Columnistas

Yavé y Padre

Las dos maneras más sobresalientes de invocar a Dios, tanto en la Biblia hebrea como en el Nuevo Testamento, son ¡יהוה, ἀββά!

Se ha creído, erróneamente, que existe una diferencia abismal entre la Biblia hebrea (Antiguo Testamento para los cristianos) y el Nuevo Testamento. La idea surgió de los esfuerzos que hicieron los pioneros de los análisis bíblicos para determinar la originalidad del pensamiento de Jesús en su ámbito histórico y religioso.

Pero los hallazgos de los rollos del mar Muerto y el análisis de otras obras judías antiguas nos han permitido determinar que existe un lazo muy fuerte entre estas dos colecciones de libros. En efecto, Jesús no se entiende sin la Biblia hebrea.

Si nos fijamos bien, en todas las polémicas que Jesús tiene con otros judíos, los esfuerzos argumentativos se centran en la clarificación de pasajes concretos del Antiguo Testamento. ¿Cuál es el punto en cuestión? Si Jesús y sus contemporáneos tenían los mismos textos como referencia, ¿por qué entran en disputa? El problema es esencialmente interpretativo. Nada extraño para el mundo judío, porque la pasión por entender el mensaje de Dios en los textos siempre conllevó un esfuerzo por adentrarse en los criterios más adecuados para interpretar lo que había sido escrito.

Claro, es posible entrever el punto de partida de Jesús: considerar la Biblia hebrea como un todo, sin presuponer la primacía de unos textos sobre otros. Esto no era tan evidente para todos los grupos judíos del siglo primero de nuestra era. Al contrario, muchos pretendían ver en la ley (Torá) el centro de la palabra divina.

El resto de los libros serían solo comentarios o profundizaciones de los textos del Pentateuco. Jesús alarga esta visión porque para entender lo que Dios ha querido decir es necesario tener en cuenta la historia humana y su evolución, tanto de los acontecimientos como del desarrollo de las ideas sobre el sentido de la existencia humana.

Es necesario hacer una distinción basilar: una cosa es el resultado de un proceso de composición literaria (es decir, el proceso de redacción de los textos) y otra la historia que quiere ser interpretada en ella.

Orientación para el futuro. Debemos tener en cuenta que la Biblia hebrea, tal como la conocemos, comenzó su lento proceso de composición después del 587 a. e. c. Eso quiere decir que muchos de los relatos que contiene fueron puestos por escrito varios siglos después de los acontecimientos que narran. Por tanto, no son una crónica, sino un esfuerzo de comprensión profunda del pasado, con una intención: orientar para el futuro.

Esta tal vez sea una peculiaridad del pensamiento de Jesús, compartida con otros líderes judíos carismáticos de su tiempo. En esa época se comenzó a tener conciencia de que varios tipos de proyectos políticos y religiosos para reconfigurar el pueblo de Israel habían fracasado total o parcialmente.

El resultado había sido un largo conflicto, que terminó con el sueño de independencia de la Palestina (el antiguo reino de Israel) y de la unidad nacional. Intereses de varios grupos político-religiosos judíos y de los invasores de otros imperios (asirios, babilonios, persas, griegos y romanos) se entremezclaron dando como resultado la sensación de confusión.

¿Cómo acabar con ese peligroso sentimiento social, la confusión, que puede llevar al caos? Las respuestas fueron varias, muchas personas pusieron sus esperanzas en la represión, fuera esta política (como la de los romanos), religiosa (como la de los altos sacerdotes de Jerusalén) o moral (como la de los más distintos grupos religiosos: fariseos, saduceos, esenios…).

No es de extrañar, dada la disolución de esperanzas compartidas, que la idea de la imposición ideológica se convirtiera en una tentación. Todos creían tener razón para obligar a otros a pensar como ellos. Pero se habían olvidado de algo fundamental: entender la vida como un camino hacia la libertad.

Los movimientos contestatarios a la tendencia de la imposición político-hierocrática asumieron las más variadas formas, pero mantuvieron un eje común, la esperanza de una nueva era que estaba por llegar. Las diferencias, en cambio, se manifestaban en la forma de imaginar este nuevo advenimiento. Desde las esperanzas puestas en movimientos revolucionarios violentos hasta la idea de una guerra organizada por el mismo Dios, llenaban los oídos de los judíos en tiempos de Jesús.

