Velia Govaere. 17 febrero

Hollywood renunció a mirarse solamente el ombligo para premiar una película coreana. De mayor fulgor que otros laureles, los óscares a Parásitos fueron solo los últimos eslabones de una larga cadena de reconocimientos. Desde la Palma de Oro hasta el británico Bafta, conmovió el relato cinematográfico de un país lejano que retrataba una realidad cercana para todos: la desigualdad social y la dualidad de contrastes de vida derivados de las diferencias de fortuna.

¡Cuidado con lo que queremos! El avance económico es necesario, pero no es suficiente para un entorno humano solidario.

La película refleja una realidad diferente a la Corea de grandes transformaciones tecnológicas que habitualmente nos encandilan. No es el país de Samsung o Hyundai, sino uno de asimetrías sociales muy semejantes a las nuestras. Habla del mismo mundo heterogéneo que construimos nosotros entre Escazú y Guararí.

Relata una problemática universal que estalla donde menos se espera y denuncia la convivencia impúdica de progreso y miseria. Ese virus contagia de indignación la democracia. Cuando desheredados de la tierra comparten el mismo espacio con bendecidos por la fortuna, la disparidad existencial es testigo de cargo del fracaso moral de la civilización humana. La ciencia y la técnica han sido impotentes para romper un ciclo infernal que amenaza, en todas partes, con echar al traste las construcciones democráticas.

Es un caldo de cultivo de flautistas de populismo mágico que venden refugios ilusorios o castigos vengativos contra una élite política impasible al dolor cimentado en la inequidad. Duele ver a la admirada Corea con nuestros mismos infortunios. Por eso, Parásitos es también una advertencia para nosotros. Corea ocupa el primer lugar del mundo en innovación y TIC, el sexto en exportaciones y el sétimo en matemáticas y ciencia (PISA 2018). Con la más baja tasa de desempleo de larga duración del mundo, es todo lo que podríamos soñar. Tal vez no.

¡Cuidado con lo que queremos! El avance económico es necesario, pero no es suficiente para un entorno humano solidario. Con sus distancias, la dualidad coreana y la nuestra son el signo de una globalización sin alma y con deserción política. Eso le confiere a Parásitos el rango universal que debe tener toda obra de arte, donde nosotros y Corea quedamos hermanados por contrastes.

La autora es catedrática de la UNED.

Nota de la editora: a las 9:05 a.m. del martes 18 de febrero del 2020, se corrige el cuarto párrafo: Corea es el sexto exportador del mundo, no “importador”, como se escribió.