Rafael Ángel Herra. 15 agosto

La tensión y complicaciones de los últimos tiempos en Costa Rica —que inducen a buscar puntos de referencia— y la casualidad de encontrarme con una noticia me hizo releer los textos de Tucídides.

No recuerdo dónde vi la información de que algunos especialistas del Pentágono reestudian La guerra del Peloponeso bajo nuevos puntos de vista; no tanto por el interés en la historia de los conflictos, sino por una razón precisa: el miedo.

Según Tucídides, el miedo fue el factor principal de la confrontación que duró 27 años, y que no solo llevó a las armas a los lacedemonios contra Atenas y la Liga de Delos, sino que fue involucrando a toda la Hélade, incluida Sicilia, hasta terminar sirviendo incluso a los intereses persas, años después de ser derrocados por los griegos en Salamina, donde la armada ateniense desempeñó un papel decisivo.

El paralelismo con la situación internacional actual está claro. La alerta de los especialistas militares tiene un signo: ¿Podría el crecimiento de China aumentar el miedo en Estados Unidos y alentar conflictos evitables?

En otro momento, hace años, leí también que el miedo fue uno de los factores que más contribuyeron a agudizar la Guerra Fría. Pero esa es otra historia.

Tucídides insiste de forma explícita en este factor. No lo olvidemos: con el libro La guerra del Peloponeso se inicia la historiografía. Es decir, la explicación de los hechos sin intervenciones externas a ellos (los dioses en la Ilíada), considerando datos objetivos, como el miedo, los intereses económicos, etc., y dando voz a las partes involucradas.

Aunque Tucídides era ateniense y combatió incluso contra Esparta, aplicó la regla de atender a las partes, aprendida de los sofistas. Describe desde la ciencia, no desde la visión de uno de los contendientes, transcribe las opiniones contrapuestas, por ejemplo cuando los emisarios hablan ante la asamblea de otra ciudad para convencerla de aliarse con ellos, argumentando sus puntos de vista.

Tales discursos, sorprendentes por su belleza argumentativa, son una joya de retórica al exponer las propuestas, las condiciones previas y las consecuencias. El autor siempre da espacio a las partes, cuyo propósito es persuadir a los oyentes.

Conflicto en aumento. Pues bien, una de las cuestiones más importantes del relato es cómo el conflicto va creciendo y desbordando a las ciudades Estado.

Desde estas páginas se observa una faceta de los griegos ya no tan apolínea, sino más bien trágica. Grecia siempre estuvo marcada por conflictos constantes, intensos, duros, entre polis, con armisticios inestables, guerras entre griegos.

Si bien las formas de combatir estaban ritualizadas, para reducir los daños, esto se degradó durante la guerra del Peloponeso. El primer gran conflicto, digno de la poesía épica, mezcla historia y leyenda, es el asedio de Ilión por parte de los aqueos.

El siguiente es la defensa contra la invasión persa. Ante ella los griegos se unieron para defender la libertad. Pocos años después siguió la guerra del Peloponeso que involucró a toda la Hélade, incluso a las ciudades de Asia Menor y la Magna Grecia.

Una vez concluida esta confrontación, siguieron otros conflictos menores entre ciudades y un choque mayor, donde Tebas derrotó a Esparta. La última gran guerra importante entre griegos fue la de Filipo, su triunfo y unificación de todas las polis.

Lo sucedió su hijo, el discípulo de Aristóteles, que dio un giro a la historia. Entre esos grandes conflictos armados, hubo infinidad de enfrentamientos menores. Siempre la guerra.

Cuestión de fondo. Insisto en un punto, al cual quiero llegar en este artículo. El miedo, los desajustes de poder, la demagogia están en el origen de los conflictos, además de otros factores geopolíticos y económicos.

Cuando en Grecia se habla del miedo a perder la libertad, no es por retórica (Tucídides es claro en eso), pues la derrota significa algo muy preciso: la destrucción de la ciudad, la rapiña de los bienes y, sobre todo, el ser vendido como esclavo.

Nada peor podía pasarle a un griego, en su imaginario. Hay que destacar otro hecho singular. Atenas pierde la guerra, después de tantos años de lucha, tras la irrupción de la peste que la debilitó y abatió a Pericles, su mejor estratega y estadista; también se debilitó por la aventura absurda de atacar a Siracusa con la ambición de ampliar su influencia hasta Sicilia e incluso Cartago, no tan lejos de la costa siciliana.

A este error la induce el máximo demagogo de entonces, Alcibíades, que luego se pasó a lado lacedemonio y finalmente acabó en Asia, no lejos de Bizancio, conspirando junto con los persas para que financiaran a los espartanos. Lo más absurdo de toda esta historia es que después de tales intrigas, los atenienses, intoxicados una vez más por la demagogia, ¡vuelven a llamarlo!

