yo salí con el corazón en la mano ahí pa’ fuera…”, contó.

El proceso de adaptación preocupaba a su familia, pero especialmente a doña Marta, pues es “mamá gallina”, como ella misma se describe. Pensaba en cómo lo tratarían, en la relación con sus compañeros, en la comida...

“Al año me acostumbré a que estuviera aquí y ya no lloré más. Los dos primeros años venía todos los domingos religiosamente, pero cuando entran a residencias está más grande y ellos pueden salir e ir a la casa por unas horas. En ocasiones él llega y le tengo la comidita y compartimos en familia o cuando podemos sacamos el ratito y nos venimos para acá a compartir con él. Siempre me comunico con él por celular y también estoy en comunicación con los profesores, ellos siempre están anuentes.

“Como madre la experiencia ha sido maravillosa, académicamente se desarrollan muy bien, además ayuda lo que Trabajo Social y los psicólogos hacen con ellos”, dijo.

Doña Ligia: ‘Jamás me he arrepentido de que ellos estén aquí estudiando’

Ligia Chavarría Barrera no tiene uno sino dos hijos estudiando en este lugar. Isaac, de 19, y Santiago, de 15. Aquel domingo, el más joven haría la Primera Comunión, ya que cuando doña Ligia lo enviaba a catequesis, a los 9 años, no le gustaba asistir.

Esta vez si aceptó, por lo que iban a celebrar con un almuerzo en familia.

“Para mí la experiencia ha sido preciosa, porque como mamá uno a veces no les da la disciplina que tiene que ser y muchas veces se les alcahuetea. Sin embargo, aquí los educan con amor y rigor, sin golpes, sin regaños, sin maltratos y a mis hijos les ha ido bastante bien.

“De Isaac nació venir aquí y ya luego cuando le tocaba a Santiago también, yo nunca se los impuse. Me dicen: ‘mamá aquí hay cosas que allá afuera no hay’. Además, afuera sería muy caro pagar lo que ellos han aprendido aquí.

“Jamás me he arrepentido de que ellos estén aquí estudiando y si tuviera otro hijo más y quisiera venir, también lo apoyaría. El que se aburre en este lugar es porque quiere, ya que tienen muchas cosas para hacer y poner su mente en otra cosa”, concluyó.

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