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¡No debemos ‘jugar de casita’ en la escuela!

Los méritos personales, el esfuerzo, la curiosidad y la inventiva individual y colectiva van primero

Todo sistema educativo moderno, y que se jacte seriamente de serlo, debería perseguir como objetivo primordial la eliminación tajante e incondicional de toda diferencia entre las condiciones inmerecidas y las condiciones merecidas entre los niños y jóvenes estudiantes.

Pero ¿qué se entiende por condiciones inmerecidas y merecidas? «Grosso modo», las primeras son todos aquellos rasgos del individuo que le son propios al nacer, que están determinados con antelación. Por ejemplo, pertenecer a cierta clase económica, poseer un apellido, tener arraigo en alguna etnia o nación, etc. En otras palabras, las condiciones que constituyen lo que el filósofo español Antonio Escohotado define como relaciones involuntarias.

Por su parte, las desigualdades merecidas, o relaciones voluntarias, son fruto del esfuerzo y la voluntad del individuo por diferenciarse de sus congéneres, por ejemplo, ser liberal o conservador, elegir cierto grupo religioso o un partido político.

De este modo, bajo un sistema educativo férreo y no discriminatorio, al suprimirse las condiciones diferenciales, ni la cuna ni la familia deberían determinar, ni tampoco intervenir, en la formación académica y, al mismo tiempo, ilustrada de los ciudadanos libres de la nación.

Así, la escuela se constituiría en el lugar neutral por antonomasia, en donde los individuos civilizados comprenden y asumen sus deberes y derechos, los cuales les obligan a respetar los compromisos mutuos necesarios para la concreción del contrato social expresado en las leyes.

Es importante resaltar que no hay nada nuevo al respecto. Históricamente, este modelo educativo fue el corolario inmediato de la Revolución francesa, del movimiento ilustrado y, más tarde, ejecutado con cierta malicia por el Estado napoleónico laico, contagiando de esta novedosa experiencia educativa al resto de la Europa liberal, culta y progresista de principios del siglo XIX.

El objetivo era claro y contundente: sacar al niño del calor del hogar para depositarlo en una institución en donde ya no debería ser trascendente quién es o de dónde viene. Por el contrario, su valor social estaría determinado por lo que puede hacer o aprender, necesariamente ayudado y apoyado por un sistema que le brinde las condiciones de enseñanza y aprendizaje indispensables para el desarrollo de las actividades propias de la instrucción cívica.

De esta forma, el infante se reconocerá como alguien más importante que el ombligo de su familia y solo así podrá ser genuinamente estimado y justamente valorado por sus conciudadanos.

Para que los futuros ciudadanos se conviertan en seres conscientemente sociales, en miembros ilustrados de la polis, lo favorable o desfavorable de sus condiciones iniciales debería pasar a un segundo plano.

Así, en esta escuela, los méritos y esfuerzos personales valdrían mucho más que un apellido o una fortuna, y, claramente, transformarían las condiciones de pobreza material y marginación en posibilidades de desarrollo personal para aquellos jóvenes cuyas condiciones no merecidas los colocan en desventaja.

Tal vez algunos pensarán que esta escuela es utópica, que se queda en las palabras, que es como un juego imaginario para ilusos, como el infantil juego de casita. Sin embargo, basta con mirar el informe sobre educación de los países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCE) para constatar que esa escuela es toda una realidad.

En países altamente desarrollados (Japón, Suecia, Dinamarca y los Países Bajos, por ejemplo), el modelo educativo local está diseñado bajo esta filosofía educativa: los méritos personales, el esfuerzo, la curiosidad y la inventiva individual y colectiva van primero; todo lo demás viene después.

Como vemos, en estos sistemas no se premia por premiar, sino, por el contrario, se reconoce y resalta el mérito de un esfuerzo de superación personal. Tampoco brilla quien «debería» brillar, sino quien despierta la admiración y el respeto de sus formadores y vecinos, pues todos estos pueden identificar en aquel un rasgo (bien) diferenciador: tiene unas cartas y las juega, pues no lo distraen ni la pereza, ni la envidia, ni las ganas de jugar por jugar.

Esa escuela está todavía por construirse en Costa Rica. Así, ¡que manos a la obra!

barrientos_francisco@hotmail.com

El autor es profesor de Matemáticas.

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