Aurelia Valentina Dobles. 10 febrero

La discusión en torno a si el monto para proteger y restaurar el Teatro Nacional resulta muy elevado remite –me temo– a aquella mentalidad estrecha que destruyó el significativo edificio de la Biblioteca Nacional para convertirlo en un parqueo. Ya la ciudad toda, hoy, amenaza con convertirse en eso, en un árido macroparqueo.

Parecíamos encajados una y otra vez en la sentencia de Jacinto Benavente a principios del siglo pasado: “Costa Rica es un país encantador cuya capital es una pequeña aldea alrededor de un gran teatro”. Con la diferencia abismal ahora de que, al cabo de más de 100 años, ya no somos encantadores y podríamos terminar tan aldeanos como entonces y, para colmo, sin lo central de la famosa frase: la joya patrimonial y arquitectónica del Teatro Nacional.

Desde tiempos de Graciela Moreno, el gran esfuerzo por preservarlo ha sido una constante

Diluida nuestra libertad de expresión en las redes de la mezquindad y la ignorancia, se ataca a los visionarios gestores de cultura que, entre otros logros, la acercan a públicos amplios.

Fred Herrera, en tan solo tres años y medio, y sin miedo al alto perfil, volvió a avivar el Teatro Nacional con la intensidad de un creador: producciones magníficas que les dieron trabajo a cientos de artistas y trabajadores de la cultura y, en concordancia con el Ministerio de Educación Pública (MEP), por medio del Programa Érase Una Vez, llevó a cientos de miles de estudiantes de todo el país a conocer por primera vez ese monumento arquitectónico al latido de la música, el teatro y la danza.

Diagnóstico mundial. Por si fuera poco, Fred tuvo la denodada visión de consultar a expertos en protección de edificios patrimoniales en el mundo para diagnosticar las necesidades urgentes de protección y restauración del Teatro Nacional, y evitar así que en una eventual catástrofe desaparezca para nunca jamás del paisaje josefino y de la identidad nacional.

La intervención propuesta proviene de un serio estudio a fondo: garantiza tanto la preservación del monumento como tal y la protección actualizada y necesaria. Pretender que mantenga su caduca estructura interna de madera y cuerdas es condenarlo a desaparecer en un tris. Exigirle, además, al edificio albergar las oficinas administrativas y servir de bodega es infligirle un peso que lo va a destrozar a la postre.

Desde tiempos de Graciela Moreno, el gran esfuerzo por preservarlo ha sido una constante: hoy, urge sumarle los más modernos mecanismos de protección, y es lo que promulga el Programa Integral de Seguridad y Conservación del Monumento Histórico Teatro Nacional.

Fred Herrera se ha hecho a un lado en aras de un bien mayor, el de que el Teatro Nacional perviva con su integridad garantizada a largo plazo, gracias a la ejecución de ese monto científicamente justificado.

Ojalá nuestros legisladores nos demuestren que ya no tenemos obsoleta mentalidad de aldea, y van a impedir que el Teatro Nacional desaparezca eventualmente y se convierta en el fantasma de nuestra vergüenza, como sucedió con la indiferencia y el egoísmo que permitió la extinción de la mítica Biblioteca Nacional.

La autora es comunicadora cultural.