Paolo Araya Muñoz. 29 enero
Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Foto AFP
Nayib Bukele, presidente de El Salvador. Foto AFP

Vivimos una realidad «democrática» que no cuestionamos, y quien lo haga será tildado de traidor a la patria. La reacción deriva posiblemente de aquella «democracia rural» heredada de nuestros antepasados desde el siglo XVI. Ser ticos es ser democráticos.

El experto en democracia Larry Diamond muestra con cifras y ejemplos que desde hace 15 años experimentamos una tercera ola de recesión democrática global. Algo impensable, pero real, en pleno siglo XXI.

El mundo sigue dando tumbos y cada pueblo, región y cultura ha tenido que escarmentar en cabeza propia, con serios desatinos y hasta catástrofes económicas y sociales derivadas de la incapacidad de hombres y mujeres para consolidar un modelo estable que proteja a la ciudadanía de su propia vulnerabilidad, egoísmo e incompetencia. Siria es el caso que lo confirma.

La inestabilidad democrática es patente en Latinoamérica. En los últimos 50 años dictaduras de derecha e izquierda han subido y bajado del poder, con las excepciones de Costa Rica y Uruguay.

Países como Bolivia, Ecuador, México, Perú, Brasil, Argentina, Chile y Guatemala han sufrido graves momentos de inestabilidad política, corrupción institucional y el riesgo latente de cúpulas o fuerzas militares queriendo detentar el poder. Ni hablar de Cuba, Nicaragua y Venezuela, que son capítulo aparte.

Cultura cívica en otras latitudes. Podría pensarse que en África y Oriente Próximo están acostumbrados a los regímenes autoritarios, pero no es así.

Como señala el Asian Barometer 2014-16, en Argelia, Irak, Jordania, Kuwait, Marruecos, Sudán, Túnez y otros tienen una noción clara de la democracia. Lamentablemente, no hay opciones políticas, pues el poder lo ejercen pequeñas élites corruptas. Sumado a lo anterior, la baja escolaridad y excesiva disparidad económica impiden al común acceder a recursos, información y medios para exigir resultados diferentes a sus gobernantes.

La Primavera Árabe, que sigue sin resolver las demandas de los movimientos civiles, es fiel reflejo de que la ciudadanía anhela oportunidades, libertad e independencia, pero no tiene representación en la política, y aunque en algunos países celebran votaciones, los regímenes híbridos, denominados «autoritarismos electorales», violan las normas más elementales del Estado de derecho.

Valores asiáticos. Por su herencia taoísta, budista y confusionista, allá se insta a ceder el poder y las libertades individuales a quien sea leal, piadoso y digno de dirigir los destinos de la colectividad, lo cual dificulta todo intento de instaurar la democracia.

Encuentran ilógico que personas emocionales, irracionales e incapaces sean responsables de elegir a sus líderes.

Además, consideran que la democracia incentiva las diferencias identitarias, con lo cual se promueven los conflictos étnicos, religiosos, lingüísticos y tribales. No es de extrañar que Japón sea la única nación asiática democrática.

China, régimen de opresión totalitarista, confunde a los más ingenuos al mostrarse al mundo como modelo económico, mientras aplasta a su población y viola abierta y descaradamente las libertades fundamentales.

Por sí sola representa el mayor de los peligros para las democracias occidentales, por la forma como ha manejado durante los últimos 20 años los hilos de la diplomacia global, su hábil intromisión económica en Europa, Norteamérica y Latinoamérica, y en especial su absoluto protagonismo dentro de los organismos internacionales a través de los cuales logra (últimamente con bastante suceso) penetrar sin dificultad por encima de la constitución política de las naciones de Occidente e imponer sus ideologías.

Nuestro propio patio. En nuestro caso resultaría inaceptable como país permitir injerencia extranjera, de naciones o de organismos que atenten contra nuestra soberanía y pretendan pisotear nuestra Constitución. Dicho de otra forma, coquetear con fuerzas totalitaristas y ajenas a nuestra idiosincrasia y cultura de paz.

Haciendo un análisis comparativo global, Costa Rica sobresale por pertenecer a una categoría de consolidación democrática denominada «democracia liberal».

La sociedad manifiesta su autoridad a través de lo que se denomina soberanía popular, con la cual ejerce control sobre quienes gobiernan y su gestión para que actúen con efectividad.

Simultáneamente, el entramado institucional facilita dispersar el poder, disminuye el riesgo de corrupción en la función pública y promueve la competencia entre entidades e instituciones.

De una forma natural, los costarricenses —hombres y mujeres— gozan de libertades de expresión, prensa, asociación, movimiento, pensamiento, credo, religión, lenguaje e incluso de manifestarse o protestar pacíficamente sin temer represalias.

La cultura cívica se manifiesta a través de la creencia en la legitimidad del sistema democrático, leal a la Constitución Política, hombres y mujeres que conocen sus deberes y obligaciones ciudadanos, que participan en el proceso electoral y respetan su desenlace; cuestionan, pero respetan la autoridad y condenan actos de intolerancia y violaciones a las normas constitucionales.

Solo hay un detalle: ¿Realmente participamos en el proceso electoral? Usted, ¿qué piensa?

El autor es administrador.