Fernando Araya. 19 febrero

El más reciente libro sobre la crisis del catolicismo se titula Sodoma, poder y escándalo en el Vaticano, escrito por Frédéric Martel. La obra se centra en el análisis del homosexualismo dentro de la Iglesia católica. Aún es temprano para valorar la profundidad de su contenido y conviene no dejarse llevar por la publicidad, pero indudablemente el catolicismo atraviesa una crisis tan profunda que amenaza con generar demoliciones constantes y aceleradas.

Lo escrito en Sodoma continúa el proceso desmitificador impulsado por otros ensayos tales como Los papas y el sexo, Los cuervos del Vaticano, Secretos vaticanos y El libro negro del Vaticano: las oscuras relaciones entre la CIA y la Santa Sede, escritos por Eric Frattini; La vida sexual del clero y Pederastia en la Iglesia católica, de Pepe Rodríguez; Su Santidad, los papeles secretos de Benedicto XVI, de Gianluigi Nuzzi; y Avaricia, sobre las finanzas vaticanas, obra de Emiliano Fittipaldi.

Incoherencias análogas se encuentran en toda institución, pero difícilmente haya una organización que sea incoherente durante más de dos mil años

Ruptura. A la información contenida en los textos referidos conviene agregar algunos hechos recientes: las declaraciones del papa Francisco sobre la agresión sexual a monjas por sacerdotes y obispos (fenómeno que, como la pederastia clerical, es internacional); la carta del arzobispo Carlos María Viganó donde denuncia la protección papal al cardenal Theodore Edgar McCarrick, responsable de abusos sexuales a menores de edad y a seminaristas (McCarrick fue expulsado del sacerdocio); la solicitud de “aclarar confusiones”, elevada al papa Francisco por varias autoridades católicas; las reuniones de teólogos, unos en apoyo al pontífice y otros para criticarlo; el manifiesto del cardenal Gerhard Ludwig Müller, titulado “No se turbe vuestro corazón”, referido a lo que Müller denomina la “difundida confusión en la enseñanza de la fe”, así como la respuesta en contrario del también cardenal Walter Kasper.

La división es palpable, la ruptura se asoma en el horizonte y se impone una autocrítica radical y profunda.

Desmitificar al catolicismo —u otra religión o tipo de poder— es bueno porque quita velos a la mentira y permite una espiritualidad menos prisionera de burocracias e ideologías. Si la historia, colectiva y personal, es una síntesis de luces y sombras, necesario es que se conozcan ambas.

Carl Gustav Jung, conocido estudioso del psiquismo humano, lo decía con claridad: el ser humano debe enfrentarse con su sombra, con la inmundicia de sus inclinaciones silentes, e integrarlas en los méritos de su vida. De esta manera, puede ejercer una poderosa y purificadora autoevaluación. Lo mismo vale para los colectivos sociales y las naciones, que también padecen de bellezas y podredumbres.

Interiorizar la sombra, no ocultarla, ejercer sobre ella la capacidad de corrección y autocrítica es clave para la curación mental y emocional, sea de una persona o de una nación. Por todo esto es valiosa y sabia la humildad, e imprescindible mirarse a los ojos sin disfraces, ni vanidades, ni soberbias.

Comento algunas de las conclusiones obtenidas por Frédéric Martel.

Primero: Según explica el autor de Sodoma, el descrédito derivado de los abusos sexuales a menores de edad ha originado la mayor crisis en la historia del catolicismo. Creo que el problema es más profundo y polifacético; no se trata solo de abusos sexuales a menores, sino también a mujeres y personas adultas, así como de escándalos financieros y a una cultura del silencio y el encubrimiento de delitos cultivada durante siglos.

Recientemente se han hecho públicas violaciones a monjas cometidas por sacerdotes y obispos. Francisco habla de “esclavas sexuales” en la religión católica y algunas de ellas refieren “experiencias aterradoras”.

Lucetta Scaraffia, directora de la revista femenina del periódico del Vaticano L’ Osservatore Romano sostiene que “si la Iglesia sigue cerrando los ojos al escándalo”, lo cual incluye “abortos forzados y niños no reconocidos por los sacerdotes”, entonces “la condición de opresión de las mujeres en la Iglesia nunca cambiará”.

Al relacionar los distintos ámbitos indicados, lo que se tiene es un conjunto de variables que explican la actual crisis y revelan el modus operandi del poder religioso.

Segundo: Frédéric Martel afirma que el 80 % de los sacerdotes contratados en el Vaticano son homosexuales. En este punto, considero que el mayor aporte de Sodoma es evidenciar, en el caso de la homosexualidad sacerdotal, su pertenencia a un fenómeno conocido desde la antigüedad: la existencia de una doble moral y doble vida, de una sistemática incoherencia. Se predica en contra de la homosexualidad, de las agresiones sexuales y de la opresión en perjuicio de las mujeres, pero se práctica todo eso de modo sistemático y violento al interior de la institución.

Incoherencias análogas se encuentran en toda institución, pero difícilmente haya una organización que sea incoherente durante más de dos mil años, y de ese modo deslegitime el contenido central de su prédica, que no es cualquier prédica, sino una relacionada con las situaciones límite de la condición humana (sentido de la vida, envejecimiento, enfermedad, muerte, esperanza, felicidad, dolor, sufrimiento, eternidad).

No se está en presencia de comportamientos aislados o de desviaciones accidentales respecto al catolicismo, sino de un modo de funcionar sistémico, permanente, milenario y global.

Tercero: Por declaraciones que he leído de Frédéric Martel, él vincula los hechos que comenta e interpreta en su libro a la lucha entre conservadurismo y progresismo.

El asunto es más complejo que lo designado por esos vocablos. La crisis de la institución católica, en perspectiva histórica, guarda relación con cinco cuestiones a las que me he referido en otras ocasiones: el principio de inmanencia, el principio trascendental, la modernidad científica, tecnológica y humanista, el modernismo y la posmodernidad.

Comprender lo que está ocurriendo en el cristianismo en general, y en el catolicismo en particular, exige parámetros intelectuales mucho más elevados que dividir las distintas posiciones en “conservadurismo y progresismo”.

Una consecuencia de tal simplismo es sostener que el papa Francisco fue el primero en denunciar “la hipocresía de la doble vida” y que por primera vez la crítica al catolicismo vino “desde adentro”. Tales afirmaciones son equivocadas, olvidan que en abril del 2005 Joseph Ratzinger se refirió a “la podredumbre” dominante en el catolicismo, a lo cual debe agregarse que de “podredumbres internas” se habla en el catolicismo desde sus inicios.

Otro ejemplo de simplificación es calificar al papa Juan Pablo II de conservador. ¿Había algo más progresivo en la geopolítica internacional de finales de los 70 y 80 que intentar desmontar los regímenes dictatoriales y militares en Europa y América Latina? ¿No deseaban esas dictaduras que Wojtila las dejara tranquilas, condescendiera con ellas y se concentrara en las reformas internas de la institución religiosa? Es de una ingenuidad mayúscula no hacerse estas preguntas o pretender que Francisco empezó de cero.

Conclusión. Así como existe una historia criminal del catolicismo, existe también una historia de sus méritos. Lo mismo cabe decir de cualquier otra institución. Es imperativo estudiar las luces y las sombras para generar conocimientos coherentes, consistentes e integrales, de lo contrario, el ser humano seguirá atrapado en una ignorancia oceánica, casi ilimitada.

El autor es escritor.