Álvaro Salas Chaves. 19 marzo

“Llegará el día en que un estornudo en oriente provocará un cataclismo en occidente”, manifestó la Dra. Libia Herrero en una charla sobre los virus, en la Universidad de Costa Rica, hace algunos años. Pues ese día llegó.

Son muchas las lecciones que nos deja el coronavirus. No se necesita vivir colmados de aparatos tecnológicos para ser felices, no es necesario el consumo exagerado.

Si el ataque y la destrucción de las Torres Gemelas variaron la organización y los esquemas de seguridad del transporte aéreo mundial, el coronavirus trastornará los sistemas políticos y sociales; los esquemas económicos, como la globalización; y los suministros y transporte de personas y carga del mundo.

Los personajes poderosos, como reyes, príncipes, presidentes, generales, jefes de ejércitos, actores, primeros ministros, sacerdotes, médicos, enfermeras, cantantes, pobres y ricos, absolutamente todos, tenemos las mismas probabilidades de enfermar y morir, como cuentan los medios continuamente.

La pandemia, sin estar, o estando, en la agenda secreta de los poderosos de Washington, Moscú o Pekín ha venido a transformarlo todo. El planeta fue uno antes y será otro después de la pandemia.

Ejemplo concreto es la cuaresma, la época más sagrada de la cristiandad, suspendida en pueblos y ciudades del mundo católico. Igualmente, el peregrinaje a la Meca. Aquellos millones de musulmanes caminando en círculos en los sitios sagrados del islam han desaparecido de la televisión. De igual manera, las celebraciones ancestrales del judaísmo se llevan a cabo en los hogares y pueden ser seguidas por la televisión religiosa e Internet.

La cancelación de los cursos presenciales en las universidades europeas, estadounidenses y las nuestras demuestra que, en adelante, la enseñanza deberá ser rediseñada con un gran componente de elementos pedagógicos a distancia, ya sea para estudiar en la casa, un quiosco o la biblioteca, no por los libros que contiene esta última, sino por los espacios y la conectividad. Las enormes ciudades universitarias, los costosos y vistosos auditorios y las salas magnas serán historia.

Telemedicina. Los servicios de salud serán, en un alto porcentaje, organizados en forma ambulatoria y a distancia, igualmente. Los pioneros de la telemedicina sienten hoy que es su oportunidad, que les llegó el momento tan esperado. Se habían abierto camino casi a codazos en la tradicional y ancestral forma presencial de practicar su profesión.

Es posible que grandes contingentes de pacientes sean diagnosticados, tratados y seguidos clínicamente vía televisión o sitios web especializados, o por otros medios aún inexistentes para desarrollar el componente de capacitación y educación de los pacientes. Vendrán nuevos algoritmos, aplicaciones y equipos sencillos adaptables a los teléfonos y a las computadoras caseras o centros de trabajo.

Como dijo el presidente francés, Emmanuel Macron, queda claro que los servicios de salud no pueden ser un producto del mercado. Deben estar organizados y financiados por el Estado. Es el único con la capacidad de respuesta, oportunidad y preparación para entrar en la batalla.

El gobierno español decretó ya la integración de los sistemas de salud públicos y privados de Madrid para dar abasto con la inmensa demanda insatisfecha que se ha generado.

Las empresas de entrega de comida y paquetes a domicilio evolucionarán a transporte autónomo con base en drones diseñados para el traslado de muestras de laboratorio y para llevar medicamentos delicados, que ya existen, pero se han desarrollado en forma tímida. Toda la información biomédica entre médicos y pacientes será canalizada por la web de cada institución de salud y de seguros.

Las empresas de telecomunicaciones y apps médicas y de laboratorio estarán fabricando cientos de nuevos dispositivos para los teléfonos, las tablets y las computadoras para evitar el traslado masivo de personas a los hospitales y centros de salud.

Al transporte público, ahora sí, ya no podrán contenerlo más, será autónomo y llevado a cabo en vehículos no contaminantes. Lo que está sucediendo en Pekín no tiene parangón en la historia de la humanidad. El cielo azul se empieza a ver nuevamente. El color amarillo sucio, denso, maloliente, está siendo barrido por el viento y, por primera vez en muchos años, los chinos empiezan a entender por qué su nación fue conocida como el Reino Celeste.

Creatividad. ¿Qué haremos con el desempleo que se generará? A pensar. Llegó el tiempo de pensar, de investigar, de tratar, de imaginar, de soñar. Todo se vale.

Los mercados de valores tendrán que buscar nuevas opciones. Llevamos ya dos semanas de las peores pérdidas en la bolsa desde la Segunda Guerra Mundial.

Las aerolíneas reportan pérdidas milmillonarias, los aviones están en tierra y cuesta una fortuna mantenerlos sin que exista siquiera una fecha aproximada para reanudar las operaciones.

El fantasma del desabastecimiento de productos básicos alimenticios y de uso doméstico se observa en todos los países. Las personas acaparan como si no fuera a existir el día después.

Son muchas las lecciones que nos deja el coronavirus. Son muchas las enseñanzas para la vida diaria. No se necesita vivir colmados de aparatos tecnológicos para ser felices, no es necesario el consumo exagerado.

No debe continuar el desperdicio mientras millones no tienen nada que comer. La solidaridad humana y el apoyo mutuo han demostrado nuevamente ser más necesarios que todo lo demás.

El autor es exministro de Salud.