Miguel Valle Guzmán. 29 septiembre

Las múltiples funciones del Estado son sufragadas mediante impuestos. Cuando la carga impositiva resulta demasiado excesiva o desproporcionada, el contribuyente se siente desalentado y la economía se contrae, con grave perjuicio para todos.

Si los impuestos son insuficientes y las funciones encomendadas al Estado dejan de cumplirse, o se cumplen inadecuadamente, el panorama también se complica y desfavorece a ambos sectores.

En buena teoría, la necesidad del Estado de disponer de los medios necesarios para la correcta consecución de sus fines y los del contribuyente, consciente de su obligación de contribuir, sin tener que soportar una carga opresiva, deberían ser perfectamente conciliables. Desafortunadamente, esto, que en teoría resulta lo más conveniente, en la práctica se complica por intereses desorbitados que se mueven en uno y otro sector, pero, especialmente, en ciertos grupos sindicales enquistados dentro del aparato estatal, que, sin parar mientes en el daño a la economía del país, irreflexivamente pretenden elevar sus salarios y beneficios de toda clase, bajo amenaza de huelga y otras medidas de coerción, como las que hemos tenido que soportar en los últimos tiempos.

Leyes de Parkinson. El conocido autor Cyril Northcote Parkinson (1909-1993), historiador y economista inglés, quien supo revestir de un fino humor todos los asuntos que trató en su larga vida, dejó plasmadas sus reflexiones sobre los más variados temas en cortas sentencias a las cuales denominó “leyes de Parkinson”.

En un librito titulado Cuidado con los impuestos, advierte que la exacción tiene un límite y que del desconocimiento u olvido de este pueden derivarse numerosos males y evidenciar que una carga moderada de los tributos y su correcto manejo, muchas veces, ha resultado de general beneficio.

Las manifestaciones más llamativas de ineficiencia, por lo general, no provienen de la falta adecuada de fondos, sino del aumento desmedido de la burocracia, de la duplicidad de funciones en el Gobierno y de no haberse planteado puntualmente cuáles son los objetivos que se pretenden alcanzar.

La segunda ley de Parkinson advierte que en el sector público los gastos se elevan hasta nivelarse con los ingresos. A la inversa, por grande que sea la recaudación, los funcionarios sentirán siempre la apremiante necesidad de consumirla toda, y crearán nuevos puestos de trabajo, “incentivos salariales” y toda clase de “gastos administrativos”.

En tanto, los contribuyentes del sector privado no programan sus gastos, tanto personales como administrativos, en función de lo que les gustaría disfrutar, sino del ingreso que efectivamente pueden obtener de su trabajo o industria. En pocas palabras: los ciudadanos responsables no incurren en gastos superfluos pretendiendo gastar lo que no tienen.

Universos cerrados. Como tirios y troyanos, reconocen que los ingresos del Estado provienen de los gravámenes que soportan, en distintas proporciones, las actividades económicas que llevan a cabo los contribuyentes en un sinnúmero de niveles.

Todas ellas, en términos generales, están sometidas a un mismo régimen tributario, lo cual es justo, puesto que el problema de la economía es uno e indivisible. Sin embargo, en lo tocante a las instituciones publicas y sus distintos departamentos, no se observa el mismo principio: cada una de ellas se considera un universo cerrado y, por lo tanto, sujetas a distintos regímenes salariales, establecidos en disímiles convenios con los beneficiados.

Esta forma de proceder consagra una actitud irresponsable de los defensores de intereses sectarios, quienes rehúsan considerar el problema salarial en forma integral. Como lo recuerda Parkinson: cuando a los adultos se les permite actuar como niños, acaban comportándose en forma infantil.

Los empleados de todos los rangos pierden con frecuencia la correcta perspectiva de sus funciones y, en vez de considerarse servidores del país, anteponen sus intereses a los de la institución a la que están obligados a servir.

Cuando los individuos y las empresas del sector privado hacen su cálculo de egresos para el próximo período, correlativamente estiman cuál debe ser el monto total del ingreso del que pueden disponer. En otras palabras: dentro del sector privado, nadie pretende gastar lo que no tiene.

El primer gobierno, nos dice Parkinson, que decida enfocar el problema partiendo de ese mismo punto de vista y controle las acciones antipatrióticas de algunos dirigentes sindicales habrá llevado a cabo una benéfica revolución en las finanzas públicas.

El autor es abogado.