Eduardo Ulibarri. 10 septiembre

Cuando el número de minas explosivas que nos rodea ha llegado al máximo en seis meses, los estrategas nos han dicho “salgan a caminar, pero háganlo con mucho cuidado”. No sabemos qué pasará a partir de ahora; sin embargo, si con menos gente en el terreno las víctimas no dejaron de aumentar, con más es virtualmente imposible que el incremento se detenga.

No uso la analogía para dramatizar, sino para ilustrar la nueva coyuntura pandémica en que nos encontramos. Luce paradójico que, precisamente cuando su impacto crece, nuestras autoridades opten por mucha mayor apertura. Otros países, sobre todo europeos, abrieron al bajar los casos, que entonces comenzaron a subir de nuevo. Aquí estamos haciéndolo en el apogeo de los contagios. ¿Irresponsabilidad? No lo creo. Se trata, simple y crudamente, de que se agotan las opciones. Como nuestra capacidad de aguante económico y social parece estar llegando a su fin, al gobierno no le ha quedado otra que asumir un gran riesgo sanitario para evitar un desplome generalizado. Las consecuencias están por verse.

Hay tres componentes visibles de esta gran apuesta: 1) que el sistema hospitalario sea capaz de absorber los casos; 2) que las personas, empresas e instituciones, por sí mismas, nos cuidemos; y 3) que una serie de instancias locales asuman con éxito tareas que el Gobierno Central ya no puede atender. Lo que no se percibe tan claramente es la estrategia de pruebas y trazado de contagios; de análisis de datos y criterios para decidir cuándo, por qué y dónde intervenir. Tampoco, de comunicación diferenciada.

En las etapas iniciales de la covid-19, George Lowenstein, profesor de Economía y Psicología en la Universidad Carnegie Mellon, en Estados Unidos, replanteó el aparente conflicto entre salud y economía así: “Puede ser una falsa dicotomía, porque no entendemos bien el impacto de una severa depresión (económica) en las vidas humanas”. También, añado, en la estabilidad política y social. Alrededor de esto gira el gran desafío de nuestro país. Para afrontarlo, el papel del Estado como guía, estratega, coordinador y fuente de autoridad es irreemplazable. Pero no debemos descuidar nuestras enormes responsabilidades personales, y la conciencia de que, en última instancia, las minas solo explotan si alguien las pisa.

Twitter: @eduardoulibarr1