Revista Dominical

El año de la pandemia: Cuando la covid-19 fue compañera de celda: ‘Era un temporal de la muerte’

La pandemia vista desde la óptica de una reclusa de la cárcel de mujeres: desde sobrevivir a la enfermedad sin ningún trato diferenciado hasta el pedirle a familiares que no las visiten por temor a su contagio.

Rudy Mora Cornejo no recuerda sinceramente cuándo escuchó por primera vez sobre el nuevo coronavirus y tampoco precisa cuándo fue que contrajo la enfermedad. Desde que ingresó a la cárcel Vilma Curling, en Desamparados, el calendario no tiene el mismo significado para ella.

El tiempo y el espacio perdieron importancia, porque lo que importa es sobrevivir. Como y cuando sea.

Aunque ella no se acuerda de muchas cosas, sí sabe que desde marzo del 2020 se vivió un ambiente tenso, lleno de miedo y angustia. “Todas comenzamos a aislarnos porque sabíamos que estábamos en un temporal de la muerte”, dijo Mora, de 24 años y quien lleva los últimos tres encarcelada por robo agravado.

El limitado acceso a la información les jugaba en contra a las privadas de libertad, puesto que la única manera que tenían de entender de qué trataba la enfermedad era por los noticiarios o por lo que las autoridades penitenciarias les dijeran. Pero si querían saber más o si tenían alguna duda, no tenían cómo resolverla de inmediato.

“Entendíamos que era como un animal que andaba en el aire, entonces uno siente miedo, sí, y sentimos también que eso iba a ser el fin, nuestro fin”.

Un día, recordó, la directora de la cárcel, Kattia Góngora, intentó calmar la ansiedad. “Llegó a los módulos a decir qué síntomas daba y así fuimos sabiendo un poco más qué era. A partir de ese momento, también, nos dieron jabón y nos dijeron del uso obligatorio de la mascarilla”.

Sobre esto, Góngora explicó que, desde el inicio, se intentó mantener un gran canal de comunicación con las reclusas; no obstante, debido a que “nadie nace aprendido en cuanto a la atención de una pandemia”, se cometieron algunos errores que han ido solventando.

Uno de ellos fue repensar en cómo se les daba la información sobre la covid-19 a las presas y por ello idearon colocar pizarras informativas en varios puntos del centro, las cuales se actualizan cada semana.

Además, se les explicaba el porqué de las decisiones, tales como la importancia del lavado de manos y de la limpieza diaria. Aunque, admitió la directora, en ese último punto la verdad es que no tuvieron mayor problema puesto que la población que hay en esa prisión es “sumamente aseada”:

“Ellas siempre, desde antes de la pandemia, son de tener las cosas acomodadas, sus cuartos llenos de brillo, los baños igual. Cosa que no es muy común en otras prisiones. Ellas, por el contrario, no pueden ni ver un papel en el piso porque es una crisis”, ejemplificó Góngora.

En cambio, con el lavado de manos sí hubo que hacer un mayor trabajo. “Se les pasaba diciendo, tienen que lavarse las manitos. Si se veía que una no lo hacía, entonces se llegaba y se le decía que había que hacerlo”, dijo Góngora, quien añadió que por esa necesidad se hizo el esfuerzo de colocar varias baterías de lavamanos a lo largo del centro penal.

En cuanto al uso del cubrebocas, Rudy Mora dijo que no fue cosa difícil porque se entendía el riesgo de no hacerlo y, contrario a lo que ocurre en otros centros penales, usarla no significaba debilidad, sino inteligencia. “Nadie se burlaba, jamás y más bien fue un orgullo hacer tantas mascarillas en el taller (confeccionaron cerca de 2.500)”.

Eso sí, no todo el día deben usarla. Por ejemplo, si están dentro del módulo en el que duermen, no es necesario colocarse el cubreboca, puesto que se supone que están dentro de su burbuja. Pero, si van a salir de allí para alguna diligencia administrativa o un chequeo médico, sí deben colocárselo.

Caso contrario ocurre con los policías penitenciarios. Ellos pernoctan siete días a la semana en un área especial de la prisión. Se trata de cuartos compartidos, por lo que se pueden quitar esa mascarilla únicamente cuando estén acostados en sus camas. Si necesitan ir al baño, que está dentro del mismo aposento, deben colocársela y siempre, siempre deben intentar mantenerse al margen del resto de compañeros.

Pablo Morales, jefe policial del Vilma Curling, explicó que, pese a que ha sido complicado el acomodo, los policías penitenciarios han tenido la disposición absoluta de sacar la tarea y de entender que el cubrebocas “es parte ya de nuestro vestuario”.

