13 agosto, 2015

Existe la tendencia a afirmar que el tiempo no alcanza para todo lo que hay que hacer, decir, sentir, pensar, leer. De repente, la vida se escurre veloz, las nuevas generaciones toman el relevo y nos sorprendemos en la medianía de nuestras vidas con una lista de sueños a medio cumplir o simplemente abandonados.

Los amores de ayer no significan lo mismo y el ritmo vertiginoso de los procesos productivos impone su dictadura para poder cubrir las necesidades inmediatas y, ocasionalmente, algo parecido al confort.

La información que se recibe de manera constante excede en mucho la capacidad humana de profundizar y enfocar en su totalidad los estímulos que llegan a los sentidos.

Un mecanismo cognitivo de adaptación consiste en seleccionar los datos y proceder a catalogarlos para formar grupos de significados que permitan entender la realidad cambiante y, por tanto, reaccionar rápidamente por el poco tiempo disponible ante tanta demanda sensorial.

Precisamente, el primer paso que lleva a la aparición de los estereotipos es el simple acto perceptivo de la categorización, que significa colocar en un grupo a un objeto, una persona, un animal o un estímulo.

La categorización es un proceso cognitivo básico y automático que cumple una enorme función de adaptación en nuestros esfuerzos por afrontar un mundo complejo. Catalogamos a las personas en grupos, por sexo, etnia, origen nacional, edad, ocupación y muchas otras variables.

Este proceso es automático y damos por hecho que la totalidad del grupo comparte ciertas características peculiares. Sin embargo, estas simplificaciones son inexactas con la mayor parte de los grupos humanos y puede servir de base para perpetuar prejuicios e injusticias.

Los estereotipos no solo nos influyen cuando somos parte del colectivo que lo sufre, sino que lo hace cuando, sin ser parte de dicho grupo, interaccionamos con sus miembros.

Un ejemplo es el estereotipo que afecta a las personas obesas. Los prejuicios derivados de este pueden repercutir incluso en el tipo de cuidados que reciben por parte de sus médicos y del personal sanitario.

Estos últimos pueden, de manera no intencionada, hacer sentir a los pacientes poco respetados, o incluso no bienvenidos, lo que perjudica la calidad de la visita médica o genera que los pacientes con obesidad reduzcan sus visitas a la consulta médica.

Los prejuicios, por su parte, provienen de los estereotipos. Son la actitud que adoptamos con base en los estereotipos disponibles (Crandall, CS. 2011). En el prejuicio existe una antipatía basada en una generalización incorrecta o inflexible, se deja de lado a la persona individual y se le inserta en una categoría, con ello se le suprime e invisibiliza.

Los prejuicios sesgan contra (o a favor) de la gente únicamente porque se les identifica con un grupo. Los estereotipos conllevan una actitud y, como tal, comprenden sentimientos, predisposiciones y cogniciones o creencias.

En definitiva, los estereotipos son las creencias que se tienen sobre un grupo y los prejuicios son las actitudes, en la mayoría de los casos negativas, que se adoptan hacia ese grupo social en concreto debido precisamente a dichos estereotipos.

Un estudio anglosajón reveló que un jurado puede declarar culpable más fácilmente a una persona si esta lleva tatuajes faciales (Funk, Friederike. 2013).

Función justificadora. Una de las características de los estereotipos es su gran resistencia al cambio, ya que, incluso, pasan de generación en generación y despiertan expectativas que no se modifican a pesar de disponer de más información.

Se sabe que pocas cosas cuesta tanto cambiar como la mentalidad. Prueba de ello es la actitud de algunos sectores que niegan el cambio climático del planeta a pesar de la abrumadora evidencia científica que lo demuestra.

Otra función de los estereotipos es la justificadora, se da al utilizarse los estereotipos para crear y mantener creencias grupales que son aprovechadas para sustentar diversas formas de acción colectiva y formas ideológicas. Ejemplo: afirmar que la mujer pertenece a su casa y no debe frecuentar ciertos sitios.

Evidentemente, el discurso patriarcal subyace detrás de esa supuesta verdad reforzada por el estereotipo, y cualquier conducta que se pueda considerar una infracción será severamente castigada por quienes pretenden conservar un orden que no es necesariamente racional.

Jaime Robleto es abogado.