Hugo Mora Poltronieri. 2 julio, 2020

Berlín es una ciudad pletórica de monumentos históricos. Uno de ellos —muy cerca del famoso Arco de Brandemburgo— es el dedicado a las víctimas del Holocausto: una gran cuadra entera de bloques que simulan altas tumbas, separadas las filas por estrechos pasadizos donde escasamente llega la luz.

En suma, evocación plena de soledad, angustia, miedo de un enemigo oculto, despiadado y totalmente desprovisto de humanidad.

Justamente a un costado, pasando una calle, casi inadvertido al comienzo de un gran parque, se sitúa otro monumento no menos escalofriante: un prisma de concreto de regular tamaño, todo cerrado, excepto por una pequeña ventana que invita al transeúnte a mirar dentro.

Poco, muy poco, pero con gran simbolismo: en un corto video que se repite, hay dos hombres jóvenes que nos ven de reojo, conscientes de que alguien podría denunciarlos, apalearlos y hasta hacerlos podrirse en una cárcel.

Hay también una placa en alemán y en inglés: se trata del monumento para honrar a las numerosas víctimas del colectivo LGBTI bajo el régimen nazi (1933-1945). Y eso es todo. Sobran las palabras.

Los inicios. Pero la historia subyacente es más amplia. Nos lleva hasta mediados del siglo XIX, época en que arranca la verdadera historia del movimiento gay mundial.

E igualmente en Alemania, un país pujante, que está a punto de unificarse (1871) y con mentes muy dadas a la teorización.

En 1864 el escritor Karl Heinrich Ulrichs ya había escrito documentos sociales y jurídicos sobre lo que él llama uranismo, es decir, el afecto íntimo entre hombres.

Y es en otro país de habla germana, Austria-Hungría, donde el médico Karl Kertbeny crea en 1869 la palabra homosexual (tome nota de que, hasta entonces, ni siquiera existía la otra, heterosexual).

Pero es más tarde y siempre en Alemania, en 1897, cuando un médico judío, Magnus Hirschfeld, hace algo extraordinario: funda el Comité Científico Humanitario, dedicado a defender los derechos de los homosexuales y lucha contra el código penal que los acosaba.

Aún más, terminada la Guerra Mundial en 1918, crea el Instituto para las Ciencias Sexuales (ICS), algo inaudito cuando todo lo referente al sexo era tabú. Este ICS era una especie de universidad, donde se recolectaba todo tipo de estudios relativos al sexo.

Los nazis. Hasta 1933, Berlín era la ciudad más alegre y libre de costumbres en Europa. El escritor inglés Christopher Isherwood deja su testimonio en una novela famosa, Adiós a Berlín, inspiradora del conocido filme Cabaret.

Pero entonces llega Hitler como canciller y todo aquello se acaba. Los camisas pardas saquean y cierran el ICS y Hirschfeld huye al exilio, donde muere en 1935.

Aclaremos que su larga brega estuvo siempre inspirada por un ideal: dignidad. Posiblemente, eso del Orgullo, tan común hoy día, lo habría sorprendido negativamente por el contenido discriminatorio y hasta arrogante del término.

El 26 de mayo fue un día de celebración mundial. El famoso bar Stonewall, del Greenwich Village, donde ocurrieron los sucesos ya conocidos en 1969, es todo un hito.

Sin embargo, no deben dejarse en el olvido todos esos heroicos antecedentes del movimiento gay en Alemania.

La narración tan escueta que se ha hecho con estas líneas debería profundizarla en Internet el lector comprometido: es parte del conocerse a sí mismo y dónde se está.

El autor es ensayista y profesor universitario jubilado.