Columnistas

Salman Rushdie y la fetua

La fetua le ha causado años de sufrimiento al escritor Salman Rushdie; es una cruel amenaza continua

Salman Rushdie, amigo escritor, combatiente de buena fe, otra vez está en el ojo de la tormenta. Lo digo porque lo menos que le pueda pesar es que pierda un ojo. Confío en que se salve, que siga mirando críticamente, ahora que la suerte se ensañó de nuevo con su integridad.

Iba a dar una conferencia en Chautauqua, Nueva York, cuando un salvaje, bárbaro de nuevo cuño, de 24 años, lo atacó a cuchilladas y lo dejó malherido. Está a salvo, de momento.

Siga viendo, mirando, atisbando, avispando, hasta intuyendo: vocablos todos en torno al maravilloso sentido de la vista. El mismo género del teatro, por el origen griego del vocablo, remonta a ver: veamos, pues, este triste, nada gran teatro del mundo en que nos toca vivir.

Comprendo a Salman, comparto su dolor porque vivo y sufro en torno a lo verbal, sobre todo el literario. ¡Conciencia viva! El arte, al mismo tiempo que excita, también calma. El verbo primero demasiado, ahora se va entendiendo en lo sexual, válido desde luego, pero también va por “provocar o producir una reacción o una respuesta en alguien” o “estimular un sentimiento o pasión” o, más general, causar en alguien entusiasmo, enojo o alegría” (todo, según el DRAE).

En la Universidad Nacional, años ha, en un curso sobre literatura universal, me permití procurar un acercamiento docente a su arte. No por retirado de las aulas voy a dejar ahora su legado crítico en los estantes de mi biblioteca. Al contrario, en lucha con esos animalitos que ya me dejaron desastres dondequiera, guardo sus Versos satánicos y El último suspiro del moro.

Lo que ha pasado me duele profundamente porque desde finales de los años 80 pesa contra él una fetua, en buen castellano castizo. Fatídico, fatal y funesta mezcla de lo que siguen llamando religión, pero no lo es, con política, que tampoco lo es. Melcocha miserable, todo revuelto.

No es una espada de Damocles, sino castigo inhumano de cabezas calientes —de Irán y otros lares islamizados—, licenciosa licencia para matar, dando de recompensa dizque de Alá, la promesa pueril, vergonzosa, de vírgenes.

No hablo contra la religión. Salman se declara ateo, yo no. No predico contra lo árabe y él tampoco. Ambos admiramos los grandes hitos de esa cultura, en lo matemático, astronómico, arquitectónico y otros tantos campos.

Yo, a lo Pirandello, por un estudio largo y tendido, busco editor al respecto. Salman nació en Bombay, en la India, fuertemente islamizada, de padres de esa fe, ma non troppo.

Con letras enaltecedoras, sigamos construyendo un mundo más civilizado, no “sibalizado”. ¿Tribalizado será? Que a escala planetaria se respeten las diferencias y hasta se cultive la divergencia. En mi lejana tierra, en forma un tanto hiperbólica, dicen que si dos están de acuerdo, uno sobra.

Fatal fetua. Años de sufrimiento le ha causado, cruel e inhumana amenaza continua de patíbulo. Ha escrito mucho y bien; otros, sádicos por excelencia, hasta trataron de sacarle provecho comercial a ese otro “castigo divino”, cruel parangón con la preciosa novela de Sergio.

En pleno siglo XXI no concibo prácticas medievales. ¿No fueron suficientes los años en que tuvo que esconderse para sobrevivir? ¿Le infligirán otra década de refugiarse no imagino dónde? En cierto sentido, le toca tortura como la de Assange, asaz defensor de la libertad.

Somos docentes por la palabra: él, directamente por el verbo creador; yo, pensionado, siempre en la brecha. ¡Nada de ojo por ojo a lo antiguo, bruto y bestial. Sensibilicemos para mayor humanidad, mayor respeto, mayor tolerancia incluso.

Visualicemos que en pleno siglo XXI, como desde los atentados en París y Bruselas, no se puede permitir otro escenario sangrante, sacando fe de deprimentes líneas (suras) del mismo Corán. En esa lectura se señala que al infiel cabe apuñalar en el cuello, parte débil del ser humano.

Así mismo procedió ese tonto de apellido Matar, curioso vocablo aquí, donde nosotros espontáneamente asociamos con un verbo de origen latino del viejo Latium, en el centro de Italia; en cambio, asesinar, verbo paralelo, resulta de origen árabe. Ojo al cristo, amigo, y manos, no a la chuspa, sino a la pluma.

Sigamos escribiendo, Salman, usted en el inglés que hizo suyo, lengua germánica pero que hace mil años recibió una poderosa inyección francófona y, para atrás, del romance de Roma: lo confirme el colosal Shakespeare, que produjo arte del grande con base en una lengua ahora universal.

¿Yo? Modestamente procuraré seguir garabateando en español. No lo sigamos ignorando o, peor, negando. La lengua cervantina, grande, contiene casi el 10% del léxico originado en el árabe. Fueron nueve siglos de compenetración, convivencia (710-1614) que se fue echando a perder, básicamente por intolerancia desde el norte de la península ibérica.

¡Salman, te saludo, deseándote por lo menos salud!

valembois@ice.co.cr

El autor es educador.

LE RECOMENDAMOS

En beneficio de la transparencia y para evitar distorsiones del debate público por medios informáticos o aprovechando el anonimato, la sección de comentarios está reservada para nuestros suscriptores para comentar sobre el contenido de los artículos, no sobre los autores. El nombre completo y número de cédula del suscriptor aparecerá automáticamente con el comentario.