Esparta triunfa y decide —en contra de la práctica— no destruir a la Atenas debilitada, la Atenas de la Acrópolis y el Partenón, la Atenas de Fidias, Policleto, los poetas trágicos, los filósofos fundacionales del pensamiento europeo, la ciudad de la Academia y en donde (vista desde hoy) se produjo uno de los cien años más creativos de la humanidad.

Probablemente este brillo influyó en la decisión de Esparta, pero también pesó un equilibrio político: su aliada Tebas se había hecho muy poderosa…

Sirva esta introducción para contextualizar dos textos de La guerra del Peloponeso sobre la destructividad en Córcira. Esta ciudad (en la isla llamada hoy Corfú), paso habitual de la navegación entre Grecia y la Magna Grecia, sufrió la desventura de caer en el torbellino interno que repetía un patrón: una potencia apoyaba a uno de los bandos internos, la otra potencia al otro bando (en general se enfrentaban aristócratas y demócratas), y esto agudizaba la guerra civil. Los valores tradicionales no bastaron para contener la violencia extrema, sin límites humanos ni divinos.

Cito a Tucídides (III,11): “Además, por espacio de siete días, que Eurimedonte estuvo allí con sus sesenta barcos, los corcirenses mandaron matar a todos los de la ciudad que tenían por enemigos, so color de que habían querido destruir el pueblo. Algunos fueron muertos por causa de enemistades particulares; y otros, por el dinero que les debían, fueron muertos a manos de sus mismos deudores, realizándose en aquella ciudad todas las crueldades e inhumanidades que se acostumbran en semejantes casos, y mucho peores, como matar el padre al hijo; sacar los hombres de los templos para matarlos, y aun asesinarlos dentro de los mismos templos. Algunos murieron tapiados en el templo de Baco. Tan cruel fue aquella sedición […] tales parcialidades y sediciones no las hubo antes de la guerra.

“Cada cual, pues, contendía por favorecer a la República de palabra, mas en la obra todo el fin de su debate y contienda era inventar unos males contra otros, por fuerza o por manera de venganza y castigo, no mirando al bien común ni a la justicia, sino al deleite y placer de ver los unos el mal de los otros, ahora fuesen injustamente condenados, ahora violentamente oprimidos”.

Tarea del Estado. Volviendo al aquí y ahora, después de este rodeo por un mundo no tan lejano, quiero llegar a lo siguiente. La pandemia, el aislamiento, la parálisis económica e institucional acentúan el conflicto social que ya venía manifestándose en Costa Rica desde hace décadas. Pero no nos confundamos. El conflicto siempre existe, porque siempre existen intereses contrapuestos.

La cuestión es cómo resolverlo institucionalmente. Esa es tarea del Estado como instancia de mediación, de los partidos políticos y de otras entidades. Se trata del poder, ni más ni menos. Cuando las discrepancias tienden a volverse irreductibles a un pacto social o fracturan el pacto existente, alimentan consecuencias indeseables.

Por eso fue un riesgo animar a los ciudadanos a denunciarse entre sí con respecto a quien no cumplía las restricciones sanitarias. Al mismo tiempo se atisban nuevas dificultades a la sombra de los proyectos de ley contra las pensiones precedidos de campañas muy agresivas, así como otras propuestas dirigidas a gravar con más cargas los salarios de empleados públicos.

Al mismo tiempo que el gobierno prohija estos proyectos, llama al diálogo. Debemos esperar que en estos diálogos (o más bien negociaciones), si prosperan, prime la escucha y no la pantomima de ninguna de las partes para no deteriorar más el precario estado de vida pública en que estamos y que produce miedo.

Los momentos de tensión sacan a la luz lo peor de las personas, como ocurrió con el desdichado incidente del gato y la reacción: algunos detractores usaron la palabra homicidio para referirse a él. En la convocatoria para manifestarse se decía: lleven odio.

Había razones para molestarse, pero la reacción fue desmesurada. Esa desmesura es el resultado de las tensiones, del miedo arquetípico a perder la seguridad. Las medidas contra la covid-19 agregan calor al fuego por su incidencia negativa en la economía.

Tal vez recordar a Tucídides nos permita aprender de la historia. Como los militares en Washington.

Termino con un apunte. Cuando uno llama al INS, se escucha un mensaje (desesperante como todas esas respuestas automáticas) que tiene una virtud. Habla de “lo mejor de nosotros” y añade esta frase: “Aunque pensemos distinto…”.

Aceptemos pensar distinto sin arañarnos la cara, y que haya diálogo sin farsa y no miedo ni negación de los deberes y derechos frente a las encrucijadas que nos esperan en estos tiempos de siembra. Todos navegamos en la misma barca. Estoy seguro de que no es la de Caronte.

El autor es filósofo.