Por: Jorge A. Jiménez.   14 enero

Nuestro gobierno ha insistido en los últimos años en restablecer la pesca de arrastre, acertadamente prohibida por la Sala Constitucional en el 2013. Es un error. Así como ningún agricultor desconoce la relevancia que el suelo de su parcela tiene en la producción agrícola, todos deberíamos conocer la trascendencia del fondo marino. Sin embargo, para la mayoría de la gente el fondo marino es poco más que una llanura lodosa sin importancia. ¡Nada más alejado de la realidad!

Los fondos marinos cubren el 70 % del planeta y por millones de años han acumulado extensos depósitos de materia orgánica que, junto con las bacterias asociadas, influyen en los procesos de remineralización y en la fijación de carbono que afecta la productividad marina y el calentamiento del planeta.

Entre el 10 % y el 30 % de la biomasa del planeta vive en estos fondos. Estas especies se concentran alrededor de hábitats particulares producidos por diferentes tipos de fondo (grava, peñascos, grietas rocosas, fosas hidrotermales, montes submarinos, etc.) y estructuras biogénicas (bancos de anémonas, camas esponjas, agregaciones de corales, etc.).

Gran parte de estos organismos son poco conocidos o apenas se están describiendo. Durante los últimos 30 años, nuevas especies en el fondo del mar se han descubierto a un ritmo de una cada dos semanas, y aún queda por explorar más del 90 % de los fondos marinos. Además de poco conocidos, estos organismos crecen lentamente y son muy susceptibles a cambios en sus particulares hábitats.

Gran extensión. Costa Rica tiene más de 600.000 km2 de fondos marinos, de los que poco conocemos. Estos albergan la cordillera más grande de Centroamérica, fosas hidrotermales, extensas llanuras abisales y docenas o cientos de montes submarinos. Agregaciones de corales suaves, moluscos, cangrejos y peces de profundidad se asocian a estos fondos marinos.

Extensos parches de corales suaves (octocorales) cubren zonas de nuestros fondos marinos a profundidades mayores a los 1.000 m. Entre los 112 y 271 m de profundidad, investigadores nacionales han encontrado poblaciones de más de 26 especies distintas de moluscos.

Y aunque apenas estamos descubriendo y entendiendo estas comunidades, ya estamos destinándolas a la extinción. Entre las cosméticas medidas propuestas para justificar la renovación de la pesca de arrastre, el gobierno argumenta que limitando el arrastre a profundidades de más de 70 m se eliminará el impacto sobre comunidades de corales y pastos.

Si bien es cierto que pastos marinos y corales pétreos se concentran por encima de los 40 m de profundidad, no es que a los 70 m desaparece la vida en los fondos marinos. Miles de especies de organismos viven ahí, a profundidades mucho mayores a los 70 m, incluyendo asociaciones de corales suaves.

Desaparición. Entre el 6 % y el 41 % de estos organismos de fondo, desaparecen luego de cada arrastre. Tras repetidos “pases” sobre el mismo sitio, la diversidad se reduce y la estructura de la comunidad cambia totalmente. Además, el arrastre de redes y portones sobre el fondo del mar resuspende toneladas de sedimentos y afecta la remineralización y otros procesos bioquímicos.

Esos sedimentos transportados por las corrientes sepultan a otros organismos, aun a kilómetros de distancia. El arrastre “aplana” el fondo y reduce el relieve del que dependen diversas comunidades para establecerse.

Luego de cada arrastre, el fondo marino tarda entre 1,6 y 6,4 años en recuperarse, pero si el arrastre se repite en el mismo sitio, los daños son más profundos y prolongados.

La gravedad de los efectos del arrastre sobre los fondos marinos debería motivar extrema prudencia y responsabilidad antes de intentar restablecerlo en nuestros mares.

Los supuestos criterios técnicos que sustentan esa decisión deberían ser ampliamente compartidos, discutidos y consensuados con la comunidad científica nacional antes de tomar una decisión de tal gravedad.

Lamentablemente, este no ha sido el caso, y el país, hoy, constata lo débil de la institucionalidad que administra nuestros mares.

El autor es director general de la Fundación MarViva.