Isabel Yung. 27 septiembre

China es un gigante en constante cambio y de eso ha sido testigo mi familia a lo largo de los años. En marzo, visitamos Jinjiang, en la provincia de Fujian, y no pude evitar recordar como ese mismo viaje hace unas décadas me tomó varias horas en autobús y, luego, otras tantas en bicicleta a través del campo para llegar a nuestro destino.

Los caminos, una vez agrestes y escarpados, se han convertido en modernas y espaciosas carreteras de asfalto. Desde Xiamen hasta el campo, se tarda menos de una hora en automóvil y los fangosos campos del pasado se han convertido en parques; las humildes casas y pequeñas construcciones han sido reemplazadas por altos edificios.

El país ha dado los pasos necesarios para ponerse de pie, hacerse próspero, moderno y fuerte; el pueblo chino ha dado el salto para pasar de ser una sociedad pobre con alimentos y ropa insuficientes para su gente, a una sociedad acomodada y próspera.

Jinjiang era una zona rural azotada por la pobreza hace 40 años; ahora, es una de las áreas más dinámicas de la economía privada del país, durante 17 años ha estado entre los 10 primeros puestos de desarrollo de los distritos del país. La Experiencia Jinjiang, formulada en el 2002 por el presidente, Xi Jinping, quien era gobernador de la provincia de Fujian en aquel entonces, está constantemente generando estos “nuevos milagros”.

El desarrollo de China es claramente palpable, ya sea que uno se encuentre en la costa sureste, como en Jinjiang, donde la economía privada está en auge, o en el suroeste del país, como en Guizhou, pujante centro de electrónica, macrodatos y computación en la nube.

Desarrollo acelerado. Es notable que tanto progreso y crecimiento se haya dado en un periodo relativamente breve de 70 años, que han transcurrido desde la fundación de la República Popular China. Siete décadas han bastado para llamar la atención y ganar la admiración del mundo.

La economía ha pasado de un Estado agrario y semicerrado a ser la segunda más grande del mundo, el país industrial más grande del orbe, el mayor comerciante global de bienes y la mayor reserva de divisas. China también es el segundo receptor de inversión extranjera y el tercer inversor extranjero globales.

La tasa de crecimiento económico anual promedio entre 1978 y el 2018 alcanzó el 9,5 %, muy superior al 2,9 % de la economía mundial. La contribución de China al crecimiento económico mundial alcanzó el 30 %.

China promueve activamente la construcción de una economía mundial abierta, construye una comunidad de destino para la humanidad, impulsa la reforma del sistema de gobernanza global, claramente se opone al hegemonismo y contribuye, con su talento y apoyo, a los programas para la paz y el desarrollo mundiales.

La iniciativa La Franja y la Ruta y el establecimiento del Banco Asiático de Inversión en Infraestructura muestran que la posición de China en el sistema económico y comercial internacional se ha tornado cada vez más prominente y, gradualmente, en una destacada promotora de la globalización.

Mejora social. Desde la fundación de la República Popular China, y en especial a partir de los programas de reforma y apertura iniciados hace unos 40 años, la vida de las personas ha mejorado continuamente. La población afectada por la pobreza en China ha disminuido en 740 millones y la incidencia de la pobreza ha disminuido en 94,4 puntos porcentuales; China ha escrito así un capítulo glorioso en la historia de la lucha contra la pobreza.

El país ha dado los pasos necesarios para ponerse de pie, hacerse próspero, moderno y fuerte; el pueblo chino ha dado el salto para pasar de ser una sociedad pobre con alimentos y ropa insuficientes para su gente, a una sociedad acomodada y próspera, capaz de brindar una vida digna a sus ciudadanos.

Por mi herencia china, me siento muy orgullosa del milagro económico y social de mi país. Es un ejemplo para otras latitudes en beneficio de todas las personas.

La autora es presidenta de la Asociación Colonia China en Costa Rica.