Columnistas

Página quince: Querido diario

Un ensayo sobre el confesionario portátil donde el pecador, al sincerarse, se da su propia absolución.

Víctor Hurtado Oviedo
Víctor Hurtado Oviedo

Ignoramos por qué, mas hoy dedicamos este “divertimento” a cierto género de la literatura y de la vida: el diario personal; o sea, el confesionario portátil donde el pecador, al sincerarse, se da su propia absolución. Haber pecado lo suficiente ofrece la ventaja de brindar mucho de dónde escoger a la hora del remordimiento, pero, si uno se arrepintiese de todo lo malo que ha hecho, no le quedaría tiempo ni para ser virtuoso. Lo que los malos escritores ignoran es que sus diarios suelen ser más imperdonables que sus vidas.

El diario personal es la novela del yo en la que prevemos quién bailará en tal escenario de papel. El autor de un diario feo es como esa visita que nunca se va, pues siempre tiene otro vacío que añadir a la nada de su verbo; podríamos irnos, aunque sería demasiada crueldad dejarlo solo con sus pensamientos. El mejor título de un diario personal sería: “Yo en mi vida”; el subtítulo: “Cuento a mí mismo”. El diario personal es la forma que tenemos de ser —¡al fin!— el primero de la clase, pero cuando todos nuestros profesores ya se han muerto y cuando muchos compañeros de colegio han aprendido esa misma lección de vida.

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