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Una mirada más crítica sobre la pandemia

No parece que la covid-19 vaya a ser un punto de inflexión en la historia. Muchas de las tendencias que eran visibles hace dos años, como la creciente rivalidad entre grandes potencias, el calentamiento global y el retroceso de la democracia, entre otros, siguen amenazándonos

NUEVA YORK– Ya se cumplió un año y medio desde que comenzamos a vivir (y, demasiado a menudo, a morir) con la covid-19. Si bien de ningún modo la pandemia ha acabado, es un buen momento para dar un paso atrás y esbozar algunas conclusiones preliminares.

Una conclusión que resulta especialmente provisional tiene que ver con el inicio de la pandemia. Muchos pensaban que el virus SARS-CoV-2 que la causa se propagó desde un mercado húmedo de Wuhan, China, tras haber pasado de un animal (probablemente un murciélago) a los seres humanos a través de un anfitrión intermedio.

Sin embargo, una creciente cantidad de científicos y expertos creen que es, al menos tan probable (si no más), la idea de que el virus surgió por accidente desde el Instituto de Virología de Wuhan.

Hay muchas razones para sospechar una fuga accidental: la ubicación del instituto y su conocido trabajo con coronavirus, la distancia del brote con respecto a las poblaciones de murciélagos, la imposibilidad de identificar un anfitrión intermedio o cualquier grupo temprano de casos fuera de la provincia de Hubei, algunas características físicas del virus y el ocultamiento por parte de China de las evidencias y su rechazo a cooperar plenamente con los investigadores internacionales.

Todos son factores que alimentan la especulación y una mayor atención de las agencias de inteligencia estadounidenses, a las cuales el presidente Joe Biden ordenó aumentar sus esfuerzos por identificar los orígenes de la covid-19.

Si se llegara a aceptar ampliamente la narrativa de la «fuga del laboratorio», la reputación mundial de China se vería seriamente perjudicada, y podría incluso causar problemas políticos graves de liderazgo interno.

Manejo político. Si miramos los distintos resultados de los países del planeta en lo referente a combatir la pandemia, lo que más sobresale no es la naturaleza de los sistemas políticos, sino la calidad del liderazgo político.

Países como Rusia, Brasil, México y Estados Unidos bajo el presidente Donald Trump fracasaron; mientras Taiwán, Nueva Zelanda y Estados Unidos bajo el presidente Joe Biden se han desempeñado relativamente bien.

Más que ninguna otra cosa, este registro sugiere que es posible que los líderes populistas lo hagan peor, porque tienden a no ver los hechos que no les convienen y a resistirse a aplicar medidas necesarias que podrían restarles apoyo público a corto plazo.

Varios países del este de Asia y Europa que parecían tener el virus bajo control ahora experimentan dificultades.

Las pruebas, el distanciamiento social y la trazabilidad de contactos son herramientas necesarias, pero insuficientes. Es esencial contar con una producción y administración masivas de vacunas eficaces.

Lo anterior lo refleja el notable cambio en los Estados Unidos, por el cual la administración Biden merece mucho crédito. Sin embargo, también debería aplaudirse a la administración Trump por tomar decisiones que abreviaron el tiempo que normalmente se necesita para desarrollar y producir vacunas eficaces.

La aprobación de varias en poco menos de un año demuestra que los gobiernos importan y que la cooperación entre los sectores público y privado puede ser un camino para el éxito.

Contraste de estrategias. La pandemia también ha mostrado que la seguridad sanitaria no es menos esencial que la seguridad física para el crecimiento económico.

En los lugares donde se la ha hecho retroceder, como Estados Unidos y China, rápidamente ha habido una reactivación económica.

La tecnología demostró ser invaluable de dos maneras, por lo menos. Además del veloz desarrollo de una nueva generación de vacunas seguras, la tecnología ayudó a manejar nuestras vidas personales y profesionales mucho mejor de lo que podríamos haberlo hecho hace tan poco como tres décadas, antes de la llegada de una Internet mucho más veloz y la potencia informática que posibilita el trabajo remoto.

Es muy probable que el recuento real de fallecimientos causados por la pandemia sea de dos a tres veces mayor que las estimaciones oficiales de 3 millones a 4 millones, si se considera el número de muertes ocurridas a lo largo del año pasado en comparación con las cifras de años anteriores.

Muchas muertes «en exceso» no se han atribuido a la pandemia porque los gobiernos no están dispuestos a admitir la verdad (Rusia se me viene a la mente) o no pueden dar un recuento preciso, especialmente cuando los decesos ocurren fuera del sistema sanitario (lo que explicaría parte de la brecha en los informes de la India).

Con todo lo que se habla sobre la «comunidad internacional», en realidad, la pandemia puso de relieve su inexistencia. Es un escándalo el que no se haya podido producir ni distribuir de manera equitativa una cantidad de vacunas suficientes para todo el planeta.

La demanda está allí, y lo que falta es la voluntad de responder a ella con la oferta suficiente. La resistencia de la administración Biden a efectuar una significativa exportación de vacunas resulta miope y decepcionante, especialmente cuando el suministro estadounidense de vacunas supera por mucho la demanda interna.

Próximo reto. No hay razones para pensar que la de covid-19 será la última pandemia. Por el contrario, es casi seguro que habrá otras, sean de otro nuevo coronavirus o algún otro patógeno.

Con todo lo trágica que esta pandemia ha demostrado ser, sus costos se acrecentarán a menos que los gobiernos comiencen a aprovechar las instituciones nacionales e internacionales (incluida una muy reformada Organización Mundial de la Salud) que ayuden a manejar el próximo reto.

Una observación final: no parece que la pandemia vaya a ser un punto de inflexión en la historia. Muchas de las tendencias que eran visibles hace dos años —una creciente rivalidad entre grandes potencias, un planeta en calentamiento, poblaciones que envejecen, Estados fallidos, retroceso de la democracia, problemas de ciberseguridad, proliferación nuclear y terrorismo— siguen amenazándonos.

La pandemia nos debilitará y distraerá por un tiempo; sin embargo, rápidamente, está llegando el momento en que debamos dar a esos otros desafíos la prioridad que se merecen.

Richard Haass, presidente del Consejo sobre Relaciones Exteriores, es autor de The World: A Brief Introduction (El mundo: una breve introducción).

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