Víctor M. Mora Mesén. 29 febrero

Los zombis tienen miedo a los espectros y por una clara razón: las cosas que se nos ofrecen como fenómenos tienen que ser interpretados para que adquieran “realidad”. Es decir, un estado de cosas es real solo cuando damos cuenta de su origen y de las probabilidades que pueden definir su futuro.

En este sentido, el estado de cosas adquiere “voz” al ser interpretado porque le damos un significado que puede ser compartido, discutido o impuesto como discurso único y omnicomprensivo.

En el proceso de contraste entre las diversas interpretaciones de los fenómenos, pasamos a un plano superior, pues lo real para cada uno comienza a mezclarse con lo real de otros, obteniendo de esta manera un cuadro más complejo de la realidad. Pero los fenómenos no se agotan en estas interpretaciones, existe un espacio entre ellos intocado por nuestros esfuerzos de comprensión y, de tanto en tanto, aparece como un “espectro o fantasma” (al decir de Lacan) que pone en evidencia la fragilidad de nuestros discursos y razones.

Ese fantasma, por otra parte, no puede ser escondido, tampoco nominado porque no es otra cosa que el elocuente silencio de esa realidad que tratamos de manipular a nuestro antojo. Silencio que acalla las “voces” creadas para dar sentido. En otras palabras, la “voz de la realidad” no es más que nuestra voz disfrazada de objetivismo.

La narrativa oculta. El “silencio de la realidad”, en cambio, es la fuerza del mundo donde vivimos y nos envuelve totalmente, ya que nos coloca delante del misterio de la existencia. Ese silencio exige respeto, reverencia y meditación; no es banalidad, sino manifestación de la esencia de lo real.

Por este motivo, ante aquellos que se constituyen a sí mismos como los auténticos conocedores de la “voz de la realidad” (quienes mantienen el discurso único, aunque inventen a continuación nuevos discursos según su conveniencia política), ese silencio asusta porque se manifiesta como fantasma: pone en crisis las más altas convicciones y silogismos, critica la incompletitud de las interpretaciones “realistas” y suscita la necesidad de abrirse a otras posibilidades de comprensión.

No hay duda de que todo fundamentalismo o defensa institucional a ultranza teme la aparición de ese silencioso fantasma. Ante él, el fundamentalismo y la apologética enfermiza se ven desnudados en el quid de su verdadera intención: el deseo de dominar el escenario de las interpretaciones posibles. El afán de estas dos tendencias es la neutralización de la realidad, sustituyéndola con la “voz” a ella adjudicada, pero no es más que una formulación narrativa e imperfecta de un estado de cosas nacida de nuestra pobre visión del mundo.

¿Cómo enfrentarse al “silencio de la realidad”? Aceptando que existe y que es lo más real de todo lo existente. No se trata de postular enunciados metafísicos, sino de asumir la propia insuficiencia a la hora de describir la realidad. Hay que enfrentar siempre al fantasma que manifiesta el “silencio de la realidad” para que nuestros esfuerzos por encontrar sentido a la vida no caigan en el vacío y sean cada vez más significativos.

Desnudar las incoherencias. Al asumir esta actitud, abrimos la mente a lo nuevo, al mismo tiempo que se vuelven diáfanas las incoherencias de las pretensiones de imponer una única salida a las explicaciones sobre el mundo, la vida o las personas.

No tratamos de decir que no existe la objetividad cuando nos acercamos a los fenómenos. Al contrario, se afirma que esa objetividad solo se alcanza cuando se es suficientemente consciente de los miles de ángulos, tantas veces cambiantes, que tiene lo real. No debemos buscar una respuesta unívoca, debemos buscar responder a las miles de preguntas que suscita el misterio de lo real que, en su silencio, nos impacta de manera dramática.

Esto incluye a nuestra propia persona, a la vida social, a la reconstrucción de la historia, a la ciencia y, sobre todo, a la planificación sobre el futuro. En ese silencio se basa también el sentido de lo religioso, la pregunta por los fines últimos y la esperanza en la humanidad.

