Para espanto de la comunidad de Cocorí, en Cartago, 28 perros amanecieron envenenados a inicios de mes y otros sufrieron la misma suerte en días siguientes. El Servicio Nacional de Salud Animal hizo análisis de laboratorio para identificar la sustancia mortal. Es el carbofurán, utilizado en la agricultura para eliminar las plagas.

Por suerte, los perros no piden explicaciones. Sería difícil hacerles entender las peores inclinaciones de la humanidad, entre ellas el disfrute del sufrimiento y la muerte. Los especialistas en la exploración de las patologías mentales tienen teorías elaboradas, pero los demás nos vemos obligados a recurrir al difuso concepto de la maldad, evidente en sí misma, con dispensa del esfuerzo necesario para comprender sus causas.

El carbofurán no causa una muerte rápida. Primero, la víctima experimenta salivación excesiva, diarrea, dolores abdominales, lagrimeo, contracción de la pupila, dificultad de visión, problemas respiratorios, fallas cardíacas y síntomas nerviosos, incluidos temblores musculares que dificultan mantenerse en pie. La muerte es la salida piadosa cuando no se provee el tratamiento oportuno.

Desafortunadamente, los niños sí piden explicaciones. En Cocorí seguramente habrá varios que quedaron en espera de sus mascotas, compañeras de juegos y depositarias de la ternura del alma infantil. También ellos son víctimas del envenenamiento.

Los autores de la monstruosidad no reparan en ese sufrimiento colateral, que no es exclusivo de los niños. Confieso, sin la menor vergüenza y a una edad que ya se me va haciendo seriecita, un profundo amor a mi voluminosa perrita, precisamente porque mantiene vivos los mejores sentimientos de otras épocas.

En Villas de Ayarco, Curridabat, los pretendidos dueños de la vida ajena fingieron preocupación por el daño colateral. En enero, colocaron rótulos para anunciar sus propósitos de perpetrar un masivo envenenamiento. Quienes los leyeron quedaron advertidos de la necesidad de extremar precauciones por dictado de los desconocidos enfermos. Quienes no, quedaron condenados junto con sus perros.

En ambas comunidades, la indignación condujo a los vecinos hasta las autoridades de Policía. Denunciaron con vehemencia y presentaron pruebas. Esas buenas gentes son la única redención, a los ojos de un niño, de los desmanes de su propia especie. Los perros no lo entienden, simplemente confían, sin sospechar el peligro de convivir con animales tan crueles.

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