“Los espacios en donde nosotros pernoctamos en nuestros días laborales están adecuados para convivir en la antigua realidad. En esta realidad, nos toca adaptar e implementar medidas de higiene y también más organización y disciplina con respecto a la limpieza de los espacios”, indicó.

Ese compromiso y colaboración entre las partes es lo que provocó que, hoy por hoy, ese centro penal pasara de tener hasta 40 enfermas al mismo tiempo a no tener ni un solo caso activo por covid-19 desde finales de diciembre.

No hay besos, porque hay covid

Los días iban pasando y el miedo seguía ahí, al lado de todas. Como una sombra. Pero la poca información que tenían se convertía en poder. Ya tenían su jabón y su juego de mascarillas para que, mientras lavaban una, usaran la otra. Pero aún faltaba mucho para entender que el contacto físico ya no podía ser parte del día a día.

La ventaja de la cárcel Vilma Curling es que el hacinamiento no es problema como sí lo es en el resto del sistema penitenciario, en donde hay prisiones con una sobrepoblación de hasta el 100%, lo que obliga a algunos reos a dormir sobre el suelo con ratas, gusanos y cucarachas como compañeras.

Aquí, por el contrario, las 545 presas tienen su espacio garantizado y su cama también. Pero, por más que eso exista, el mantenerse siempre a 1.80 metros de distancia es “meramente imposible; eso solo podría pasar si cada una tuviera su propia habitación”, reseñó la directora Kattia Góngora.

Entonces, mientras las autoridades penitenciarias de ese centro trabajaban en sacar con beneficios a las privadas de libertad con más edad y con factores de riesgo, también trabajaban en la reeducación de la población, en el sentido de hacerles ver que los abrazos, los besos y el compartir se guardaban para después.

“Ya nosotros entendíamos que no podíamos abrazarnos, que no podíamos darnos ni un besito en el cachete, porque covid. Todo era, hasta entre risas, que hay covid. Así que cada quien anda separado, o al menos lo que se pueda”, mencionó Rudy.

Y era manejable, hasta donde se podía. Pero la situación se complicó cuando, el 20 de marzo, el Ministerio de Justicia decidió cerrar las puertas de todo el sistema penitenciario, con lo que quedaban suspendidas las visitas de familiares o amigos de reclusos y también prohibido el ingreso de grupos de voluntariado o de estudiantes de diferentes ramas, como trabajo social, psicología y derecho.

“Esto es un antes y un después. Teníamos un coro que ensayaba todos los días, grupos de bailes y ya no. Las privadas de libertad y todos en general necesitan agarrarse de algo para sobrevivir, porque que le digan va a estar encerrada los próximos 20 años no es fácil. Necesita agarrarse de algo para sentirse esperanzada y todo este trabajo que antes se hacía era fundamental”, lamentó profundamente Góngora.

Todo se los quitaron de un día para el otro y la directora aseguró que lo que ha mantenido en buena calma el centro es que las mujeres son, en cierto grado, más conscientes y que, si bien añoran ver a sus seres queridos, entienden que lo mejor es que no asistan a las cárceles, pese a que a mediados de diciembre se reactivó la visita.

La explicación que le da Góngora a esto es sencilla: las reclusas son, en su gran mayoría, mamás. Y para las madres el bienestar y la salud de sus familiares son más importantes que cualquier otra cosa, así que, mientras el contacto telefónico les permita organizar su hogar desde prisión, les basta por el momento.

“Ellas utilizan sus tres llamadas diarias para coordinar que su hijo haga la tarea, que llegue temprano, que no se descarrile. Son mamás presentes aunque estén a distancia de ellos. Y, como para ellas, protegerlos es lo primordial, es que les piden que no vengan a verlas.

“Pese a que claro que los quieren ver y abrazar, no están tan ansiosas de tenerlos aquí porque, además, somos el único centro en habilitar una sala con cuatro tabletas para que puedan hacer videollamadas a sus familias (...) Entonces prefieren que no se arriesguen. Un día como ayer (lunes 22 de febrero), 60 mujeres tenían la opción de venir y solo vinieron 7 parientes″, contó la directora del centro penal.

Pero también hay casos en los que el familiar prefiere esperar a que todo se normalice un poco y, con ello, que la dinámica de la visita sea como antes: abrazarse, besarse, compartir comida y hasta, por qué no, poder hacer visita conyugal. Actualmente, si alguien quiere saludar a su pariente encarcelado, debe respetar las reglas: solo una persona por reo, deben sentarse en sillas que están a una distancia de 1,80 metros y no hay posibilidad de acercamiento físico.

