Isabel Gamboa Barboza. 13 febrero

Crecí rodeada, literalmente, de depredadores sexuales que me acorralaban, siendo una niña, en cada centímetro que ocupaba: cuando iba a traer la leche, a limpiar casas de particulares y casas de curas, al mercado, a la escuela, a coger café; cuando estaba en mi casa y cuando estaba en la calle. Todos ellos eran hombres conocidos por depredar sexualmente a niñas y adultas y nadie hacía nada, a lo más, ponerles un mote “gracioso”.

Recuerdo que un niño al que “yo le gustaba” me tiró potasa en la cara porque lo rechacé e impedí que me besara. ¡Un niño que, aunque niño, ya había aprendido que él valía más que yo y podía disponer de mi cuerpo de cualquier forma!

Cuando iba a clases al Colegio Nocturno de Puriscal, lo hacía con una cuchilla herrumbrada en una mano y el corazón congelado del terror de que me “saliera un hombre”, todas las noches, durante cinco años, cada noche.

Recuerdo también, por decir solo algo más, que un jefe que tuve en el entonces Minae me saludaba besándome en la boca, delante de todo el mundo, hasta el día cuando me metió la lengua y no recuerdo cómo logré hacerlo, pero conseguí huirle en cada actividad.

Son muchas más. Durante mis muchos años como profesional en Sociología, he trabajado con cientos de mujeres en algunos países de América Latina, mujeres de diversa condición socioeconómica, y puedo asegurar que la gran mayoría de ellas ha sufrido algún tipo de violencia sexual.

Como mujer, a punta de ser entrenada y arrasada, integra rápidamente un sentido de humillación, de “estate quieta o te quiebro más”, de cristiana resignación y de devoción a los hombres, a cualquier hombre. Por eso tantas mujeres salen a defenderlos cuando son denunciados.

Por eso, la violencia sexual contra nosotras es tan contundente y eficaz y se da en medio de un silencio generalizado, con el acuerpamiento de una familia, un pueblo o de todo un país que calla, se vuelve cómplice y facilita la persecución de las mujeres.

Estamos viviendo un ejemplo de ello: ahora que fue denunciado un expresidente, se dice que “todo el mundo sabía que él hacía eso”, supuestamente. Así, las mujeres nacemos en un terreno de caza con las piernas, las manos y la boca amarradas.

Por eso, cada cierto tiempo pienso y digo: ¡Qué mérito extraordinario tenemos las mujeres de seguir en pie, de hacer cosas y de dar la batalla como guerreras! Como lo hizo primero Xiomara Villegas Badilla, cuando se enfrentó al entonces diputado Federico Tinoco y lo venció demostrando que era un acosador y como lo hace ahora Alexandra Arce von Herold. Ambas son nuestras heroínas; ellas y nosotras, todas nosotras, somos el #MeToo de Costa Rica.

La autora es docente e investigadora de la Universidad de Costa Rica.

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