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Foro: Después de Altamira, todo es decadencia

El majestuoso arte de hace 18.500 años y la frase atribuida a Pablo Picasso.

Cada viernes por la mañana, una multitud nerviosa se aglomera en el vestíbulo del Museo de Altamira, en España. Con sus entradas en la mano, esperan con ansias el sorteo que les permitirá admirar las auténticas pinturas rupestres de la cueva; la “Capilla Sixtina” del Paleolítico superior, de hace 18.500 años. Muchos viajaron miles de kilómetros con la esperanza de ser los elegidos.

A las 10:40 de la mañana, se inicia el sorteo. La guía saca cinco boletas de la urna y lee los nombres de los afortunados. Los favorecidos levantan los brazos como si hubieran ganado la lotería. No importa la nacionalidad, el sexo, la condición o qué tanto esfuerzo o dinero haya tomado llegar hasta ahí; el sorteo es implacable. Solo cinco visitarán la cueva. Es el ritual de Altamira y debe cumplirse al pie de la letra.

Antes de adentrarse, el guía les explica sobre el daño causado a las pinturas por la respiración, el sudor, la saliva e incluso el tabaco de los millones de personas que visitaron la cueva en el pasado y que obligaron a cerrarla parcialmente en 1977.

Advierte que está prohibido tocar, hablar en voz alta y tomar fotos. Sugiere que serán bienvenidos quienes “dejen de respirar” dentro de la cueva. Los afortunados se adentran con una lamparita, indumentaria de polipropileno blanco, que cubre desde la cabeza hasta los pies, y un bozal; la misma vestimenta usada en los laboratorios de alta seguridad.

El recorrido dura 40 minutos. Durante la visita, el guía establece varios controles para calcular la “carga humana" dentro de la cueva. La respiración y transpiración de las personas aumentan la temperatura, la acidez y la humedad del lugar, favoreciendo el brote de hongos y bacterias en las paredes. Se sabe que toda variación en el microclima daña las pinturas de la bóveda.

Premio de consolación. Aquellos a quienes la fortuna nos fue ingrata, nos conformarnos con visitar la neocueva; una maravilla arquitectónica que cumple con el cometido de consolar a los que quedamos fuera.

La neocueva del museo reproduce las dimensiones y el ambiente de la cueva original, e ilustra cómo se miraba cuando fue habitada, hace 18.500 años. Sabíamos que las pinturas de esa bóveda artificial no eran las originales. Aun así, las disfrutamos igual.

Las reproducciones son magníficas y dan una idea clara sobre las técnicas y los materiales usados, así como del tamaño y el relieve en el que fueron pintados los bisontes, los caballos, los ciervos, las cabras y los signos, en tonos ocre y ceniza.

No pasó desapercibida la frase que aparece sobre una de las paredes a la salida de la neocueva, atribuida a Pablo Picasso: “Después de Altamira, todo es decadencia”.

La máxima, más que célebre, me pareció icónica, llena de misterio y controversia. Ella se ajustaba al temperamento turbulento del gran pintor de Guernica. Intrigado por esa oración, me dediqué a investigar en qué contexto Picasso la dijo.

A pesar de mis esfuerzos, no pude localizar a los testigos o una cita que probara que tal sentencia fuera de él. Por el contrario, confirmé que en una entrevista hecha al crítico de arte Téride, el artista Joan Miró, dijo en 1928: “El arte está en decadencia, desde la edad de las cavernas”.

Sin embargo, el propósito de Miró era muy diferente a la interpretación que se le da a la frase atribuida a Picasso. La intención de Miró fue la de “asesinar la pintura” y abandonar todas las trazas de realismo. Incluso, en 1931, Miró manifestó: “La única certeza que tengo es destruir; destruir todo lo que existe en la pintura. La pintura me hastía”.

Conclusión. Mi conclusión es que la frase atribuida a Picasso es un mito romántico, de los que nos gusta perpetuar; una sentencia fabricada para ser interpretada de acuerdo con cada época: la posverdad pura.

El museo se apropió de esa sentencia mítica con la intención de exaltar la preeminencia simbólica de la cueva de Altamira.

Cierto es que las pinturas estampadas en esa bóveda denotan una maestría pictórica y conceptual equivalente o superior a muchas obras efectuadas en épocas posteriores, incluida la nuestra.

La mítica frase del Museo de Altamira sugiere que hace 18.500 años el proyecto biológico y cognitivo humano estaba terminado y fue sobre ese sólido andamiaje donde se desarrolló la diversidad tecnológica y cultural de nuestras sociedades.

Las pinturas de la cueva de Altamira fueron quizá la primera prueba irrefutable que demostró que los principales problemas epistemológicos sobre el arte ya habían sido resueltos por los humanos del Paleolítico superior y que, en esencia, ellos son nosotros y nosotros somos ellos.

edgardo.moreno.robles@una.cr

El autor es investigador emérito de la Universidad Nacional.