Si alguien lo incumple, el policía penitenciario deberá levantar un informe y determinar si incurrió en una falta administrativa leve, grave o muy grave, siendo el mayor castigo la prohibición de ingreso al centro por hasta seis meses.

Rudy es un ejemplo de las privadas de libertad a las que su marido prefiere no visitarlas por el momento. “Él viene desde Liberia, (Guanacaste) de donde somos, pero dice que esta visita no le gusta, dice que cuando el covid se vaya, él viene. No sé dentro de cuánto volveré a verlo”, lamentó, aunque dijo que entiende perfectamente su decisión.

Eso sí, mientras llega el momento de reencontrarse en persona, Rudy y su pareja se aprovechan de la tecnología y, cada 15 días se ven las caras a través de las pantallas.

“El día lo define la administración, uno solo se anota. Le digo que siempre esté pendiente, porque si no contesta, pierdo la llamada y hay que esperar otros 15 días y es desesperante”, explicó.

Otra situación que cambió en las cárceles con la llegada del nuevo coronavirus es la suspensión de permisos especiales, como los que antes se daban para que los reos pudieran asistir con escolta a funerales de sus parientes de primer grado de consanguinidad. Ya eso no se permite, puesto que las salidas siguen prohibidas, salvo que sea una emergencia de salud o que deba asistir a una diligencia judicial.

Como estas son situaciones especiales y particulares, la directora Góngora puso a pensar a su equipo en cómo ayudar a la población a ser parte de la despedida de sus seres queridos.

“¿Qué significa que se le muera su mamá y que no pueda ir al entierro o a la vela o a la Morgue (Judicial)? Esa posibilidad no existe en este momento y hemos tenido que hacer otras cosas para humanizar el momento (...) Hemos transmitido entierros por WhatsApp, por Zoom o por Teams para que la privada vea el entierro y esté presente.

“Claro está que tenemos que echar mano de la colaboración de algún familiar de ella que esté en el sepelio. Pero eso hemos visto que es algo que les da consuelo”, dijo la funcionaria, quien no ocultó que son temas difíciles y que pueden generar enojo y frustración en la reclusa afectada.

Y en esos casos, donde está presente la desesperación, es cuando los policías penitenciarios entran en función, ya que ellos no solo son guardias, sino que también las ayudan como si fueran psicólogos y hasta doctores.

“La experiencia que he tenido de trabajar acá en la Vilma (Curling) es que los eventos de emergencia (motines) son mínimos, casi que ninguno. Al principio se daba situación de conflicto con la población porque no se le daba la atención correspondiente.

“Es decir, esta población es muy diferente a las otras. Es de mucha atención, es de sentarse a escucharlas y resolverles y, como las peticiones no están pegadas al cielo, se puede resolver. Entonces, eso nos ha ayudado a mantener la calma en el centro penal en un contexto tan complicado como el que vivimos”, apuntó el jefe policial Pablo Morales, quien tiene 18 años de experiencia.

Aislamiento sobre aislamiento

Rudy no tiene ni la menor idea de cuándo o cómo contrajo el nuevo coronavirus. Por más que lo intentó, no pudo dar ni una aproximación de fecha y, en parte, es porque no tiene relevancia; lo que sí importa “es que pude con él, mami”.

Recuerda, eso sí, que un día se levantó con dolor de cuerpo, dolor de cabeza y calentura. No sentía el sabor de la comida y tampoco olía nada. Cuando se lo comentó a una compañera se fue dando cuenta que todas se sentían así: mal.

Ellas esperaron que el policía penitenciario pasara por allí, mientras hacía la ronda, ya que el protocolo dicta que es a él a quien se le debe de comunicar para que alerte a los médicos del centro penal.

Entonces, cuando Rudy y sus compañeras fueron revisadas les confirmaron la sospecha: tenían covid-19 y quedaban aisladas por los siguientes 14 días o hasta que no tuvieran ningún síntoma.

“Yo solo pensé en que me iba a morir, que no iba a salir de esta”, contó.

De inmediato las pasaron a la capilla de la cárcel, una estructura de muchos años y cuya salubridad es cuestionable.

“Fue duro estar ahí, porque sí, toda el agua del baño se salía, los tubos de la pila estaban rotos, los trapos de la limpieza... tuvimos que llamar a los jefes (policiales) para que nos dieran cosas de limpieza. No teníamos dónde tender, entonces nos tuvimos que inventar mecates a punta de bolsas plásticas.

