10 julio, 2016

Los recientes golpes terroristas del Estado Islámico (EI) en el Cercano Oriente, Francia, Bélgica, Turquía y últimamente en Arabia Saudita y Bangladés, confirman cómo el mapa del terrorismo se ha expandido a pasos agigantados. Las acciones barbáricas del EI han escalado de manera dramática hasta desplazar a Al Qaeda y otros núcleos radicales que solían pulular por los rincones del antiguo colonialismo en Levante.

El EI representa hoy una nueva clase de megacorporación terrorista cuya solidez se deriva del control de territorio, el éxito en el reclutamiento –incluso por medio de Internet– y los vacíos creados por el debilitamiento de los regímenes autoritarios tradicionales de Medio Oriente.

El EI domina importantes porciones del territorio de Siria e Irak y su influencia está presente en amplias regiones de África. Donde impera, se adueña de las actividades lucrativas, en especial las petroleras y mineras. Toda actividad importante en los territorios dominados, debe compartir sus ganancias con el EI. Así, la organización logró acumular importantes recursos.

Pero la tesorería de la organización terrorista está en peligro. Con apoyo estadounidense, Irak ha recuperado numerosos centros de población capturados por el EI. La organización también ha perdido terreno en Siria y los analistas atribuyen su oleada de ataques internacionales a la necesidad de mantener una imagen de fuerza pese a las pérdidas. Los atentados en Francia y Bélgica tuvieron hondas repercusiones, pero no deben nublar la vista ante el sufrimiento en el mundo islámico.

Los órganos de propaganda del EI difunden una perversa interpretación de la doctrina islámica para justificar atentados como los de Arabia Saudita, planteados como una celebración del Ramadán, momento final de la lectura anual de los textos sagrados musulmanes. Hubo tres ataques simultáneos en distintos puntos del reino saudí. Uno cerca del consulado estadounidense en Yida, otro contra una mezquita chiita protegida por la monarquía sunita y el tercero contra la Mezquita del Profeta, en Medina, paso obligado para millones de peregrinos sunitas y chiitas cada año. En todos los casos, los blancos son musulmanes y también las víctimas.

Los atestados cruentos del EI contra países islámicos se ampliaron con ataques en el aeropuerto de Estambul, en un concurrido café nocturno en el barrio diplomático de Daca, Bangladés, y en un mercado popular de Bagdad.

El número de muertos en países occidentales es mucho menor, pero los atentados en el mundo islámico no han tenido las mismas repercusiones en los medios de comunicación ni el mismo impacto en la opinión pública.

Esa circunstancia alimenta la errónea interpretación de los acontecimientos como una confrontación con el mundo islámico, cuyas víctimas, pese a ser más numerosas, son mucho menos visibles en el resto del planeta.

La idea de la confrontación con el islam es, por ejemplo, el trasfondo del llamado del candidato presidencial republicano Donald Trump a prohibir el ingreso de musulmanes a los Estados Unidos. En los últimos días, el rechazo generalizado lo obligó a moderar la propuesta, pero la retórica de su campaña sigue teñida del prejuicio subyacente a la iniciativa.

Occidente necesita de aliados en el mundo musulmán para enfrentar el terrorismo del EI, un enemigo común, según lo demuestran los sangrientos atentados de los últimos días. Solo una concertada acción internacional, que conlleve mayor apoyo a la región más azotada por los extremistas, permitirá su derrota definitiva. Reconocer las víctimas del terrorismo en esa parte del mundo es indispensable para cimentar la cooperación necesaria.