Randolph Cardona. 12 noviembre, 2019

Constantino Láscaris escribió en 1975 un libro fundamental llamado El costarricense. Láscaris lo retrata como “introvertido, poco efusivo (…) que por cortesía atempera sus expresiones”.

En diversos pasajes, lo representa como fiel retrato del ideal humano descrito por Aristóteles: el justo punto medio donde se ubica la virtud. Para este filósofo, un individuo que se enoja por cualquier asunto es tan negativo como un cobarde incapaz de indignarse. Es decir, el costarricense de Láscaris era comedido, pero avispado.

Hemos ido perdiendo, pues, aquel punto intermedio aristotélico. El efecto más lamentable de esta pérdida es que nos cuesta ponernos de acuerdo para generar nuevas iniciativas de gran efecto positivo.

Desafortunadamente, hemos cambiado para mal. En nuestra sociedad, se ha disparado la desigualdad, el estrés reina por doquier y la desconfianza genera casas enrejadas cual prisiones.

La cortesía es especie en extinción. Particularmente, en la medida en que muchos compatriotas tienen un sentimiento de anonimato, se vuelven presa de una ira incontenible. Así, la violencia se ha vuelto el pan de cada día. El caso más lamentable es el incremento de la violencia doméstica. Al darse a puerta cerrada, en muchos hogares, donde prevalecen desbalances de poder, los abusadores incurren en las más deleznables formas de agresión física y psicológica.

Propensión a la ira. Otro contexto que promueve las expresiones explícitas de violencia es la carretera. Bajo el sentido de falsa anonimidad que genera el estar detrás del volante, un individuo normalmente tranquilo experimenta una asombrosa transformación.

Improperios, pitazos y acciones temerarias generan la muerte en segundos. Esto se agrava con las omnipresentes congestiones viales.

Las multitudes, en estadios de fútbol, también dan al hincha una sensación de anonimato que termina en violencia. La creación de las barras bravas fue un grave error en la historia deportiva nacional.

Los estadios de fútbol, más que sitios de convivencia familiar, se han convertido en campos de guerra, donde reina el caos. En algunos juegos, se observan grandes movilizaciones policiales, lo cual distrae a la Fuerza Pública de los crecientes retos de seguridad.

Otra forma prevalente de violencia en no pocos costarricenses es la pasivo-agresiva. Veamos un caso que nos cuenta un estimado amigo aficionado al Cartaginés.

Agresión psicológica. Minutos antes del segundo partido de una final contra el Herediano. Dado que el equipo brumoso había logrado un triunfo histórico en el partido de ida, se vislumbraba el final de la famosa “maldición” que ha alejado a la Vieja Metrópoli del campeonato nacional desde 1940.

El brumoso en cuestión iba rumbo a un hogar azul para ser testigo del tan esperado momento histórico. Camino al encuentro, pasó por un supermercado a comprar los infaltables patíes.

Al hacer fila en la caja de diez artículos o menos, notó que el cliente delante de él llevaba una canasta cargada con decenas de artículos. Por ello, de forma cortés le dijo: “Caballero, disculpe, usted no tiene ahí menos de diez artículos”. El individuo, cual artista teatral, procedió a hacerse la víctima y exclamó: “¡Pase. Si tiene tanta prisa, pase! ¡Pase, por favor!”.

Este tipo de situaciones son comunes, pues más de un vivillo, a sabiendas de la tendencia del costarricense a no enfrentar el conflicto en circunstancias menos anónimas, ataca de forma agazapada.

Este es un “deporte” cotidiano, pues muchos escurridizos se cuelan en filas, ignoran a un cliente, utilizan sin cesar el sarcasmo o se vuelven maestros ninja del serrucho.

Descarte de la dulcificación. Ahora bien, ¿por qué nos ha sido tan difícil ser asertivos, es decir, capaces de expresarnos con firme claridad? Quizá la tradición histórica del individuo suave y cortés, que a veces es señal de inteligencia emocional, ha hecho difícil el expresarse en línea con el sabio refrán “lo cortés no quita lo valiente”.

Debido a la frustración generada por el crecimiento de la desigualdad, el congestionamiento vial y el incremento de la inseguridad, hemos tendido más bien a expresar el descontento, colectivo o individual, de forma airada y desmedida.

Así, hemos ido perdiendo, pues, aquel punto intermedio aristotélico. El efecto más lamentable de esta pérdida es que nos cuesta ponernos de acuerdo, individuos con diferentes puntos de vista, para generar nuevas iniciativas de gran efecto positivo.

En el pasado, esa habilidad fue vital para el desarrollo del país. El mejor ejemplo es la Caja Costarricense de Seguro Social.

Si queremos preparar al país para enfrentar los grandes retos de la tercera década del siglo XXI, como el calentamiento global y el exponencial desarrollo tecnológico, debemos mirar hacia la antigua Macedonia y encontrar los puntos medios que generan las grandes virtudes y llevan a estados de paz.

El autor es economista.