“Es duro, es desesperante, es muy triste. Estábamos enfermas y aisladas en un lugar donde las paredes lloraban frío, donde se metía el agua por las ventanas, donde teníamos un servicio sanitario para todas y éramos mucho más de diez mujeres.

“Hablamos con la directora porque estábamos mal no tanto ni por la enfermedad, sino por la falta de higiene”, acotó Mora, quien dijo que a partir de ese momento, les llevaron una refrigeradora pequeña, una lavadora y secadora, un microondas y un televisor para “no volvernos locas”.

Para esparcirse, también tenían acceso a un teléfono público por medio del cual podían llamar a sus familiares sin restricción de horario. “Pude hablar con mi marido y así él pudo apoyarme a lo lejos, fue importante sentirlo cerca, estando tan lejos”, aseguró Rudy.

Eso sí, por más enfermas o mal que se sintieran, las contemplaciones no existían. Ellas debían hacer su propio aseo y estar pendientes de que les trajeran todo lo necesario para limpiar. No hay compasión, mucho menos trato diferenciado.

Debían, además, estar pendientes de que los doctores llegaran a la capilla donde estaban para que las valoraran. “Cuando estuvimos aisladas, solo una vez llegaron los médicos y nos dieron pastillas que para el dolor de cabeza o para la calentura y ya”.

Por ese aislamiento sobre aislamiento que vivieron, las reclusas celebraron cuando las dieron de alta, en una fecha tampoco recordada, y les permitieron volver al módulo.

“Fue una alegría, fue entender que, aunque pensamos que no íbamos a poder, al final sí pudimos. Sobrevivimos y ahora estamos tranquilas, porque nos dijeron que, como ya nos dio, ya no nos puede volver a dar. Nosotras, a las que siempre nos ven por menos, pudimos con eso; podemos con todo”, expresó Rudy Mora.

Ahora, aseguraron las autoridades penitenciarias, las condiciones que les brindan a las reclusas contagiadas son “mucho mejores” que cuando recién comenzó esto. Para lograrlo han hecho equipo con los policías penitenciarios y con la doctora a cargo Sofía Guevara, quien ve a las mujeres con síntomas de covid-19.

Mientras los guardias usan los recuentos diarios para detectar si hay alguna reclusa enferma, la médico busca la manera de atender a privadas de libertad de una forma integral: no solo lo físico, sino lo emocional, que también se ve muy afectado.

“Esta es una enfermedad que no solo afecta tu cuerpo, sino también tu mente, así que trato de verlo de forma integral. Las escuchamos mi compañera enfermera y yo y tratamos de medicarlas en caso de insomnio o ansiedad.

“Era un asunto integral porque además teníamos que ver que las muchachas estaban en aislamiento con compañeras que no les caía bien o que recién fueron condenadas. Entonces, el tema emocional era igual de importante que el físico”, apuntó Guevara, quien detalló que en un momento llegaron a tener a 40 pacientes con covid-19 de forma simultánea.

El trabajo fue cansado y estresante, ya que consistía de una atención diaria tanto de aquella enfermas como de los nuevos ingresos que quedaban en aislamiento preventivo por 14 días.

Sobre estas últimas, Kattia Góngora detalló que hay 16 espacios para este fin y que ha sido particularmente difícil, ya que, en su mayoría, son mujeres en condición de calle y con fuertes adicciones a las drogas, “entonces en esta zona de aislamiento también viven toda la abstinencia de alcohol o lo que sea”.

“Eso mismo provoca que dañen el tele y los libros que hemos puesto para que la cuarentena sea más llevadera. Estar reparando esos equipos a cada instante, no deja de ser un problema para una institución que tiene pocos recursos”, dijo la directora.

‘El castigo más grande’

Hoy Rudy recuerda sus días con covid-19 como angustiantes, preocupantes, desesperantes. Y, en un punto, aseguró que hasta aceptó la muerte como su futuro muy cercano. “¿Cómo nos íbamos a defender de eso estando aquí? Pensábamos que no teníamos cómo”.

No obstante, en el camino, ella y el resto de reclusas se percataron que en la unión, está la fuerza y así pudieron sobrevivir.

Ahora, meses después de superar la enfermedad, se siente bien, tranquila. Siente que puede con todo; se siente fuerte. Sin embargo, la covid-19 siempre estará en su mente porque, si bien el solo hecho de estar presa es difícil, aseguró que lo más duro fue estar lejos de su familia en medio de una pandemia.

“No hay condena que lo alcance. Esto fue el castigo más grande en mi vida”, concluyó Rudy.

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