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¿Y si la economía valorara lo que importa?

En una economía que trata el PIB como el fin último, las personas y el planeta son meros medios, y gran parte del trabajo que sostiene a la sociedad se ignora por completo

Las tareas de cuidado son la fuerza vital que sostiene la salud y el bienestar, y mantiene unidas sociedades y ecologías. Pero las tareas de cuidado cotidianas, aunque esenciales, padecen una infravaloración sistemática.

En su mayor parte, corren por cuenta de mujeres, cuya contribución se conmemora en el Día Internacional de la Mujer, aunque debería destacarse cada día del año.

La crisis de la covid‑19 puso a prueba nuestras capacidades de cuidado y resaltó el papel fundamental, pero poco apreciado, que tienen en la sociedad.

Este momento de evaluar los daños de la pandemia es propicio para modificar la medición del valor y con ella la organización de la economía global. El objetivo debe ser una economía que sostenga la salud y el bienestar de cada persona en el planeta, así como la salud del planeta mismo. Hoy tenemos todo lo contrario: un sistema que valora la salud solamente como medio para el fin del crecimiento económico.

El Consejo sobre la Economía de la Salud para Todos de la Organización Mundial de la Salud (integrado por mujeres) se creó con el objetivo de liderar este cambio de paradigma.

Creemos que el Día Internacional de la Mujer de este año fue una ocasión perfecta para comenzar una reevaluación radical de las tareas de cuidado y de la economía. Aunque la pandemia siga cobrando vidas y generando ímpetu político para la transformación de las estructuras de gobernanza económica, la ventana de oportunidad se está cerrando.

Corremos serio riesgo de volver al viejo pensamiento compartimentalizado, que atribuye la creación de valor exclusivamente a los sectores económicos “formales”.

El viejo sistema está perversamente atado a indicadores como el PIB, una medida indiscriminada de “progreso” que termina recompensando la destrucción de la gente y del planeta.

La obsesión patológica con el PIB atenta contra lo que más valoramos: la vida. En el 2020, el PIB global creció $2,2 billones como resultado de un aumento del gasto militar, pero el mundo todavía no provee los apenas $50.000 millones que se necesitan para vacunar a toda la humanidad.

Una sociedad que gasta 44 veces más en guerra y destrucción que en poner fin a una pandemia es insensata. ¿Y si basáramos la toma de decisiones en lo que realmente importa? Comenzaríamos con el objetivo principal de la Salud para Todos, y a partir de ese fin iríamos determinando los medios para lograrlo.

En un informe del Consejo sobre la Valoración de la Salud para Todos, proponemos tres principios rectores. El primero es valorar la salud planetaria mediante la protección de la integridad de bienes comunes esenciales como el agua y el aire, y el respeto de los límites ecológicos de los que en última instancia dependen la salud y el bienestar de las personas.

El segundo principio es valorar los fundamentos sociales y las actividades que promueven la equidad. Esto implica promover la diversidad e invertir en infraestructuras sociales y materiales que den apoyo a los necesitados y permitan a las comunidades prosperar.

El tercer principio es tomarnos en serio la salud de las personas, asegurando la prosperidad física y emocional de todas y proveyéndoles las herramientas necesarias para llevar vidas dignas y plenas de oportunidades, en comunidades saludables.

¿Qué se necesita para crear una economía que sirva a estos objetivos y que mida lo que realmente importa? En primer lugar, debemos reconocer que ninguna métrica aislada puede abarcar la diversidad de componentes de la salud para todos, menos aún una medida monolítica y sumamente distorsiva como el PIB. Tenemos que crear un aparato global de recolección de datos y adoptar un marco analítico que no se base en índices tan simplistas.

En segundo lugar, las métricas alternativas deben ser parte integral de un enfoque holístico que permita un debate transparente de la información y su reproducción en diversos contextos locales. No hace falta reinventar la rueda.

Los 17 objetivos de desarrollo sostenible de las Naciones Unidas ofrecen una base sólida para la creación de métricas e indicadores mejorados. Con un enfoque orientado a misiones, podemos comenzar a rediseñar las políticas industriales y de innovación para hacer frente a los grandes desafíos sociales, apuntar a metas concretas y alentar a los diversos sectores a colaborar en la generación de soluciones políticas, por ejemplo, ciudades carbono-neutrales.

Otro modelo prometedor es la economía de la rosquilla, una propuesta de Kate Raworth (integrante del Consejo) que tiene cada vez más aceptación en gobiernos municipales de todo el mundo, de Ámsterdam a Sídney.

Este modelo alienta a las autoridades a buscar la zona sostenible entre la insuficiencia (representada por el agujero de la rosquilla) y el exceso (representada por el espacio que rodea a la rosquilla).

Todo marco de esta naturaleza tendrá que incluir nuevas métricas detalladas para la valoración de los bienes y servicios indispensables para la salud para todos, que hoy en general no se tienen en cuenta: el cultivo y la preparación de alimentos, las tareas de limpieza, el cuidado infantil y toda una serie de tareas domésticas y comunitarias no remuneradas, a cargo casi siempre de las mujeres.

Como sostiene hace mucho otra integrante del Consejo, Marilyn Waring, los datos sobre el uso del tiempo pueden ayudar a revelar estas actividades infravaloradas y no remuneradas y expresar su valor real.

Reconsiderar la idea de valor es el primer paso crucial. Pero para que de las nuevas métricas surjan perspectivas más sensatas, también hay que dar apoyo a la financiación pública estratégica y fortalecer instrumentos legales y de política económica en el sector público, el sector privado y la sociedad civil.

Como sostiene un informe anterior del Consejo, esto conlleva ampliar la base impositiva, introducir una tributación más progresiva, aumentar el alfabetismo financiero, mejorar la inclusión financiera, expandir la capacidad del sector público para crear marcos financieros equitativos y eliminar los obstáculos financieros a los servicios de salud.

Este enfoque para la valoración de la salud para todos, basado en un pleno involucramiento de la sociedad, no significará nada si no se empieza por empoderar a todas las partes interesadas, en particular las comunidades locales más afectadas por las políticas sanitarias.

La gobernanza conjunta por medio de alianzas público‑privado‑comunitarias debe sostenerse sobre la base de un proceso democrático; solo entonces las nuevas mediciones de progreso responderán a las necesidades de la sociedad y serán pertinentes en el nivel local.

Hasta ahora, la economía midió el precio de todo y el valor de nada. Es hora de cambiar. Tenemos que medir el valor de todo para tener en cuenta las cosas que realmente importan. La salud y el bienestar (y las tareas de cuidado que les sirven de sostén) deben ser nuestras principales medidas de éxito.

Mariana Mazzucato es profesora de Economía de la Innovación y el Valor Público y directora del Instituto para la Innovación y la Finalidad Pública en el University College de Londres.

© Project Syndicate 1995–2022

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