Olga Rodríguez Chaves. 5 febrero

El 12 de octubre de 1936, en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, mientras se celebraba la fiesta nacional de España en territorio bajo el control franquista, se suscitó una discusión entre el general Millán Astray y el rector del centro educativo, el filósofo y escritor Miguel de Unamuno.

El profesor Francisco Maldonado (según el historiador inglés Hugh Thomas) pronunció un visceral discurso de elogio al fascismo y condenó los nacionalismos, y dijo que esos debían ser extirpados como cánceres de un cuerpo sano. Unamuno, quien vivía los meses finales de su larga y prolífica existencia, sin temor a las represalias de la soldadesca presente, con voz tranquila dijo: “Sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”. Al seguir sus palabras, los legionarios encabezados por su comandante Astray trataron de interrumpirlo gritando “¡Muera la inteligencia!”, “¡Viva la muerte!”.

Me uno al clamor de la comunidad internacional para que en Venezuela vuelva a reinar el imperio de la ley

Ante esa insensatez, el noble anciano respondió: “Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis porque para convencer hay que persuadir”.

Aunque otros historiadores dicen que Thomas se tomó algunas licencias literarias para describir ese acontecimiento, lo cierto es que el poder instintivamente le teme a la cultura como el animal al fuego. Todos los dictadores, cualesquiera sean sus posturas ideológicas, o bien tratan de exterminar a la clase intelectual o bien de manipular a su favor a los intelectuales que se dejan prostituir a cambio de prebendas.

La cultura. Como tristes recuerdos están las hogueras de libros en la Alemania nazi y los gulags donde eran confinados los disidentes (muchos del ámbito cultural) en la Rusia soviética. En América Latina, también hemos visto regímenes totalitarios de derecha e izquierda perseguir a la clase intelectual opositora o han comprado sus conciencias. También en nombre de la seguridad nacional gobiernos democráticos y legítimos han pretendido coartar la libertad de expresión y conocimiento valiéndose de peligros reales o inventados, o, peor aún, de conveniencias.

En un mundo como el de hoy, donde acaparan la atención pública las rutilantes figuras del espectáculo, del deporte o la política casi siempre por su escandalosa vida, hay profesionales que se enfrentan a la inmensa labor de resguardar el patrimonio cultural de la humanidad y ponerlo a disposición de todos. Esos héroes anónimos son los bibliotecarios. Ante ellos los tiranos tiemblan porque saben que en cada libro se puede esconder un verdadero ejército de ideas libertadoras para sus pueblos subyugados.

En momentos en que Venezuela vive uno de sus más trágicos momentos, evoco la figura de una gran mujer de ese país, a quien conocí en 1994: Virginia Betancourt Valverde, nacida en San José en 1935 e hija del dos veces presidente de esa nación, acérrimo enemigo de dictadores, Rómulo Betancourt, y de Carmen Valverde.

Virginia Bentacourt fue directora de la Biblioteca Nacional de Venezuela, fundadora en 1961 del Banco del Libro, creadora del Sistema Nacional de Bibliotecas de Venezuela y promotora de la ley de bibliotecas de su país. Su obra escrita y su impulso a la cultura le han valido el reconocimiento de la Unesco y de diversos gobiernos, como el de Francia y Noruega, profundamente identificados con la idea de que solo los países educados progresan sin sacrificar los más elementales derechos humanos.

Las noticias de estos días nos muestran a un dictador acorralado cuyo verbo cada vez es más viperino. Nos muestran a un Nicolás Maduro que repite como una máquina eslóganes patrioteros y antiimperialistas, sin inmutarse ante el sufrimiento profundo de su pueblo. Un sátrapa quien jamás en sus largas y monotemáticas alocuciones cita a ningún escritor, probablemente porque nunca ha leído un libro y, porque como todo autócrata, se conforma con las migajas que son las adulaciones de su entorno.

Me uno al clamor de la comunidad internacional para que en Venezuela vuelva a reinar el imperio de la ley. Para que nunca más tenga que sufrir el yugo de una dictadura, para que la obra de Betancourt Valverde sea dimensionada en su justo valor y en la Venezuela que se avecina se abran más bibliotecas públicas que cuarteles.

Hago mías las palabras del escritor venezolano Rómulo Gallegos, quien cierra su obra cumbre Doña Bárbara con esta frase: “¡Llanura venezolana! ¡Propicia para el esfuerzo, como lo fue para la hazaña, tierra de horizontes abiertos, donde una raza buena, ama, sufre y espera!”.

La autora es directora de la Biblioteca Pública de Palmares.