El “silencio de la realidad” no puede simplemente ser asido en conceptos o en nuevas narraciones explicativas porque cuando se propone un nuevo espacio intocado de complejidad se abre camino hasta aparecer como un nuevo espectro desafiador. La razón es simple: la realidad está compuesta también por la experiencia subjetiva, que hunde sus raíces en la percepción de los individuos, que oscila entre las diversas personalidades, puntos de vista y significatividad cultural.

Simbología lingüística. La realidad no es mera relación de entidades materiales más o menos diferenciadas. Hablar de realidad implica una simbología lingüística, que es un producto cultural. Por ello, refiere a la necesidad de dar sentido, de dar “voz” a aquello que de por sí no tiene. En cambio, el “silencio de la realidad” es una característica fundamental de lo que percibimos, que nos permite reconocernos dentro de un propósito y una identidad.

Con todo, el silencio resulta más elocuente y, por tanto, más inquietante que cualquier “voz de la realidad”. Desde el pensamiento bíblico podríamos decir que estamos ante la manifestación sutil de una revelación que no puede ser totalmente descrita, solo señalada: el misterio de la vida.

La representación de los tres simios que se tapan la boca, los ojos y los oídos nos puede ser útil. Las imágenes simbolizan el esfuerzo por no percibir el “fantasma de la realidad”. Se calla el discurso para que no surjan nuevos, se tapa los oídos para no escuchar otras consideraciones y los ojos para negar lo que tenemos delante. Pero las manos no alcanzan para abstraernos de lo real, que no puede ser evitado. El “fantasma de la realidad” es parte de ella y aparecerá cada vez que intentemos negarlo.

Hay que dejar de tener miedo a los fantasmas. Hay que dejarse abrazar por el silencio desestructurador porque es esencial para la sobrevivencia. Cuando pretendemos que la “voz de la realidad” que hemos creado es lo real, nos transformamos en zombis que deambulan por las ciudades anhelantes de morder a otros y propagar el virus de la muerte en vida.

Temor a la libertad. ¡Cuánta tentación tenemos de transformar nuestro mundo en una tierra de zombis! Porque creemos que así acabaremos con ese plus de realidad que no podemos controlar. El miedo de encontrarse con los “espectros de la realidad” no es otra cosa que el temor a la libertad y a la responsabilidad que ella comporta. Crear zombis significa crear alianzas para mantener ideas preconcebidas como inmutables, programar guerras, destruir oposiciones, considerar al otro como objeto, calumniar, silenciar y, por supuesto, matar (aunque sea solo simbólicamente en las redes sociales).

Ser zombi está de moda, porque nos parecen indestructibles y amenazantes, son el símbolo del terror que genera el éxito y la ganancia. Pero en realidad son solo putrefacción. El zombi camina a malas penas. En cambio, el espectro no tiene carne que pueda ser contaminada y, por eso, su aparición parece anárquica e incontrolable. Ellos son en realidad más importantes y potentes. Más zombis se crean, aumentan exponencialmente los “espectros de la realidad” porque cuando intentamos manipular lo real se generan más cuestionamientos críticos a nuestras precarias “voces de la realidad”.

A los zombis solo les quedan dos alternativas: o enfrentan a los fantasmas, lo cual terminará por eliminar el virus de la muerte en vida, o, bien, huir del espectro, lo que significa que se considera la muerte como un absoluto irrenunciable. Pero ¿vale la pena vivir como zombi? Para muchos sí porque les da seguridad y una cuota de poder destructor.

Los zombis temen a los espectros porque sienten pavor del libre pensamiento, del respeto al otro, de la generosidad y, sobre todo, de la transparencia del corazón. Ser zombi es una penosa caricatura de lo real, mientras que aceptar nuestra necesidad de los otros y de las infinitas posibilidades de la realidad nos hace encontrarnos con los espectros que nos libran del pensamiento obtuso y malintencionado. Quien los sigue y contempla aprende el valor supremo de la autonomía y la bondad. El espectro no se impone, más bien provoca y empuja a ver el lado trascendente de lo real. Los espectros nos hacen comprender la libertad como el criterio máximo para ayudar a otros a ver un futuro nuevo lleno de esperanza.

El autor es franciscano conventual.