9 octubre, 2008

El ser humano es espiritual por naturaleza. A lo largo de la historia, nuestra especie ha invertido gran esfuerzo en la búsqueda de respuestas a las numerosas preguntas existenciales que han surgido. Estas respuestas han venido en la forma de las más diversas creencias: las que han caído en desuso las llamamos “mitología”, las que aún prevalecen las llamamos “religión”.

En el mundo de hoy no hay ninguna religión que cuente con una mayoría absoluta de adherentes y, a pesar de que en la mayoría de los casos cada una se proclama poseedora de la verdad absoluta, lo cierto es que la variedad existente y el surgimiento de nuevas creencias demuestran, día a día, que la búsqueda de respuestas, lejos de haber terminado, es un proceso continuo.

Enseñanza de religión. En nuestro país, la Iglesia Católica posee el monopolio de la enseñanza de la religión en el sistema de educación pública. Nuestros niños, desde muy pequeños, son adoctrinados en este credo y no existe una razón lógica para esto.

A pesar de que nuestro Estado es actualmente confesional (adopta al catolicismo como religión oficial), la realidad es que existe una enorme diversidad de creencias entre la población.

Recientes encuestas de la UCR señalan que aproximadamente un 47% de la población se declara católica practicante. En los últimos años, gran cantidad de personas han adoptado otras formas de cristianismo, e incluso un 9% declara no pertenecer a ningún grupo religioso.

Mantener este monopolio no tiene ningún sentido y, si bien los padres que no sean católicos pueden pedir que sus hijos no asistan a clases de religión católica, no se les debería privar a los jóvenes de valiosas horas de educación que podrían aprovecharse inteligentemente. De todas maneras, la Iglesia Católica cuenta con su propio sistema de enseñanza en las clases de catecismo, a las que los padres católicos, y en pleno ejercicio de su libertad de culto, pueden enviar voluntariamente a sus hijos si así lo desean.

Un cambio. Se nos presenta, entonces, una gran oportunidad para el cambio en provecho de todos. Una alternativa es enseñar durante los primeros años de escuela los valores cívicos y de convivencia tan necesarios hoy en día, así como inculcar el conocimiento y respeto de los derechos humanos, pilar fundamental de las sociedades democráticas actuales.

Durante la adolescencia, cuando el joven ha alcanzado cierto grado de madurez, podemos impartir una verdadera clase de religión, en la que no se haga énfasis en un solo credo, sino que se expongan los diferentes sistemas de creencias pasados y presentes, con su historia, figuras protagónicas y textos sagrados.

También deben tomarse en cuenta posturas no religiosas, como el humanismo secular, que no se basa en la existencia de seres sobrenaturales, sino que promueve el razonamiento y la aplicación del método científico dentro de un marco de respeto y tolerancia de otras ideologías.

De la misma manera que el viajar y entrar en contacto con otras culturas amplía nuestras perspectivas, una reforma de esa índole permitiría la formación de ciudadanos con un criterio más amplio, altamente tolerantes y respetuosos, quienes, ante la elección de un sistema de creencias y valores para sus vidas adultas, contarán con bases adecuadas para poder hacerlo de forma racional e informada.

¿No es acaso esto lo mejor que un Estado como el nuestro, en el que existe la libertad de culto, puede hacer por sus ciudadanos?