Miguel Gutiérrez Saxe. 26 noviembre, 2020

Se debate sobre una experiencia de diálogo entre representantes de sectores de la sociedad. Unos dicen que los resultados fiscales son insuficientes, obvios, tibios, una pérdida de tiempo. Para eso no hacía falta dialogar. Otros, que fue una traición a la clase trabajadora. Para los participantes fue un gran e indiscutible éxito.

Los resultados se resumen en 58 acuerdos, bastantes ya cantados, otros que aportan soluciones extemporáneas, algunos novedosos, pero acuerdos que dan sustento y crean un piso de soluciones a quienes tienen todos los medios de apoyo y el urgentísimo deber de sacarnos del abismo: el Ejecutivo y el Legislativo. Pero no es ahí donde está el valor y la contribución fundamental del foro.

Su más profunda contribución surge de sus condiciones. Recordemos que el clima de confrontación social, la calle, el bloqueo y las presiones, aunque discretas (con la excepción de algunas vallas estridentes) eran las formas predominantes de resolver las controversias.

Luego de décadas de polarización y conflicto, el zafarrancho en el legislativo encontró un tiempo de ratos altos, tras un período de entendimiento y productividad para enfrentar el trabajo: cambios en el reglamento, legislación sustantiva con sus respectivos financiamientos en una gran proporción. Así, la cooperación dio sus frutos.

Pero esa colaboración se estaba quedando atrás, el fantasma de un tercer período y los juegos —¿fuegos?— electorales comenzaron; la peor de las formas de debate y de hacer política abarcó a más actores y decisiones, las viejas prácticas de pérdida de tiempo, de afirmación sin fundamento y de descalificación rotunda ganaban espacio. Se retomó el pierde-pierde en lugar de la colaboración que genera ganar-ganar.

Sentados juntos. El foro tuvo que construir su composición, aceptar a los facilitadores y crear reglas de trabajo y de respeto por la posición ajena; establecer temas, aceptar apoyo técnico y someterse al test de verdad de la cuantificación de los efectos de sus propuestas; definir su mecánica en tiempos de pandemia; cubrir los costos de sus representantes y los apoyos que requirieron; así como encontrar dónde operar, resistir la tentación a cada paso de ponerse de pie e irse y acordar lo necesario para sobrevivir, generar confianza y parir 58 asuntos en unas pocas semanas.

Yo solo puedo decir ¡gracias! Además, su tarea fue definida por una pregunta mal formulada, que no incluía el plazo para que las soluciones dieran resultado, sin un conjunto de cuestiones que querían someterse.

El foro se dio luego de un intento fallido de diálogo que no pudo armarse, pero del que heredó por lo menos dos hallazgos: negarse a participar tiene costos y genera congojas (pregunten a Jenkins) y es preciso dialogar para resolver un problema o un conjunto de problemas, no deducir desde los principios eternos de la clase trabajadora las terrenales soluciones a cuestiones apremiantes.

Creo que quienes participaron tuvieron que aprender y aprendieron a escuchar, tener respeto, calcular sus palabras para no ofender, no insultar como argumento, sumar asuntos de diferente cuantía para no arriesgar multiplicar por cero.

También aprendieron a no colocar entre la espada y la pared a su adversario, porque la transacción de mañana vendrá y tal vez sea la crucial; es mejor percatarse de que se está encadenado al destino del otro.

La confianza y las reglas de juego respetuosas casi que quedaron olvidadas en el vago recuerdo de cuando la negociación multilateral —no institucionalizada y por eso fácilmente traicionada— campeó en nuestra sociedad. El foro las rescató y construyó paz social y entendimiento.

No está mal recordárselo a la clase política, cada uno con mayor o menor responsabilidad, pero todos con su contribución al problema y solo recientemente a una solución tibia, parcial, insuficiente.

Durante más de 20 años, el problema no solo fue soslayado, sino que lo habían acrecentado con muchas de sus decisiones. Sí, en las mejores condiciones, disfrutando sus salarios o dietas, en sus oficinas y salas de reunión o plenarias, con su reglas —felizmente cambiadas hace poco—, cada uno con sus asesores, aparato de apoyo, instituciones como la Contraloría, la Defensoría o servicios técnicos o ministerios especializados a su servicio, en un marco institucional completamente establecido.

Hasta hace muy poco algo hicieron para resolver el problema, de manera insuficiente y con problemas de equidad. Hoy el asunto ya no es evitar el abismo, sino salir de él, aunque no todos sintamos la calamidad y sufrimiento de haber ya caído.

Al presidente y sus ministros y a los diputados les toca sacarnos del abismo sobre la base de la aceptación del problema con las precisiones necesarias, del estilo y espíritu de trabajo colaborativo; es necesario que tomen lo mejor y sensato del piso que deja el foro y lo completen y le den fuerza de ley. Ya lo dijeron, sin perder tiempo. Ese es el trompo que les toca bailar en una uña, con celeridad, transparencia y destreza.

Moraleja. El foro mostró las ventajas de tensar multilateralmente la solución de los problemas. Lo sabido, pero no practicado: una negociación multisectorial (solo con autoexcluidos), autoregulada y parca en sus manifestaciones anticipa las soluciones en cuanto a método y fondo.

No tienen el poder ni el mandato. Por no estar institucionalizada, no tiene los recursos —incluido el tiempo— para tener una gestión acelerada, enfrentar solicitudes concretas para pronunciarse y producir resultados completos.

Creo que bien podrían honrar el acuerdo de mayorías calificadas entre partidos políticos representados en el Parlamento (2017) y proceder a institucionalizar el Consejo Económico y Social, por ley, como un órgano de Estado para la consulta no solo del Ejecutivo. No estaría nada mal que aprovechen un terreno de reconciliación del sistema político con la sociedad civil organizada, en lugar de descalificar sus logros.

El autor es economista.