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Sindicalismo revolucionario

A la luz de las más recientes experiencias en otros países, es imposible para los sindicatos seguir tapando el sol con un dedo.

28/09/2018 Casa Arzobispal, San José. Inició la última reunión de negociación, entre el gobierno y los sindicatos con la mediación de la Iglesia Católica, que busca una solución definitiva al movimiento de huelga por el proyecto de reforma fiscal. Manifestantes se acercan a las afueras de la Casa Arzobispal. Foto Jeffrey Zamora
28/09/2018 Casa Arzobispal, San José. Inició la última reunión de negociación, entre el gobierno y los sindicatos con la mediación de la Iglesia Católica, que busca una solución definitiva al movimiento de huelga por el proyecto de reforma fiscal. Manifestantes se acercan a las afueras de la Casa Arzobispal. Foto Jeffrey Zamora Jeffrey Zamora R

Dudo mucho que los líderes sindicales, o alguno de sus epígonos, se hayan tomado la molestia de leer al político y agitador francés Georges Sorel (1847-1922) uno de los creadores del llamado “sindicalismo revolucionario”, pero lo que sí considero evidente es la coincidencia de sus acciones con las prédicas de ese agitador, quien en los últimos años de su vida, y por cierto con grave inconsecuencia de su parte, celebró con alegría y optimismo la implantación en Rusia del régimen soviético, aunque, desde luego, no tuvo la oportunidad de presenciar su trágico desplome.

En su Reflexions sur la violence, Sorel proclamó un verdadero culto a la violencia ideológica, guiada por el mito de la “huelga general”. Nada de campañas electorales. Nada de socialismo parlamentario ni interpelaciones a ministros ni congresos de partidos. Nada de “astucias de apache”, como las calificaba, en su pintoresco lenguaje mediante el cual defendía un sindicalismo revolucionario que, con total independencia de los partidos políticos, debía, según él, transformar violentamente a la sociedad.

Lo propio de los sindicatos, lo único serio para Sorel, era la acción violenta y directa para controlar a los obreros. Como puede verse aquí, se proponía un camino totalmente distinto al de los partidos políticos y mostraba un total menosprecio por la representación parlamentaria y por la figura del presidente de la República.

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