Fundamento de la fe. Con todo, el conflicto se agudizaba más y más. Es aquí donde Jesús presenta una alternativa. Releer la historia bíblica para descubrir el anhelo más profundo del ser humano, el ansia de libertad. Pero, al mismo tiempo, en esa relectura se nos presenta un desafío: el ser humano no puede ser auténticamente libre si no es ayudado por el único que es bueno, Dios.

Quedan destruidos y superados, desde esta perspectiva, todos los intentos por encuadrar la palabra divina en la simple opinión humana. Ningún grupo es poseedor de la verdad, ni ninguno puede arrogarse el derecho a condenar al otro, porque todos dependemos de la manifestación de la bondad divina que transforma la existencia de cualquiera.

Al lector, posiblemente, le vengan a la mente algunos pasajes bíblicos donde esta ansia de la libertad se conjuga con un grito: el clamor que se levanta hasta Dios. Aquí está la razón del título de esta columna. Representa las dos maneras más sobresalientes de invocar a Dios, tanto en la Biblia hebrea como en el Nuevo Testamento.

No son nombres contradictorios, sino complementarios. El Dios que camina con su pueblo, manifestándose en las más variadas situaciones históricas, también es Padre porque es protector, fundamento de la gran familia humana, generador de vida.

Esta hermosa historia no puede ser deducida por esa obstinada cerrazón mental que quiere ver en una frase bíblica la razón de todo o en una determinada ideología la interpretación sine qua non la salvación es posible. Jesús nos recuerda que no tenemos que olvidar el camino, es decir, la vida de cada uno que es vista por Dios como irrepetible y digna de respeto.

Es obvio que no se trata de ser acríticos, pero sí de ser críticamente constructores de bondad. Hasta que no nos llegue la muerte, el camino está delante de nosotros como oportunidad.

Creencia de la superioridad. Me pregunto qué habría pensado Jesús de aquellos que usurpan su nombre para imponer a otros el remedio de sus propios miedos. En esto tenemos que tener claridad. Como en tiempos de Jesús, muchos piensan que imponiendo sus criterios interesados salvan a otros. En realidad, son ellos mismos que se condenan en la irracionalidad de creerse superiores. La vida no fue hecha para vivirla en la esclavitud, sino en el anhelo de ir más allá de nuestros egoísmos e intereses particulares.

Por eso, valdría la pena volver a releer la historia completa del Éxodo, porque en ella se refleja esa constante tentación de arrogarse el derecho de ser un dios. La figura del becerro de oro es muy elocuente al respecto, porque representa el endiosamiento de nuestras manufacturas. Las queremos hacer tan perfectas que las revestimos de oro solo para ocultar que están hechas de la dura piedra de nuestra insensibilidad. Dios no actúa así. Un ejemplo de ello lo tenemos en aquella mujer adúltera que se alejó de Jesús sin ser condenada, abierta al futuro de una vida que podía traer consigo esperanza.

No nos equivoquemos, Jesús no es solo ternura. Tenemos palabras duras contra el joven rico que, por muy devoto que fuera, nunca había entendido a Dios. Así que dejó atrás a un Jesús apesadumbrado que con tristeza tuvo que reconocer que la falta de generosidad muchas veces no nos permite ir detrás del Dios de la libertad del Antiguo Testamento.

Otro tanto habría que decir de todos aquellos que, por querer sentirse seguros en su pequeño ámbito mental, dejan de leer esa extensa colección de libros que está llena de contradicciones, imágenes, idas hacia atrás, momentos de inspiración y arrebatos de coraje, que llamamos Biblia. Es fácil encontrarse un gurú que nos dé alimento deglutido y desabrido para tranquilizar nuestras almas. Pero no es fácil confrontarse con el Dios que se manifiesta en la historia como Padre. Este Dios confía tanto en nosotros que no se desalienta de nuestras caídas en la esclavitud de los dioses falsos del dinero y el poder.

Cabría decir que, ahora más que nunca, la historia bíblica nos puede alentar a cambiar de norte, a ver otras posibilidades en la bondad y en el aprendizaje mutuo. Dejemos a un lado los engatusamientos fáciles de los que quieren engañar a otros con ilusiones de milagros o alucinaciones de grandeza o de falsas inspiraciones divinas. Jesús nos enseñó a ser humildes ante Dios y los demás, no olvidemos esa gran lección para que podamos ver la historia como un camino hacia la libertad.

frayvictor@gmail.com

El autor es franciscano conventual.

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